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Ilustración: @pedripol

Escribo estas líneas el pasado día 6, fecha anual de exaltación de la vigente Constitución española. No quisiera parecer desconsiderado con aquellas personas a quienes la actual Constitución satisface y colma sus anhelos democráticos, pero me ocurre con este tipo de celebraciones como a Georges Brassens con la fiesta nacional, las banderas y la música militar, que no conseguían levantarlo de la cama. Creo que tanta exaltación y encomio de la actual Constitución no se corresponde con el manifiesto desinterés en su perfeccionamiento desde el punto de vista democrático. Desinterés y dejación que han compartido tanto la derecha como la izquierda a lo largo de estos decenios de vigencia del texto constitucional de nuestro país. El resultado, una Constitución que muestra a día de hoy unas insuficiencias graves, que se suman a las de su origen e inspiración liberal.

Sobre las Constituciones de corte liberal ─que no sobre el constitucionalismo como movimiento ideológico, político y jurídico─, sostengo desde hace tiempo una “tesis” intelectualmente arriesgada, nada ortodoxa. Pero el mismo transcurso del tiempo y el desarrollo de los acontecimientos no hacen más que reafirmarme en mis convicciones acerca de la esencia anti-democrática de dichas Constituciones. Ya escribí en su día que “las Constituciones liberales se conciben, redactan y promulgan no desde la primera sensibilidad revolucionaria de la burguesía, sino desde los presupuestos conservadores y contrarrevolucionarios asumidos por esa misma burguesía una vez ocupado, acaparado, el escenario histórico; de ahí que, aun manteniendo la retórica inspirada en las grandes mayúsculas (Libertad, Igualdad, Fraternidad), la verdadera función de los textos constitucionales termine siendo en la realidad una función restrictiva, contramayoritaria, nada legítima y sí en cambio legitimadora de privilegios y desigualdades que aun hoy permanecen”.

Estas afirmaciones, que no hace mucho podían parecer exageradas, están adquiriendo mayor verosimilitud cada día que pasa. Porque apoyados precisamente en los textos constitucionales vigentes en las democracias liberales, se está produciendo el deslizamiento  hacia la “democracia autoritaria” a la que me refería en mi artículo anterior. En este contexto, ¿puede extrañarnos que se quieran dirimir cuestiones y conflictos políticos con la continua apelación al Tribunal Constitucional, descartando sistemáticamente iniciativas políticas? Caso paradigmático es el de Cataluña, dicho así por abreviar.

El autoritarismo democrático que prolifera ahora con virulencia taimada, puede perfectamente pasar desapercibido a una ciudadanía abocada a la búsqueda de la vida en contextos y condiciones de dureza y competición que favorecen la deshumanización. La apelación de las élites a un hiperpragmatismo político y económico —el socorrido llamamiento al sentido común— que en realidad siempre suele beneficiar a los ya beneficiados por el sistema, es un recurso de ordinario empleado para disuadir “aventuras” de cambio del statu quo. Así es como un autoritarismo siempre “razonado” y “razonable” impone normas y leyes especialmente concebidas para regular la vida de los menos favorecidos, permitiendo, desde luego, diversas posibilidades de conculcar con impunidad dichas normas y leyes por quienes disponen de los medios adecuados para ello: un hecho empírico que la realidad actual nos sirve en bandeja diariamente. Una prueba más de que las revoluciones liberales contra el absolutismo monárquico no acabaron con la monarquía, y tampoco con el absolutismo.

No obstante ─y esta es la cuestión que quisiera traer a colación en este artículo─, con ser grande y grave este déficit de las Constituciones liberales, desde el poder siempre ha existido la intención de intentar rebajar aún más el escaso potencial democrático de las Constituciones liberales, de ordinario redactadas y promulgadas tras acontecimientos históricos conflictivos o abiertamente traumáticos. Este revisionismo a la baja de ahora se quiere llevar a cabo mediante dos vías principales de actuación, aunque no son las únicas: una, la que estos días hemos podido ver ejemplificada en el reciente intento de Matteo Renzi por modificar, mediante referéndum, la Constitución italiana haciéndola más permisiva ante eventuales arbitrariedades del ejecutivo, hurtando o mediatizando las posibilidades de decisión, más democráticas, del Parlamento; y dos, la que viene siguiendo en nuestro país el Partido Popular insistiendo en una supuesta perfección y  validez de la Constitución del 78 para afrontar el presente y el futuro, por lo que sería poco menos que un error intentar ni tan siquiera pensar su reforma…, a no ser, claro, para introducir decisivos aspectos neoliberales, como ocurrió con la vergonzante modificación exprés del artículo 135 durante el gobierno de Zapatero; en ese caso el Partido Popular sí prestó su apoyo a la reforma de la Constitución, sin titubeos, con diligencia e inmediatez.

Son, pues, intentos por adelgazar aún más los ya de por sí estrechos márgenes democráticos de las Constituciones vigentes, en línea con el pensamiento liberal de siempre y el neoliberalismo de ahora, remisos a profundizar en la democracia más allá de la “ficción democrática” actual. Vamos hacia la Constitución neoliberal, si no le ponemos diques realmente democráticos a esta oleada de autoritarismo contable que trata de hacerse hegemónico pretendiendo además la aquiescencia de la ciudadanía. Porque las intenciones son las de siempre: dotar de mayores márgenes de libertad (liberal) a la mano invisible. Ya me entienden ustedes…

Tenemos que estar en alerta continua ante estas invectivas no ya conservadoras, sino abiertamente regresivas. Porque una cosa cierta es que “vivimos en medio de una falacia descomunal”, tal como nos advertía Viviane Forrester al comienzo de su libro El horror económico. Los contornos de esa falacia son intencionadamente confusos, borrosos, equívocos… Y ningún software mágico, ninguna aplicación gratuita, nos va a ayudar a salir de las trampas tendidas por una democracia que pretende subsistir legitimada por documentos amañados, fiestas de exaltación y musiquillas… celestiales.

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