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A porlan
Fotografía: Jesús Massó

El planeta empieza a mostrar claros síntomas de asfixia, compañeros, y la sociedad también. Pero mientras que la asfixia planetaria puede medirse en deforestación, sobrepesca, concentración de CO2, difusión de metales pesados o pérdida de biodiversidad, a la asfixia social no hay quien la mida. Es inmensa.

Lo que nos ahoga, flota entre nosotros. Es una sustancia invisible, una mezcla de elementos gaseosos, una niebla que obstaculiza y confunde la naturalidad de las relaciones humanas. Igual que nuestros pulmones reciben en las ciudades un aire contaminado que deben procesar con esfuerzo, nuestras mentes reciben constantemente nociones contaminadas que no saben procesar: sus finos conductos no están capacitados para canalizar semejante inundación, y sus filtros críticos se tupieron hace mucho tiempo, reventaron por la presión del atasco y nunca fueron sustituidos.

Ahora, después de desarrollar el concepto de contaminación social y emplear largos años en el análisis de los elementos que la componen, el profesor Franz de Copenhague ha conseguido aislar dos de los más conspicuos: el marketing y los protocolos. En la actualidad, Franz trabaja en la analítica de un tercer elemento contaminante descubierto a mediados del siglo pasado por el profesor francés Guy Debord: el espectaculismo.

Según Franz, el marketing jamás dialoga: es puro monólogo. Lo define bajo el aspecto de un exitoso parásito transparente que se ha desarrollado durante décadas sin depredadores, echando mano de cuantas herramientas le han convenido para ocupar todos los recovecos de lo humano. No hay que olvidar que fue el sobrino sionista de Freud, Edward Bernays, quien introdujo en el mundo una perversión nueva: actuar sobre lo que el tío Sigmund llamaba el inconsciente para incrementar las ventas de cigarrillos y estropajos. O para mover las conciencias, en general. Semejante manipulador, semejante envenenador de masas, es un ejemplo notorio de cómo se puede apuñalar impunemente a una sociedad incauta sin que le parezca mal a nadie. Porque nadie detuvo a Bernays, ningún tribunal lo enjuició. Terminó su vida –inmensamente rico y a los 104 años– como asesor de la Casa Blanca y de las mayores empresas norteamericanas. Es de esperar que esté en el infierno de los judíos, condenado a ver anuncios publicitarios durante toda la eternidad al lado de su émulo, el doctor Goebbels.

La publicidad es un excipiente en nuestras vidas. Según cálculos que cualquiera puede hacer, un solo anuncio de veinte segundos emitido durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín equivalió, en tiempo humano, a las vidas de 30 personas muertas a los 80 años. Y en cuanto a apoderarse de lo que sea, la depredación publicitaria no conoce escrúpulos. Se utilizan sin empacho nociones filosóficas fórmuladas por genios históricos para vender papel higiénico: recordemos aquel monstruoso “Cel o no Cel” que imperó en nuestros televisores hace unos años. Prueben a conectar Radio Nacional: cuanto oigan será marketing inconsciente. Escucharán a los locutores hacerse propaganda unos a otros, y si están en Ávila, Ávila será una ciudad maravillosa; lo mismo que Mérida si es de allí desde donde hablan. Incluso en Albacete habrá muchas y grandes cosas interesantes por descubrir. En Burgos, sus morcillas serán excelsas, y gloriosas en Almagro sus berenjenas.

A nadie parece importarle –incluso a algunos les hace gracia– pero el hecho es que todo eso no es inofensivo. Los anuncios pasan, pero la publicidad permanece dejando un levísimo efecto, como el roce del ala de una golondrina, que la reiteración constante convierte en erosión y en herida. Por esa herida se nos cuela en la sangre el adn del marketing y nos convierte en propagandistas: nos incita a convencernos íntimamente de cosas y, lo que es mucho peor, a convencernos de cosas íntimas, difuminando más los límites del conocimiento de nosotros mismos. En ese sentido, la propaganda es el Antisócrates. Y también el Anticristo que emborrona la verdad, pues sólo la verdad será, en palabras del galileo divino, la causa de nuestra liberación.

La situación actual es grave, quizá desesperada. El marketing no sólo ha mediatizado la verdad en general, sino que está empezando a suplantarla con el refuerzo irresistible de los sistemas de comunicación actuales: la confusión entre lo auténtico y lo falso –el virtualismo– avanza robándole segundos a cada minuto. Los gobiernos que pastorean rebaños de hackers ocupan la vanguardia de la futura dominación global, que amenaza ser virtualmente completa o completamente virtual.

Flotamos hasta tal punto en la espesa y triste sopa mercadotécnica que los líderes políticos en ejercicio utilizan sin pudor eslóganes comerciales y, lo que es más inquietante, los nuevos partidos sitúan al marketing por encima de su cabeza. Frente a la valiente y limpia máxima nietzschiana “di tu palabra y rómpete”, la tesis de partida de estos jóvenes es que, aunque tus ideas sean maravillosas, si no las conoce nadie es como si no existieran. En ese eructo intelectual, en esa abominación macluhanesca, que es su primera arcada, es donde vacila el puente. Porque cuando el marketing se reconoce como protoherramienta, todo lo demás debe adaptarse a su calibre. Asumido esto, los partidos jóvenes se precipitan a definir su marketing antes que ninguna otra cosa. El nombre del partido, su logotipo, su eslógan principal, el modelo de las camisetas. Es decir: la marca. Luego, ya veremos cómo nos adaptamos a ella.

¿Y qué es la marca sino el signo de la secta, el origen de todos los males, el sólido paraguas bajo el que se amparan sus miembros, ya sean media docena o cien millones? Impúdicamente, las naciones se han vuelto marcas y se han puesto a competir: la marca España se resiente dentro de la marca Europa por la emergencia de una nueva marca llamada Cataluña, que trata de surgir ondeando sobre miles de cabezas un nuevo logotipo banderil. El marketing todo lo explica.

Pero bueno, ¿qué más da una estrella que un escudo, un águila bicéfala que un compás abierto, una esvástica, una hoz y un martillo, un quepis o una boina colorada? En su aparente diferencia pregonan lo mismo: yo soy de los nuestros y tú eres distinto, extraño, gentil, maqueto, judío, charnego, gitano, forastero. No perteneces a mi religión, no perteneces a mi cobla, no perteneces a mi Sevilla. Pues ¿qué otra cosa significa pertenecer sino estar sometido a una posesión? Pertenezco a algo como mis calcetines me pertenecen a mí. La pertenencia absoluta, la entrega absoluta, la sumisión absoluta: esa es la categoría del fascismo.

Todo emblema identifica, y por lo tanto excluye, califica, enorgullece o estigmatiza. Todo emblema junta en lo pequeño y separa en lo grande. Y muchos  matan. ¿Quién ve todavía gloria en una bandera enhiesta rodeada de soldados muertos? Debemos entender esa imagen como lo que es: la apoteósis del marketing. O sea, el patriotismo. Así que cuando un joven político invoca la palabra patria para hacer marketing, sea en Francia, en Cuba, en Alemania o en España, yo diría, compañeros, que estamos bien jodidos.

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