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Guillermo
Fotografía: Jesús Machuca

En “El Rincón del Jubi” los contertulios no quisieron dar crédito a mi historia.

Y eso que ellos habían estado contando algunas otras bastante inverosímiles. Manolo había relatado sus viajes de Chiclana a La Isla con cinco personas montadas en la Derby de cuarenta y cinco centímetros cúbicos, aunque con el pistón trucado para obtener más potencia. Paco no se había quedado atrás con el sucedido de otra moto asombrosa, cuyo motor no se había detenido tras haberle cortado la alimentación eléctrica, incluso cuando le habían quitado la bujía. Ésa fue la tarde en que obtuvieron la magra cosecha de ajos (un solo ajo todavía tierno) plantado en el arriate de las adelfas.

-. Había más, pero la gente los roba según pasa por delante.

-. Muy poca vergüenza. Pero, claro, como están ahí, a la vista de todos y sin protección ninguna…

Otras historias se desarrollaban en la antigua parada del Canario, frente al Pájaro; noches de espera y aguardiente de duración indefinida. Sin embargo lo que yo conté no se lo creyeron, pensaron que era una de mis elucubraciones y llegó a cuento del habitual cachondeíto del tranvía, tema recurrente en el bar. Efectivamente el famoso tranvía que, según la versión oficial, uniría nuestra población con San Fernando y Cádiz da para mucho comentario malévolo: que si la pasta que se habría quedado por el camino, que si algunas autoridades locales y autonómicas o eran idiotas o eran demasiado listas…

Desmentí tales tópicos: el tranvía circula, lo que sucede es que lo hace de modo fantasmal, invisible para la mayoría de los incrédulos mortales. Es como el famoso Holandés errante, como todos esos barcos fantasma que surcan las proximidades del Cabo de Hornos perdidos en una bruma exclusiva, navíos con los que muy pocos navegantes se han cruzado y, cuando lo han hecho, mejor hubiera sido para ellos evitarlo, tan funestas consecuencias han acarreado para sus derrotas. Yo sí he visto circular el tranvía fantasma una noche en que el azar me había colocado camino de Pelagatos, cerca de la antigua Venta del Pilar. Cruzó sobre la vía, utilizó la catenaria abandonada ululando desoladamente, con un quejido como de alma en pena… Se fundió en la noche camino de una cochera misteriosa, ignota.

-. Vale, profe: ¿y cuántos chupitos de güisqui llevaba usted en el cuerpo?

Me encogí de hombros, me puse la gorra y me fui. No era cosa de ponerme a desarrollar arcanos de semejante densidad.

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