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Cena san antonio

Ilustración: María Gómez

Los acontecimientos parecen empeñados en disipar cualquier pretensión de punzar a fondo el núcleo de la actualidad. Nos resulta tarea poco menos que imposible identificar las líneas maestras de lo que nos ocurre. Hemos renunciado al análisis complejo de las cosas que pasan y ahora tenemos que vérnosla con la complicación, el pastiche y las turbulencias.

Por un equivocado pudor hemos renunciado al bagaje conceptual antiguo (que no necesariamente anticuado) y nos sorprende ahora nuestra orfandad 4.0 respecto a conceptos y análisis emancipadores, por emplear un término antiguo. Pero vamos siendo conscientes de que no habrá política nueva, cultura nueva, sociedad nueva, ciudadanía nueva, mientras insistamos en la simplicidad, en el pensamiento automático y en la información inculcada.

Como si fuésemos pésimos aprendices de una anacrónica escolástica adulterada, ahora se nos pretende entretener con una burda distinción de lo que sea o no corrupción. El castrante debate sobre el sexo de los ángeles. No sea que pongamos el ojo crítico sobre las cosas esenciales del mundo real. Existe la clara intención de forzar nuestra mirada hacia la superficie movediza de los acontecimientos. Y es que, la verdad, no deja de ser extraño que, de pronto, se produzca ese apabullante afloramiento masivo de casos de corrupción. No quiero decir con ello que carezca de importancia el desvelamiento de los casos de corrupción que estamos conociendo: ello constituye, llamémoslo así, la fenomenología, la manifestación concreta y cotidiana de algo más profundo y determinante y que se corresponde con esa corrupción inadvertida a que me voy a referir. Porque, como advertía el filósofo gráfico en una de sus viñetas, “Cuando tanto insisten en que miremos hacia una dirección es que algo gordo está ocurriendo en la dirección contraria”.

Y creo que “lo gordo”, en este caso, consiste en la existencia de una corrupción inadvertida, intencionadamente velada y que constituye la condición de posibilidad de todos los casos y modos de corrupción (económica, política, institucional…) expuestos estos días a la vista de una sociedad atónita, saturada y eficazmente confundida a propósito. Se produce así un hartazgo, por cansancio, que disuade ahondar en busca de la razón de ser de tanta tropelía. De ahí que se repita ese incomprensible apoyo electoral masivo a partidos bajo sospecha fundada de corrupción. Fenómeno que sólo comienza a entenderse cuando aceptamos como posible el papel representado por la corrupción inadvertida que estamos tratando de analizar a lo largo de estas líneas.

Esa corrupción inadvertida se centra, por decirlo de manera abreviada, en la apropiación de nuestra subjetividad, de nuestros pensamientos, de nuestras formas de entender e interpretar el mundo… Pero lo más significativo es la pretensión de ir más allá de la simple manipulación a la que tan acostumbrado nos han tenido precisamente aquí en Cádiz durante tantos años. Reconocidos estudios sobre el poder enfatizan la gravedad que entraña para los intereses de las mayorías ese gran objetivo que persigue “asegurar el consentimiento a la dominación por parte de sujetos bien dispuestos a ello”. Se persigue que incluso nuestras formas de rebelión ante las injusticias sean adecuadas a los intereses del poder. Es un viejo asunto que en nuestros días alcanza tal grado de sutileza y de refinamiento que lo hacen prácticamente inmune al análisis y la argumentación. De ahí que la mayor y más preocupante impunidad se produzca precisamente en torno a esta inadvertida forma de corrupción. En consecuencia, lo que acaba cristalizando es nuestro consentimiento y nuestra disponibilidad, más o menos consciente, a la dominación y al abuso de poder. Como generalmente queremos ─necesitamos─ creer que somos dueños de nosotros mismos, solemos minimizar la importancia, la existencia y la veracidad de este modo de corrupción.

Muchas de las cosas graves que ocurren en este nuestro mundo globalizado, competitivo y neoliberal (por ejemplo, el aumento alarmante de la desigualdad) no se explicarían sin recurrir a la existencia de un muy generalizado y asumido consentimiento que actúa a favor de quienes dominan la situación.

Revertir esta inquietante realidad no es fácil, desde luego. Pero a esa dificultad contribuye nuestra indiferencia ante el predominio de un sistema intencionado de moldeamiento y desactivación de la asertividad cívica, del poder de la ciudadanía, de nuestra capacidad inquisitiva. Tendríamos que articular con urgencia y con determinación un sistema que se oponga a ese otro tan lesivo y que se alimenta de nuestra indiferencia ante las tropelías del poder, especialmente las que  pasan inadvertidas pero que son fundamentales y determinantes. El punto de partida para la reflexión que impulsaría ese sistema “de resistencia” sería cuestionar la naturaleza de la libertad otorgada que se nos quiere hacer pasar por la libertad verdaderamente liberadora. No me resisto a transcribir una cita al respecto: en nuestros días “gobernar no es gobernar contra la libertad o a pesar de ella, es gobernar mediante la libertad, o sea, jugar activamente con el espacio de libertad dejado a los individuos para que acaben sometiéndose por sí mismos a ciertas normas” (Christian Laval y Pierre Dardot, La nueva razón del mundo).

Por todo ello, me temo que si seguimos confiando en que los actores de ese tal sistema de dominación puedan algún día llevar a cabo no ya la revolución, sino siquiera sea un cambio sustancial de las cosas, tendremos un grave problema: nuestro mundo, nuestro país, nuestras ciudades, seguirán caminando en esa dirección errónea que nos llevará a peligrosas situaciones sin salidas.

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