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Loregarron
Imagen: Pedripol

Llevo días con ganas de vomitar, con lágrimas en los ojos, un pellizco en el estómago y otro en la garganta. No paro de pensar que cualquiera de nosotras podríamos haber sido ella, que cualquiera de nosotras podríamos haber sentido su pánico, su asco y su dolor; que la mayoría de nosotras hemos sido ella en algún momento de nuestra vida. Apenas he podido leer la sentencia completa porque el cuerpo se me descompone, me entran temblores y me duele el alma.

Mi hermana me escribió hace unos días diciéndome que tenía miedo, que ahora más que nunca tenía miedo de que le pasara algo. Y aún tiemblo más, porque sé que el miedo que ella siente, lo sentimos todas.

La sentencia que se ha dictado contra los cinco de la manada es injusta, indignante, repugnante. Ya no por los años de condena, sino por la falta de respeto con la que se trata a la chica violada. Y sí, digo violada porque, aunque eso no es lo que recoge la maldita sentencia, que cinco tipos te acorralen de esa forma y te agredan sexualmente de múltiples formas, es intimidatorio y violento y, por tanto, se llama violación. Y ahora más que nunca, no se nos quita de la cabeza que este sistema judicial es machista y patriarcal. Se necesitan pruebas, además del testimonio. Ahí las tienen. En las propias palabras de los jueces que dictan la sentencia se leen los hechos que ellos dan por probados. Y aunque el análisis que hacen es muy claro, la resolución no se ajusta a sus propias palabras y acaban diciendo que es abuso y no agresión sexual o violación.

¿Nos toman el pelo? ¿Piensan que somos estúpidas? ¿Creen que somos objetos de consumo?. En cualquier caso, lo que han hecho es firmar una declaración de guerra. En realidad, ya nos la declararon hace tiempo, hace mucho tiempo, aunque no teníamos las herramientas, la fuerza o la unión para enfrentarnos a ellos de manera contundente. Pero hasta aquí llegamos. Si quieren guerra la van a tener y, aunque vamos perdiendo, hoy nos sentimos poderosas. Hoy sentimos que somos una manada de lobas a las que nos han arrebatado a miles de las nuestras.

Hay que mantener el corazón caliente y la cabeza fría, porque lo primero que se nos viene a la cabeza ante todo esto es la venganza. Destrozar a esa basura humana. Y personas que no creemos en la pena de muerte, ni en la cadena perpetua, ni siquiera en el sistema carcelario, nos encontramos pensando que lo que se merecen es una paliza o decenas de años en la cárcel, que paguen por lo que han hecho, que obtengan el mismo sufrimiento que han causado.

Más allá de las convicciones, estoy segura de que eso no sirve para nada. O, al menos, no para parar nuestras violaciones, asesinatos o agresiones. No nos sirve para eliminar nuestra opresión. Y cuando consigo apartar a un lado (porque en realidad no desaparecen) el asco, el miedo y el dolor, lo que realmente quiero no es venganza por lo ocurrido, sino soluciones para que no vuelva a pasar.

Algunas de las que se apuntan por parte de las instituciones son la destitución del juez que emitió el voto particular, Ricardo González, puesto que pidió la absolución de los cinco violadores y se han encontrado otras muchas irregularidades en su vida como juez e, incluso, la dimisión del Ministro de Justicia, Rafael Catalá. Me parece bien. Sería muy satisfactorio para el movimiento feminista conseguir la segunda dimisión de un ministro de un gobierno del Partido Popular, además de la primera de un juez. Pero cuidado, eso no nos basta. De igual manera que el problema no está exclusivamente en los años de cárcel, tampoco lo está en las personas concretas, aunque tengan sus responsabilidades. Y no podemos dejar que eso nos nuble la mirada y creamos que ya está todo conseguido.

Necesitamos soluciones que vayan a la raíz de los problemas que tenemos. Asumir que la cuestión central de la problemática no es el porno en sí mismo (aunque el porno que se comercializa es machista y enseña modelos de sexualidad degradantes y violentos contra nosotras), ni la música que escuchamos (aunque gran parte de ella reproduzca el mensaje de que somos objetos de deseo o propiedad de los hombres), ni la institución judicial (aunque la mayoría de ellos sean hombres que, además, no tienen formación en género), sino que todo eso no es neutro, que está empapado en una cultura y sociedad patriarcal que engloba todos los aspectos de nuestras vidas. Y que, por tanto, necesitamos también soluciones globales con mirada feminista:

  • Soluciones para que nuestro escote o nuestro largo de falda no se vea como una provocación.
  • Soluciones para que nuestro cuerpo no sea utilizado como reclamo para ir a un bar o vender un producto.
  • Soluciones para que las denuncias que ponemos sean tomadas en serio.
  • Soluciones para que ninguna mujer tenga que volver a casa acelerando el paso, mirando hacia todos los lados y con las llaves en la mano.
  • Soluciones para que los hombres no crean que lo que ven en el porno corresponde a la realidad de los cuerpos y la vida sexual.
  • Soluciones para que, mientras logramos parar las agresiones, se dicten sentencias acorde con lo ocurrido.
  • Soluciones para que podamos viajar solas sin miedo.
  • Soluciones para que nuestras madres (y digo madres porque casi siempre son ellas) puedan acostarse tranquilas cuando salimos de fiesta.
  • Soluciones para que el foco se ponga en ellos y no en nosotras.
  • Soluciones para que los hombres que de verdad están con nosotras pongan también el grito en el cielo con lo que nos está pasando.

En fin, quizá estemos pidiendo mucho, pero en realidad lo que queremos es el fin del patriarcado, el final de esta guerra que sólo podrá terminar si salimos victoriosas. Una guerra que no hemos empezado nosotras, pero en la que contabilizamos ya demasiadas bajas.

Cadenas en las redes como la de “Cuéntalo” ponen de manifiesto que “no son casos aislados”. Debemos, además de visibilizarlos, salir a la calle por miles, por millones para conseguir que esto termine. Debemos crear colectivos, redes de mujeres de lucha y apoyo mutuo: si se cae una, el resto la levantamos. Debemos, como decíamos en el manifiesto del 1 de mayo, “conseguir que el miedo se convierta en rabia y la rabia en organización”. Y también debe ser una obligación para nosotras no sólo denunciar las consecuencias de la cultura de la violación o de la violencia machista, sino analizar cuáles son sus causas, sus raíces: porque si no tenemos eso claro, va a resultar mucho más difícil combatirlas.

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