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DeloyEditorial: Luces de Gálibo
Año de edición: 2017
Colección: Poesía
N° páginas : 104
ISBN: 978-84-15117-50-6
PVP: 12.00 €

David Eloy, cacereño y andaluz nacido en 1976, vuelve a sorprendernos. Autor de libros como, por citar algunos recientes, «Para nombrar una ciudad» (Renacimiento, 2010), «Miedo de ser escarcha» (Quásyeditorial, 2000 y Editora Regional de Extremadura, 2012), el libro-disco «Su mal espanta» (Libros de la Herida, 2013), «Desórdenes» (Amargord, 2014), «La poesía vista desde el espacio» (De la Luna libros, 2014) o el recién aparecido «Crónicas de la galaxia» (Ediciones El Transbordador, 2018)… nos propone ahora un viaje: “Adentramos en la mansión del ser, una mansión encantada”. Allí “todo es sorpresa, y todo ha de contarse tal y como se ha visto y sentido. Hay que encontrar un lenguaje para ello. El poeta, pues, como detective en misión especial”.

El mismo título del último libro del poeta David Eloy Rodríguez, undécima obra poética de una intensa trayectoria, ya incluye la primera paradoja, de las muchas que utilizará para mostrarnos cómo convivimos con continuas contradicciones, algunas aparentes y otras asumidas. Descender hacia arriba es un ejercicio contrario a la gravedad, a las leyes de la física pero conforme, quizás, con la lógica distinta de las emociones, de los compromisos o de las dudas. Porque el asunto de este libro es tan visitado como el sentido de la vida, si lo tiene. A lo largo de toda la literatura se ha reincidido en unas pocas metáforas de la vida como un tránsito. Así la vida se ha comparado con un camino, con un árbol, con un río (nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar), con una escalera. Pero esas metáforas del río que nos lleva, o del árbol que crece según su naturaleza, o la del camino trazado incurren en un determinismo, pesimista por tanto, donde todo está predeterminado, donde nuestros actos no son libres. La escalera, en cambio, exige esfuerzo, entereza, decisión; y nos reconoce cierta capacidad para elegir el ritmo de subida o de bajada, o para decidir las paradas, los descansos. Si bien no puede hablarse de dejar de vivir (“Escalera en la que no hay descansillo”, escribe David Eloy) la existencia sí permite momentos para sosegarse: “Mirar vivir. A veces es bastante”).

El libro va edificando, nunca mejor dicho, esta escalera en siete tramos, desde esos niños que, predispuestos bajo su hueco, oyen los pasos vivos de los adultos que suben o bajan, hasta ese momento, después de morir, donde podría comenzar el olvido. Es significativo que la vida, para el poeta, acaba cuando llega ese olvido, no al fallecer. La metáfora de la escalera es también la arquitectura que sostiene, y que argumenta el libro.  Asume, en esa elección, el sentido simbólico y espiritual que la escalera tiene en nuestro acervo cultural. El mismo recorrido dibujado por el poeta Ramón Lluch en su Scalae intelecto, una Escalera de la Creación donde el intelecto llega al Palacio construido por la Sabiduría. Según el Diccionario de los Símbolos, de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant: “La escalera es el símbolo de la progresión hacia el saber”. Y añaden: “Si se eleva hacia el cielo, se trata del conocimiento del mundo aparente o divino, solar; si entra en la tierra, se trata del saber oculto y de las profundidades del inconsciente”. La escalera de este libro desciende y asciende a la vez, acumulando conocimientos, tanto de lo consciente como de lo onírico. Desde el mismo título, realiza un ejercicio de ilusionismo óptico, de perspectivas novedosas que buscan cuestionar la certeza de la realidad. No en vano este es el libro de David Eloy Rodríguez con más interrogantes expresos, más dudas, más acertijos por descifrar. Porque el espacio donde se crece, y a la vez se envejece y flaquea, no está limitado a las dos alturas de arriba/abajo, ni a las tres dimensiones observables a simple vista, ni a los cuatro puntos cardinales, ni a las coordenadas geográficas que nos sitúan -exactamente- en el mundo. Es la Escalera de los matemáticos Lionel y Roger Penrose,  que transmite la sensación de escalones que suben o bajan a la vez, en cualquiera de las direcciones, y que llevara a sus dibujos el pintor holandés Escher. Ese bosquejo se expresa aquí a través de unos poemas de enorme impacto visual, a veces con alegorías tomadas de la imaginería surrealista, fogonazos que ilustran este espléndido poemario gráfico.

La figura de la escalera se ha utilizado también con una interpretación religiosa. Ha servido como representación de un puente hacia alguna forma de vida después de la muerte en el discurso de la mayoría de las religiones. Es una imagen recurrente: la bíblica Escalera de Jacob, la Escala por la que asciende Mahoma a los cielos, la escalera de siete metales diferentes del mitraísmo, el sendero budista que asciende al cielo convertido en escalera y luego en árbol, la pirámide escalonada de los sacrificios mayas, la diminuta escalera dogón que conecta con los antepasados. Por supuesto, la escalera de este libro es profana, más espiritual que dogmática, porque la relación con nuestra trascendencia es, aquí, personal y privada. Aunque esté impregnada del patrimonio cultural compartido que utiliza como lenguaje para entendernos: ángeles de la guarda, tablas de la ley, esqueletos que actualizan -con ironía- el motivo del cráneo sobre el libro (aquí unas “hojas amarillas de papel reciclado”) que, en las pinturas barrocas de vanitas, simbolizaba la insignificancia de la creación humana. No hay más allá, sólo lo que ocurre: “Este bien / se extinguirá con el uso. / Yo solo puedo hablaros de esta eternidad”. Frente a una ideología conformista, que propone sobrevivir aplazándolo todo a una recompensa “en otra vida”, esta escalera plantea como motor vital algo tan poderoso, tan activo, como el instinto: “uso mi miedo a la desaparición / para seguir aquí”. Frente a la pasividad, la acción, el movimiento. Escribió Hölderlin, el poeta esquizofrénico y tremendamente religioso que, con otra cita, inicia este libro: “Allí donde crece el peligro crece también la salvación”. En esta escalera sin descansillos hay, sin embargo, barandillas y pasamanos. También las escaleras implican vecindad. No son espacios de uso solitario. En estos escalones que descienden hacia arriba hemos encontrado el alivio de los otros, estremecimientos, fogosidad, viveza, ese vivir en diminutivo, creíble. Dirá David Eloy Rodríguez: “Lo vulnerable, lo precario, lo frágil, / en ocasiones sabe ser invencible”.

 

En este enlace,  de la revista literaria italiana Carteggi Letterari, encontramos algunos poemas de «Escalones que descienden hacia arriba» en castellano y también en italiano, con la traducción de Lorenzo Mari.

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