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Articulo etp 22 canizares

Fotografía: Jesús Massó

El sistema educativo siempre ha sido un tema conflictivo en España, y más todavía en tiempos recientes. Habitualmente, una de las piedras de toque de esta clase de debates es el papel de la filosofía en la educación secundaria: ¿debería enseñarse o no? ¿Y si se la enseña, de qué modo? En este respecto, no faltan opciones o propuestas, una de las cuales nos invita a eliminar el estudio de la filosofía. Tal es, por ejemplo, la feliz idea de un joven apóstol de la así llamada «Tercera cultura».

En lo que sigue argumentaré que esta idea es corta de miras. No lo es porque resuelva mal el problema que plantea, sino más bien porque su planteamiento es ingenuo y, sobre todo, miope. Y si plantear mal un problema implica hacer preguntas inadecuadas, no ha de extrañarnos que las respuestas a esas preguntas sean del todo inútiles e imprácticas.

El problema a resolver no es que la filosofía se dé mal en los colegios, o que la estén arrinconando los burócratas del Plan Bolonia. Estos hechos pueden verse como accesorios y circunstanciales. Considérese, para empezar, que hacer esta clase de pregunta en cierto modo ya nos compromete con una idea de lo que es la filosofía. Según esta idea, la filosofía sería una disciplina separada, con sus contenidos y sus problemas propios y sus métodos especiales. La filosofía entonces se parece a la historia de la filosofía, y la queja se convierte en que «no se enseña la historia de la filosofía bien», cual es el juicio de los filósofos con cátedra y silloncete; o bien que «no debería enseñarse filosofía en los colegios», siendo éste es el veredicto de los simples opinólogos, de los cuales el firmante del artículo enlazado no es más que un ejemplo.

Incidentalmente, recordemos que el opinólogo es una especie que goza de peculiar raigambre en el panorama cultural español, especie cuya persistencia se debe tanto a la lacra de nuestro sempiterno clientelismo, como al efecto agravante de situaciones de feroz competencia profesional, cual es la que atravesamos en estos tiempos. Ciertamente, no ha de culparse de publicar insensateces a quien debe publicar lo que sea con cierta frecuencia si es que acaso quiere gozar de la seguridad de un salario de clase media, o aun uno de subsistencia.

Volviendo a lo nuestro, disputo, pues, que la filosofía deba verse como una disciplina con un contenido y método propios. Sugiero, en cambio, que la filosofía es una actitud. En concreto, y de acuerdo con su etimología originaria, la filosofía es la pasión total por saber, educada en el rigor con la ayuda de todos los mejores métodos para abordar los más variopintos problemas y perplejidades que acosan al ser humano. Así entendida, la actitud filosófica, si es correctamente entrenada, nos permite comunicar y pensar sistemáticamente, con una actitud anti-reduccionista. Por anti-reduccionista, entiendo aquí que quien filosofa siempre apunta a la totalidad de lo que existe, y ello sin hacer injusticia a nada de lo que existe. Así entendida, la filosofía no se distingue de las ciencias, las ingenierías o artes, sino que más bien está en continuidad con ellas. Filosofar es una manera de vivir y de entender estas prácticas, sus relaciones mutuas, y el impacto que ellas tienen sobre la vida y el mundo.

Asumiendo esto, sostengo ahora que el problema de la educación actual no es la filosofía, sino que, más bien, el problema de la filosofía es la educación actual. El problema es que los padres tengan que ir a una cárcel, como la fábrica o la oficina, para dejar a sus hijos en otra, como la escuela; mientras que se les hurta la opción de dejarlos en un “parque educativo” al que ellos pueden asistir cuando lo deseen. El problema es, en suma, un complejo cultural e institucional heredado, donde la organización militar y autoritaria del trabajo en la fábrica se lleva también a la escuela. Es fundamental entender que, por lo demás, este dispositivo militar-industrial que es la escuela ha devenido absurdamente disfuncional en el tiempo presente. Daré dos ejemplos.

Considérese que vivimos en la era de las comunicaciones avanzadas, donde incluso las autoridades europeas promueven el teletrabajo a fin de reducir el tráfico y mejorar, con ello, los indicadores de sostenibilidad urbana. Considérese además que, en esta era, muchas fábricas han sido completamente automatizadas o llevadas a países en desarrollo, y que esto ha dado lugar a un paro estructural y creciente. Sin duda, el carácter revolucionario de estos dos fenómenos basta para fundamentar la exigencia de que repensemos radicalmente el futuro de la educación. Esto hay que hacerlo, sin embargo, pensando también en el futuro de la estructura social, de la ciudad o de la idea misma de trabajo, sin olvidar preguntarnos por los ideales que deberían guiar nuestras vidas o las de nuestros hijos.

En otras palabras: mientras que la escuela se hizo a la medida de un régimen de producción industrial, la sociedad ya camina con pasos firmes hacia un régimen de producción post-industrial, dejando a la escuela como un vestigio o subproducto de un régimen ya ampliamente obsoleto. Las dinámicas económicas y tecnológicas han transformado irreversiblemente la sociedad, y la escuela ha quedado como un fósil al que los nuevos tiempos tratan de aprovechar, de manera aberrante, instalando en ellas «nuevas tecnologías» que “adaptarían mejor a los alumnos a las necesidades del mercado laboral”. Es preciso añadir, por otra parte, que esta invasión de la escuela por las nuevas tecnologías no sólo es defendida como una técnica para mejorar las oportunidades laborales de los niños. La transformación tecnológica de la escuela incluye, entre otras iniciativas, la instalación de numerosos circuitos de vigilancia CCTV «al objeto de que los niños estén seguros». Este argumento es bien distinto del anterior y, por lo demás, es bastante controvertido –y lo es con justicia.

Puedo ilustrar este fenómeno con un ejemplo de mi propia experiencia. Tras más de diez años sin pisar mi antiguo colegio, San Felipe Neri, hace poco lo visité para dar una charla. Pues bien, me resultó sumamente inquietante su parecido con la colonia post-apocalíptica de la serie de televisión Wayward Pines. Invito a cualquier antiguo alumno de San Felipe a que visite el colegio, y que lo compare con la experiencia que tuvo, como alumno, hace diez o veinte años. Verá que, en efecto, el cambio es colosal. Es cierto que este colegio tenía, ya en mi época, unos altos muros y un servicio de vigilancia privado. Pero en los últimos tiempos ha dado un paso más allá, hasta el punto de confundirse con un centro de internamiento o un campo de concentración.

Vemos, pues, cómo la sociedad actual está asumiendo, y aun radicalizando, la configuración y la función militar y carcelaria de la escuela. Y ello ocurre a pesar de que las circunstancias y tendencias sociales en las cuales se inscribe la escuela actual ya no se corresponden, ni por asomo, con las circunstancias sociales que dieron origen a los caracteres y fines de esta institución. Habida cuenta de estos hechos, es sumamente sorprendente que se cuestione la enseñanza de la filosofía en las escuelas, sin cuestionar nada más en absoluto; por ejemplo, si la escuela debería seguir existiendo, y por qué.

Por otra parte, puede argumentarse que el problema de la educación excede a la posición de la escuela como institución social.  En teoría, la escuela prepara para el trabajo o para la universidad. Y hemos visto que un régimen particular de trabajo, el industrial, condicionó el carácter y la forma de la escuela actual. Lo mismo se da respecto de la configuración de la universidad y del trabajo académico: condicionada ella misma por la industria, la universidad también orienta la forma y el objeto del régimen escolar. Es en este marco, por ejemplo, que es posible hablar de una escuela de física, otra de ingeniería mecánica, una facultad de artes y otra de filosofía; y es posible decir que la escuela procura no sólo una educación básica en todas estas disciplinas, sino también una formación rudimentaria que anuncia al estudiante lo que habrá de encontrase, más tarde, en su especialidad universitaria.

A la luz de lo anterior, sin embargo, hay que preguntarse si no tenemos problemas graves con la conformación actual de la universidad, la academia y la división del trabajo científico. Se escuchan voces autorizadas, por ejemplo, que proponen para el futuro una educación “interdisciplinar” y que incluso justifican esta demanda como una exigencia para el avance de la ciencia. Aquí tampoco faltan, por supuesto, argumentos similares esgrimidos desde la “racionalidad económica”. Con toda legitimidad puede preguntarse por qué, en lugar de hablar de “interdisciplinariedad”, no se habla aquí de una necesidad filosófica en el sentido que expresé más arriba. Desde este prisma, el propio sistema promovería una actitud y una educación filosóficas, es decir, unas que permitiesen a los jóvenes adquirir una mirada sistemática y global sobre problemas tales como el envejecimiento de la población, la automatización del trabajo, los desafíos en materia de sostenibilidad de la economía y del medio ambiente, o el choque de culturas que ha venido de mano de la globalización.

No tenemos, por tanto, un problema con la manera en que la filosofía se enseña en las escuelas, y ni siquiera, o no principalmente, un problema con “la filosofía”. Esta admisión nos lleva ya a hacer las preguntas equivocadas.

Los propios filósofos han facilitado esto en numerosas ocasiones. Wittgenstein, por ejemplo, habla sin cesar de «la filosofía», su objeto y su fin, y con ello no hace sino reificar -o cosificar- aquello que no tiene por qué ser una disciplina con un contenido concreto de investigación. En este artículo he sugerido una visión alternativa. Preguntar por el presente o el futuro del filosofar y de la actitud filosófica nos lleva, entonces, a investigar los dispositivos donde se crea y se transmite el saber. Preguntamos entonces si la escuela o la universidad actuales, organizadas a la manera de las fábricas y cárceles decimonónicas, promueven una actitud filosófica en la sociedad, si ellas invitan a filosofar. Y la respuesta es, por supuesto, negativa: el panorama es desolador, como prueban los engendros que nos brindan los opinólogos cada vez que se aventuran a escribir acerca de la filosofía.

¿Qué es, pues, la filosofía actual, esa filosofía “reificada” que con frecuencia se entiende como una disciplina separada, degenerando así en una mera “historia de la filosofía”? A esto se puede responder que la filosofía -o, más bien, los filósofos profesionales- se atribuyen a menudo un rol social que vendría a ser el de «cultivar el sentido crítico en los espíritus más sensibles”, a fin de que “salvaguarden la democracia” o “lo verdaderamente humano». En suma, la filosofía ha de parecerse a aquello que hacen Fernando Savater y José Luis Pardo, dos veteranos filósofos españoles que se declaran firmes “antipopulistas” y comprometidos defensores del “régimen de las libertades”, el europeísmo y “la moderación”. Pero puede objetarse a esto que ningún filósofo debería ahorrarse el reflexionar sobre esta función social que el filósofo mismo se atribuye, así como lo que ella implica. Del mismo modo, como sociedad no podemos permitirnos asumir las ideas heredadas de filosofía, educación y universidad, sin antes criticar las condiciones históricas, sociales, económicas y políticas que han hecho posibles y aun deseables esa filosofía, esa educación y esa universidad… al menos hasta el día de hoy.

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