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Pilar cavero

Fotografía: Jesús Massó

No tengo la suerte de ser gaditana. De hecho no puedo sentirme ni soy de ningún sitio concreto. Puede sonar bonito, audaz o pretencioso pero es simplemente curioso, raro a veces. Veces en que me ha apetecido tener ‘una casa’ e incluso he creído haberla necesitado. En esos momentos, Cádiz se me ha aparecido como lo hacen los fantasmas cuando pienso en los años en que me estrenaba de Carnaval. Pero lo siento (chocho)  todo el mundo no puede ser…, así que me he conformado con las ganas de integrarme a pesar de la distancia y de proveer conocimiento mutuo: ver y dejarme ver. Oír, oler, tocar. Una que es fina pero de contacto.

Superada la fase inicial de Shanti Andía sufrida durante mi primera visita en el 98 cuando empezaba la Teo, y tras un posterior apego progresivo, más lento pero mejor cimentado, estoy decidida a buscarme un hueco por entre los callejones de húmedos adoquines, las casapuertas con imposibles contadores, y su gente, sin adjetivos. Voy a tener que leer y escribir, y bajarme hasta la estación de Adif (aún no he usado los puentes) siempre que el trabajo y dinero me lo permitan. Me sacrificaré. Otros disponen de su privilegiado hogar y sin embargo tienen que hacer ‘currículums’ para irse lejos.

No tengo el habla, ni la educación, ni el conocimiento, ni la agilidad del gaditano pero puedo aportar la mirada de lejos, entornada, el amor a rincones, personas y personajes que el de intramuros tal vez ni ha visto, la crítica exterior -bien necesaria- y la inquietud vivaz y risueña que me ha dado vivir siempre de aquí para allá y que parece que, aunque pasan los años, no desaparece. No es un aviso, es una amenaza. Porque lo que sí tengo es una facilidad pasmosa para sentirme ‘de vuelta’ en cuanto que veo la bahía desde la ventana del tren. En el tipo deseado sin haber hecho ningún esfuerzo. El principio fue más sonado. La guantá que recibí aquel primer febrero me dejó desconcertada. El tercer o cuarto día me sentí, de repente, entre lágrimas, en un paraíso humano difícilmente imaginado. Con los años ese paraíso ha ido descendiendo a delicia terrenal, imperfecta y exuberante, felicidad y rabia con los ojos todavía húmedos y una sonrisa. Aún mejor. Cádiz es un bastinazo.

A lo largo de mi vida he sido norte y sur, y he disfrutado ambos extremos. He pisado Nápoles y Río de Janeiro y puedo decir que también son un bastinazo, hay que reconocerlo. Huelen a gente y a mar, a historia y a vida, a bulla y a siesta. Pero fue Cádiz la que me atrapó. Y así, cautiva, cada vez que vuelvo, paro entre Correos y la Plaza, miro  despacio a mi alrededor y me siento refugiada, y acogida. Me quedo embobada frente a ese emblema de Cádiz (uno de tantos) ¡que es una churrería! (la pongan donde la pongan) rematada con la figura de la Guapa.  ¡Dónde se ha visto! Recuerdo bien que recibí el flechazo en el preciso momento en que resolví aquel enigma en un estado de entre sorpresa y carcajada, de admiración sonriente. Cuando al día siguiente algún alma caritativa (para con las de fuera) me explicó lo del bastinazo, caí rematada, y aunque aún no lo sabía, el hechizo duraría hasta nuestros días.

Si me pongo impertinente culpo del hechizo a los códigos de comportamiento, las expresiones particulares del lenguaje, la idiosincrasia colectiva, el talante propio de la gente. Culpo a la herencia fenicia y a los viajes de ida y vuelta con América. Al orgullo de Constitución y a la pena de miseria. A esa seguridad de que ‘Cadi es lo mejor del mundo’ y a esa duda de si será cierto. Piropos repetidos y ciertos, al igual que sus problemas y defectos. Ahora, si me vuelvo doña Carnal, culpo de mi ilusionado cautiverio a haberme perdido por sus calles aquel primer año de desenfreno emocional; a haberme dejado acompañar a un portal con aquel carnavalero y bajado luego a la arena de la Caleta, al alba, para seguir llorando con cara de idiota frente a barcas encalladas probablemente sobre algún duro antiguo, antes de volver a ponerme la careta para continuar la gran fiesta. Culpo a haber vuelto más febreros, más junios, más octubres y haberme vuelto a perder para irme luego con sosegada tristeza, casi no tristeza. Saudade, appocundria, que no he sentido de ningún otro lugar.

Hay quien habla de irse a La Meca a rezar; otros de retiro a meditar con sus pensamientos o con la madre naturaleza. Yo me voy a Cádiz a dar una vuelta por la Viña, a pararme a charlar con quién sea por la calle Sacramento, a tomarme un vino en el Mentidero o la plaza Mina, a asomarme a la boca de la bahía desde las barandillas de la Alameda. «¡Cuidado! Ya vuelves a estar mirando pa Rota.»

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