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Miguel ariza

Fotografía: Jesús Massó

Amén de hacer saltar por los aires la música popular de la segunda mitad del siglo xx, a John Lennon le sobró talento para sintetizar la desnortada existencia de todos nosotros. Y lo hizo con una frase que aborrezco casi tanto como sus canciones. “La vida es eso que nos pasa mientras estamos haciendo otros planes”. Esté usted de acuerdo o no, asúmalo. Ya sea una persona simplemente extraordinaria o extraordinariamente simple, es más que posible que esté saboteando su propio presente.

No se trata de un hecho novedoso, algo que podamos achacarle al ajetreo de la vida moderna. Al mismísimo Horacio ya le dolía la boca de repetirnos su celebérrimo carpe díem. Y lo hizo incluso poco antes de nacer Cristo. Esto demuestra que siempre nos ha chiflado eso de irnos por las ramas; sobre todo las de esos árboles que nos impiden ver el bosque, allá por los cerros de Úbeda.

Pero retrocedamos cinco siglos antes de Horacio. Entonces el budismo andaba destilando la esencia de lo que habría de ser su filosofía. Lástima que el resultado se nos revelara de una sencillez tan inasumible, porque todo el mensaje de Buda podría resumirse en estas pocas palabras. Este preciso instante es el único tiempo que de verdad existe, no hay nada más. Pero nosotros nunca hemos estado del todo preparados para eso. Por alguna razón, preferimos mirar para otro lado.

Ya fuera con la ayuda de las drogas, la religión o cualquier estúpida ideología, siempre nos gustó eludir el presente; aunque la mayoría de las veces se debió a nuestra propia incapacidad de estar centrados. Si casi podría decirse que, existencialmente, somos hijos bastardos del Gran Houdini. Tramposos aprendices del insano arte del escapismo, capaces de cualquier cosa con tal de no plantarle cara a la realidad. ¿Cuántas horas de trabajo hemos pasado soñando con las vacaciones? ¿Cuántas horas de vacaciones hemos pasado mentalmente en el trabajo?

Por fortuna, las nuevas tecnologías vinieron a arrojar un poco de luz sobre este enquistado problema y certificaron que nuestra capacidad de escamotear la realidad no tiene límites. En solo dos décadas, nuestro nivel de evasión ha crecido de un modo exponencial. Los dispositivos electrónicos permanentemente conectados a la red se han instalado en nuestra vida cotidiana con pasmosa facilidad y han acabado siendo la perfecta coartada que necesitábamos. Cada vez pasamos más tiempo dentro de un mundo virtual, una realidad que experimentamos en forma de simulación en diferido. Hoy vamos a un concierto de rock y nos pasamos la noche grabándolo en vez de disfrutar del espectáculo en vivo. La idea es verlo más tarde, aunque en realidad se trata de una mera coartada.

Hay en marcha un proceso de trivialización global que corre paralelo al resto de las globalizaciones. Hemos depositado toda nuestra intimidad en las manos de grandes empresas como Google o Facebook, al tiempo que nos definimos como personas con la cabeza bien amueblada; quizás no queriendo asumir que hoy todos los muebles son de Ikea. Leo en la revista Semana que Alba Carrillo es la última famosa en apuntarse a meditación. La chica decidió cerrar su cuenta de Instagram y hacerse budista. Ahora los paparazzi hacen guardia a las puertas del centro al que acude cada tarde. Me pregunto cuántas celebrities más podrá asumir el budismo antes convertirse en un burdel.

Si un animal cualquiera es capaz de vivir permanentemente en su presente inmediato, ¿por qué nosotros no? ¿Por qué demonios necesitamos de complejas técnicas de relajación y meditación para alcanzar el estado vivencial del que disfruta un simple perro por el mero hecho de ser perro? Igual es que tomar plena conciencia de nuestra respiración nos ahoga. El presente inmediato nos enfrenta a la verdad de que la existencia se compone de acciones insignificantes, de momentos intrascendentes y esa pura inanidad es una sensación que abre a nuestros pies un abismo pavoroso.

De algún modo, estamos empecinados en que debe haber algo más. Algo que dé un sentido trascendente a nuestras vidas, más allá de la mera existencia biológica; y todo ocurre en una realidad desacralizada, en la que no quedan experiencias místicas (me niego a incluir la conversión al budismo de Alba Carrillo en esta categoría). Ya ni el Vaticano cree en dios, si acaso llegó a creer alguna vez. No hay última cena, por espléndidamente elegida, que satisfaga el paladar de un condenado a muerte.

Así que mejor asuma su propia inanidad. Acostúmbrese a ella; y, sobre todo, procure vivir instalado en su presente. Porque, en confianza le digo, que fuera de este pequeño incendio que somos usted y yo, no arde ni una sola brizna de hierba seca más.

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