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Antes de que la segunda ola del maldito Covid-19 nos pillara de nuevo, el equipo de ETP estaba preparando diferentes actos de presentación del nuevo proyecto en el que nos habíamos embarcado: el libro «Arquetipos para una pandemia». La situación nos ha impedido disfrutar con vosotros y vosotras toda la ilusión, cariño y ganas que le habíamos puesto en su realización. Es por eso que desde ETP queremos liberar algunos de los textos y portadas de este libro para que podáis disfrutarlos. Esperemos que las circunstancias epidemiológicas mejoren y pronto podamos compartir otras historias. Mientras tanto os dejamos con «Arquetipos para una pandemia», pasen, vean y lean. Esperamos que les guste.

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Ida etp

La casa de mi abuelita era oscura. En su casa había gallinas y conejos. Los conejos, al nacer –lo supe muchos años más tarde–, huelen a bebés. En el patio tenía un palosanto. Ahora, a ese árbol y fruto se le llama kaki. Para mí es un fruto desagradable y, a la vez, divertido, pues mientras jugábamos, de vez en cuando, nos caía uno en la cabeza. Mi abuelita, en ese trance, nos limpiaba la cabeza con un trapo, mientras reía. No reía mucho. Reía como si fuera normal. Ahora que lo pienso, era normal. Las cosas caen. En ocasiones, por su propio peso. 

En un cuarto minúsculo, en el que estaba el televisor, siempre había, debajo de él, un Hola! Ella lo leía con las piernas juntas, como una niña. Y mientras leía, movía sus labios, como una niña. Leía aquella revista con tanto interés que yo también la llegué a leer. No la acabé de entender. La revista estaba repleta de personas vestidas de domingo, el día menos interesante de la semana. Sin duda, el más aburrido. Sin duda, el día en el que la ropa apretaba más. No entendía que determinada persona, endomingada, o con bikinis de domingo, nos recibiera en un rincón entrañable de su nuevo domicilio en Madrid. No entendía que nos explicara que había iniciado una nueva relación, pero que por ahora sólo se estaban conociendo. No me imaginaba a mi diciendo esas cosas. No me imaginaba, de hecho, a nadie diciendo esas cosas. De mayor supe –no costó mucho; no fue trascendente– que aquellas personas en domingo perpetuo no decían esas cosas. O que las decían, como podían haber dicho otras cosas. Su contrario, incluso. Todo lo que decían, o lo que no decían, sólo les servía para existir. Existían en tanto decían aquellos absurdos y obviedades. Sin esos absurdos u obviedades no existirían. Aquello, aquella revista almacenada bajo el televisor, hoy es el televisor. Es la prensa. Es la política. Personas que no existirían, que serían incluso peligrosas, si no dijeran, todo el día, esos absurdos. 

Nos caen encima. Por su propio peso. Como un palosanto. O un kaki.

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