Tiempo de lectura 💬 3 minutos

Hombre banco sol

Fotografía: Jesús Massó

Las formas viejunas de pensar el liderazgo lo entienden como algo que se concentra en una sola persona (a menudo un varón) o en un pequeño grupo de personas (“la dirección” o, en ciertas tradiciones políticas, “la vanguardia”). Es una concepción patriarcal, vertical y jerárquica: el líder manda, los demás le siguen.

El líder analiza la realidad, señala el futuro y decide el rumbo a seguir. El líder encarna el proyecto a alcanzar, lo personaliza, lo representa.

El líder concentra todo el poder y lo ejerce con decisión. Al líder no se le discute, se le apoya, se le refuerza (y, llegado el caso, se le adula). Cualquier cuestionamiento al líder o a sus designios es una falta de lealtad, una traición al proyecto. Solo cabe la sumisión, el sometimiento a su voluntad.

Las organizaciones y los equipos, en el liderazgo vertical, están para asistir al líder, para ejecutar sus órdenes (sub-ordinados), para cumplir sus mandatos.

El mejor líder -dicen estas concepciones- es el que posee «carisma», el que no tiene que imponer su voluntad por medio de la autoridad o la fuerza sino que, con su “encanto”, seduce e induce a las demás personas para que aquella se cumpla. El líder carismático no precisa de un equipo sino de un coro (que, en código gaditano, bien pudiera ser una comparsa o, en ocasiones, una chirigota) que, como en el teatro griego, reproduzca y potencie sus mensajes.

Por contra, las visiones más avanzadas del liderazgo lo conciben como una tarea compartida. Esas concepciones innovadoras hablan de horizontalidad e inteligencia colectiva, de cooperación y sinergia.

Los líderes son necesarios y son importantes porque no hay proyectos ni equipos sin liderazgo, pero más importantes aún lo son los equipos. De hecho, el líder del siglo XXI ha de trabajar para que la participación y la interacción entre los miembros del equipo funcionen con la máxima eficacia, de tal forma que las relaciones de subordinación se invierten: es el líder quien trabaja para el equipo (y esto explica en buena medida aquello de “mandar obedeciendo”, que proponen los zapatistas).

Pero, además, el liderazgo innovador no se concentra en una sola persona: se comparte, se reparte, se distribuye entre quienes forman el equipo o la organización, dependiendo de las circunstancias y las necesidades de cada momento, y también de las cualidades y capacidades de cada cual.

Esta manera de entender el liderazgo tiene su fundamento en la afirmación de un principio básico: un equipo es siempre más inteligente que el más inteligente de sus miembros, es más capaz de encontrar las mejores respuestas a problemas complejos. Y ésta es una evidencia demostrada.

Con toda seguridad, un buen equipo conseguirá mayores y mejores logros si cuenta con un buen liderazgo, pero un líder, por genial que sea (y pocas personas lo son), no es nada sin un buen equipo.

En defensa de los liderazgos unipersonales o concentrados en unas pocas personas se argumenta que son más eficaces, más ágiles, más rápidos en la toma de decisiones, y se dice que, por el contrario, los procedimientos participativos y horizontales alargan las deliberaciones y aplazan las decisiones, haciendo menos productivos los procesos.

Ello es, cuando menos, discutible especialmente si se atiende a la calidad y la eficacia de las decisiones más que a su cantidad y rapidez. Y ello es así porque las decisiones son de mayor calidad cuando son fruto de la construcción colectiva, pero también porque es mucho más fácil hacer nuestra una decisión en cuya construcción se ha participado que hacerlo con otra que se nos impone desde una instancia superior.

Algunas mentes ingenuas creen que -en los procesos colectivos- basta con tomar una decisión (o dictar una ley o un decreto) para que ésta se cumpla, pero olvidan que siempre es necesario que se activen las conciencias y, sobre todo, las voluntades de quienes han de llevarlas a cabo. Y el liderazgo participativo y democrático se ha demostrado mucho más eficaz a la hora de movilizar conciencias y voluntades.

El liderazgo distribuido y compartido refleja una concepción del poder como resultado de la suma de capacidades, que se multiplica cuantas más personas implica. Ese es el significado profundo del concepto, tan de moda, de «empoderamiento» vinculado necesariamente a la participación y la cooperación.

A pesar de que en estos tiempos nuestros predomina el discurso de la participación y el empoderamiento ciudadano, los modelos de liderazgo siguen siendo a menudo unipersonales o vanguardistas, verticales y jerárquicos. La participación popular -que a menudo se reduce a la movilización o la adhesión- sirve entonces para legitimar las decisiones del líder o la dirigencia.

La realidad política -a derecha, centro e izquierda- está repleta de ejemplos de esta manera obsoleta de entender y practicar el liderazgo. Lo cual resuena bastante a aquello que se llamó el despotismo ilustrado y choca frontalmente con eso que llamamos democracia participativa.

Aytodecadiz abriendobrecha digital v001 etp gigabanner 1140x200px 80

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *