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Porlan
Fotográfia: Jesús Machuca

A la gente le hace cambiar lo que tiene alrededor. Los errores y los vicios del entorno modifican nuestras conductas inevitablemente, así que quienes manejan el entorno manejan también nuestras vidas. La posverdad, ese concepto estúpido y peligroso que renuncia a llamar mentira a la mentira, y mierda a lo que huele a mierda, es, como casi todo lo que nos rodea, efecto del marketing.

Hablemos de la libertad de expresión. Cuando a Diógenes de Sínope, el gran filósofo cínico, se le preguntó hace 26 siglos cuál es la mejor cualidad del ser humano, no lo dudó un momento al responder: la libertad en el decir. Porque ¿qué hay sin eso? Ni sociedades, ni personas, ni literatura, ni amistad, ni amor. Nietzsche, sin estar pensando en Diógenes escribió como si lo grabase un rayo en el mármol: di tu palabra y rómpete.

En el fondo todos lo sabemos. Sin libertad en el decir no hay ninguna otra libertad y por ejercerla han muerto millones a lo largo del tiempo. Herejes, disidentes, revolucionarios, filósofos o, simplemente personas incapaces de disfrazar su pensamiento, han muerto en todas las épocas para mantener en el mástil su incómoda palabra, ya sea acertada o no. Que los cristianos recuerden a Jesucristo, que fue todo eso y a quien por eso crucificaron sus contemporáneos.

Yo no debo, ni puedo, ni quiero callar por la fuerza a mi hermano o a mi amigo. Ni siquiera si se ha hecho miembro de las juventudes hitlerianas. Puedo hablar con él interminablemente, hacerle ver esto o aquello, pero no debo impedir que grite por las calles: ¡mataremos a todos los judíos!  ¿O sí que debo hacerlo?

Ahí está el núcleo del asunto: en la selva de los márgenes de la libertad. Nos parece bien que se vigile estrechamente la libertad de expresión de los yihadistas, pero nos escandalizamos cuando se descuelgan 24 fotos de Arco. No es lo mismo, pensará el lector; y desde luego, no lo es.

El problema reside en la bastez del pensamiento general que no reconoce lo que nace provocativo con fines crematísticos. ¿Por qué se ha colgado esa obra de arte? Por marketing. ¿Por qué se ha descolgado? Por marketing. ¿Por qué se ha comprado? Por marketing. ¿Por qué ha sido noticia? Por marketing. Entonces ¿qué es lo que hay, provocación o marketing?

Escuchemos a un caballero republicano magistral: don Arturo Soria y Espinosa (1907-1980): La publicidad lleva por la pendiente de la pendencia al abismo de la dependencia. Prometo hablarles pronto de este personaje inolvidable con cuya amistad nos alimentamos algunos jovenzuelos a finales de los sesenta.

La propaganda es arte desde que el provocativo Warhol así lo decidió. El arte es propaganda desde tiempos inmemoriales, propaganda de las religiones, propaganda de las políticas y, últimamente propaganda de los artistas. Recordemos a Dalí, cuyo talento era auténtico y cuyo marketing era superior a lo burdamente provocativo. Echemos un vistazo somero al arte soviético, que nace como propaganda de la revolución y acaba como propaganda del líder supremo. Hoy tenemos tantos artistas y escritores –y tan pocos críticos– que publicar un libro o inaugurar una exposición es como tocar el claxon en un atasco de tráfico. Para que se nos note hay que dar con la nota. Y la nota está en el teclado de los medios de comunicación.  Los inocentes deben saber que la cultura española actual se hace a partir de las agendas de 20 o 30 periodistas. Y de media docena de tycoons que controlan a esos periodistas. Los autores se comprometen en sus contratos a realizar giras de promoción, puro marketing. Y nadie dice que no, ni los filósofos ni los jueces ni los novelistas dicen: oiga, mire, yo soy el autor; el vendedor es usted. De modo que vemos a gente muy seria y encopetada aparecer en los medios con mandil de tendero y su libro, su película o lo que venda bajo el brazo.

A falta de críticos, que murieron hace tiempo a manos de las industrias culturales, tenemos hoy a los periodistas ponderadores. Y en eso, nadie nos gana. Al parecer, aquí perdemos genios todos los días, porque los que se mueren son elevados unánimemente a cimas inmarcesibles de genialidad. Queda muy feo criticar a un difunto, es una falta de delicadeza, por ejemplo, decir: hace treinta años que no me río con sus chistes. ¿Libertad de expresión? ¿Qué significa eso? Lo importante no es tenerla, sino ejercerla. Es usted muy libre de decir este programa es basura, pero nadie le va a escuchar porque el receptor es sordo; aquí el libre es el emisor, y lo que emite para millones ese emisor ni siquiera es efecto de la libertad de expresión de alguien. El caballero Berlusconi, maestro de maestros de marketing y de otras cosas, puso al mando de la cadena española de mayor audiencia a otro caballero que declara cínicamente: hacemos televisión para vender publicidad. Más cínico todavía era nuestro Lope hace cuatro siglos: El vulgo es necio / y, pues lo paga, es justo / hablarle en necio / para darle gusto.

Pues si no le gusta, cambie de cadena y entre en la guerrita civil incruenta del programa de debate que, para empezar, divide a sus contertulios en dos trincheras enfrentadas entre las cuales vuelan los proyectiles hasta el clímax ensordecedor en el que nada se entiende, aunque todo se sobreentienda. Todo, incluso que alguno de esos contertulios continúe ejerciendo de periodista libre después de que le hayamos escuchado decir a uno de sus amos: a tus órdenes. Se entiende mejor a la trinchera de la derecha, porque grita más. Aunque es aburrida porque siempre viene a decir lo mismo. ¡Qué grandes justificadores! ¡Qué cargarse de razón! ¡Qué clarividencia! Si antes dio en el clavo Lope,  aquí lo bordó el gran Quevedo hace cuatro siglos: Las plumas compradas / a Dios jurarán / que el palo es regalo / y las piedras, pan.

Dicen que estamos retrocediendo en cuanto a la libertad de expresión. ¿Seguro? Pues yo  diría que seguimos estando en el Siglo de Oro.

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