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Jpastor
Imagen: Pedripol

Al poco tiempo de tomar posesión el nuevo Gobierno del PSOE, la actual Ministra de Educación anunció que su Ministerio tiene la intención de poner en marcha una asignatura obligatoria a la que seguramente —puntualizó la Ministra— NO se iba a denominar “Educación para la Ciudadanía”, sino tal vez “Educación Cívica”, “Valores Cívicos”, o algo parecido.

Ni que decir tiene que recibo con una gran satisfacción las palabras de la nueva titular de Educación. Solemos olvidar, o desconocer, que muchas de las grandes insuficiencias democráticas que padecemos se derivan de una deficiente educación cívica de una parte amplia de la sociedad. Deficiencia, por supuesto, inducida y deseada desde los ámbitos del Poder.

Pero más que el contenido de lo que se anunciaba, me llamó la atención el tono empleado por la Ministra: faltó poco para que pidiera disculpas explícitas por sus pretensiones.  Y la comprendo, pues ahí es nada volver a insistir en implantar una asignatura —la Educación para la Ciudadanía— que fue combatida fieramente desde el principio, desactivadas sus potencialidades después, y, finalmente desterrada del currículo educativo, para el indecente regocijo de la derecha más recalcitrante. Y así, tras la activa oposición de las fuerzas ultra-conservadoras (incluida la iglesia católica) y la indiferencia de la sociedad en general, la asignatura de Educación para la Ciudadanía quedó definitivamente enterrada en el olvido, ese lugar de nuestra mente colectiva donde se generan las grandes y graves deficiencias democráticas de nuestro tiempo…

Ahora, el flamante Gobierno del PSOE quiere apostar de nuevo por recuperar una asignatura específica centrada en la educación para la ciudadanía, o educación cívica. Así lo aseguró expresamente la actual Ministra de Educación. Pero tácitamente estaba añadiendo  “…y perdonen las molestias”. Y es que la nueva titular de Educación es sin duda consciente de que, junto al aumento de la presión fiscal sobre los grandes bolsillos, tal vez sea la educación para la ciudadanía —es decir, el empoderamiento intelectual y moral de la gente respecto a la realidad social, política y económica en la que vive—, las cuestiones que más ponen de los nervios a ese poder que teme y combate por todos los medios la emergencia de una ciudadanía formada y realmente informada, blindada contra la manipulación, refractaria a las mentiras, e incrédula ante los típicos cuentos —relatos— emanados de los poderes no democráticos, que son los que realmente dirigen nuestras vidas, y a los que con más frecuencia de la deseable sucumbimos.

Por todo ello, es preciso partir de un hecho evidente: volverán a renacer con fuerza las susceptibilidades de la caverna contra la educación para la ciudadanía, o educación cívica (la denominación es lo menos importante). Ante una actitud tan claramente antidemocrática, es esencial no transigir ante esa  especial y regresiva sensibilidad conservadora que, primero, intentará que sea una asignatura ligh, desactivada, “inofensiva”, para finalmente eliminarla de nuevo a la primera oportunidad que tengan de hacerlo. Porque la intención última, ya demostrada, es impedir cualquier posibilidad de pertrechar a la ciudadanía con la más valiosa de las mochilas: la posibilidad de construir en libertad su propia autonomía y el impulso para incrementar su soberanía, muy menoscabada como consecuencia de las prácticas abusivas de una democracia amañada, como es la democracia liberal realmente existente.

Escribió en su día Max Horkheimer —en relación a otro contexto contemporáneo suyo, pero no del todo distinto al actual— que “pronto los caminos del pensamiento serán transitados sólo por sus perseguidores”. Del mismo modo, quienes creemos en la necesidad de una educación potente —y la educación para el ejercicio de la ciudadanía lo es— no podemos dejar que los caminos de la educación cívica sean transitados sólo por quienes la persiguen. Por ello tenemos la obligación moral de estar ahí, de entender y apreciar el sentido esencial e imprescindible de la educación cívica, con el firme compromiso de practicarla desde nuestras posiciones y circunstancias personales en la sociedad. A favor de una educación cívica deberíamos estar todos y todas, para defenderla, fomentarla, divulgarla y hacerla atractiva a quienes le dan escasa o nula importancia, bien por desconocimiento o bien por susceptibilidades y prejuicios ideológicos. Y por supuesto, deberíamos exigir su permanencia sea cual sea el partido que en cada momento gobierne.

Y, como ya digo, en el caso de que la asignatura de Educación Cívica llegue a ser una realidad de nuevo en los curricula escolar y académico, surgirán igualmente de nuevo los perseguidores. Volverán a renacer con fuerza las susceptibilidades de la caverna porque una verdadera educación cívica gira necesariamente en torno a una serie de aspectos esenciales y transformadores, claramente opuestos a ideologías de corte autoritario, conservador e insolidarios. Conviene por tanto tener muy presente cuáles son esos aspectos irrenunciables que deben informar la filosofía, la letra y la práctica de dicha asignatura, en evitación de eventuales transacciones que devalúen y desactiven significativamente su mordiente transformador.

Por todo ello, me permito comentar, sin ánimo de exhaustividad ni prevalencia, y de manera breve, algunos de esos aspectos que a mi entender deben estar incluidos necesariamente en una asignatura de Educación Cívica que pretenda ser realmente transformadora.

Ante todo, lógicamente, parece imprescindible partir de un reconocimiento claro y de un convencimiento profundo del valor cívico indiscutible de la educación en general y de la educación para la ciudadanía en particular, con la mirada puesta en conseguir el objetivo de que cada persona, cada ciudadano, cada ciudadana, llegue a interiorizar como una oportunidad de enriquecimiento moral propio la contribución a la igualdad, la justicia y el bienestar general. Cuando las fuerzas reaccionarias tanto la combaten, es seguro que la educación cívica constituye un camino acertado para que las sociedades, la gente, la ciudadanía, puedan alcanzar las cotas de  libertad, de democracia y de soberanía que, con diversos subterfugios, están limitadas (y limitándose progresivamente) en contextos democráticos de baja intensidad.

Así mismo, la educación cívica debe incidir de manera clara en promocionar los valores de lo público, en su sentido amplio y profundo, entendido como logro cultural, social y político irrenunciable. Ello incluye la capacitación ciudadana para la construcción y desenvolvimiento de unas instituciones públicas creadas con criterios realmente democráticos, refractarias a los distintos tipos de corrupción, al objeto de que la ciudadanía pueda impedir que, como a menudo ocurre ahora, desde dichas instituciones se legisle y/o gobierne en contra de las capas más desfavorecidas y vulnerables de la sociedad. Valorar lo público significa estimar la necesidad de una sociedad decente, igualitaria, responsable, justa, pacífica, fraterna…, verdaderamente democrática, en definitiva.

De igual modo, una cultura cívica deseable tiene que estar predispuesta a considerar como positivos para la convivencia democrática los valores de la diversidad, en todas sus formas, contra la opinión de quienes identifican diversidad con conflictos irresolubles, caos y problemas de “orden público”. Pero sólo desde una perspectiva constructiva de la diversidad podemos trabajar en favor de una potente pedagogía-acción para la resolución de conflictos… La Educación Cívica puede y debe ser la herramienta adecuada para potenciar la convivencia en lugar del enfrentamiento, para facilitar encuentros donde la intolerancia sólo concibe encontronazos.

Y directamente relacionado con lo anterior, la Educación Cívica tiene que servir a la necesidad de potenciar una visión compleja de la sociedad, del mundo, de la política… Muchas de las insuficiencias democráticas actuales provienen de esa visión simplista y estrecha que suele estar en el origen de actitudes intolerantes, de corte autoritario, xenófobas. En aquellos asuntos en los que tiene lugar la interacción humana (y la política lo es en grado sumo), la simplificación es el camino seguro hacia el error, la conflictividad y las injusticias.

Otro aspecto inseparable de la educación cívica es el fomento de la capacidad crítica, es indispensable poner a disposición de la ciudadanía las herramientas, la información más veraz y las prácticas intelectuales más adecuadas, al objeto de que cualquier persona obtenga la capacidad y la motivación para desenmascarar los verdaderos poderes, intereses y procesos que mueven el mundo. Desenmascarar, y digo bien, porque las causas y consecuencias de las grandes cuestiones y conflictos que nos afectan suelen estar enmascaradas tras múltiples y engañosas apariencias y falsos discursos.

Por otro lado, la educación cívica tiene que ser un elemento firmemente empeñado en el fomento y la potenciación de la empatía y la fraternidad, tanto entre las personas individuales que conforman la sociedad, como entre pueblos, sociedades distintas, colectivos…, etc. Estamos inmersos en una cultura que justifica e incluso ensalza la competencia, que de ordinario no suele ser competencia sana, sino simple y llanamente pasar por encima de los otros cabalgando privilegios o situaciones de superioridad económica o de estatus. Revertir los hábitos de la competición por los de la cooperación debe ser un objetivo esencial de la Educación para la Ciudadanía.

Y por último, pero no por ello menos prioritario, la Educación para la Ciudadanía, o Educación Cívica, debería hacernos a todos y a todas mejores y más demócratas. La indiferencia ante las cuestiones sociales, la desvinculación de la política activa, el desinterés por la suerte de los más desfavorecidos y vulnerables, la desmotivación participativa ante tanta corruptela y tanto truco, son actitudes que abogan a favor del desistimiento ciudadano, para beneficio de las élites dueñas de la situación. Me gusta esa afirmación que señala la perfectibilidad —es decir, la capacidad/posibilidad de perfeccionamiento—, como la virtud central de la democracia. Una verdadera Educación para la Ciudadanía nos habilita para participar de forma consciente, informada, constructiva, altruista…, en ese proceso de perfeccionamiento continuo de la democracia.

Cuando termino de redactar estas líneas germinan susurros, que pueden terminar en gritos, barajando la posibilidad de que el actual Gobierno se vea obligado a convocar anticipadamente elecciones generales. Muchas intenciones, entre ellas la de implantar la asignatura de Educación Cívica, puede que vuelvan a quedar en el olvido colectivo, que, como he dicho más arriba, es ese fatídico lugar donde se generan las grandes y graves deficiencias democráticas de nuestro tiempo… y de todos los tiempos.

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