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Fotografía: Jesús Massó

El uno de enero de 2011 entró en vigor la ley que prohibía fumar en bares y restaurantes. Y la patronal hostelera llamó a la guerra santa: “¡Cerrarán 70.000 bares! ¡Se perderán más de 200.000 empleos!”.

Nada pasó. Hoy los bares y restaurantes siguen llenos de público y vacíos de humo, mientras la patronal sigue preocupadísima -al menos eso dice- por la calidad del empleo.

Y es que los humanos somos así, tenemos la fea costumbre de oponernos a nuestro propio progreso: la TV matará a la radio, los coches extinguirán al caballo, la imprenta acabará con la cultura… De ajustarnos a este canon, todavía estaríamos defendiendo al imperio austrohúngaro (no obstante, aún hay algunos que lo añoran).

Una forma de oponerse consiste en retrasar numantinamente la adopción de las medidas progresivas. La otra, más frontal, estando en contra porque sí o usando cualquier argumento. En lo de ‘cualquier argumento’ cabe todo, hasta lo más disparatado.

Viene esto a cuento del empeño peatonalizador del Ayuntamiento de Cádiz.

Algo nada revolucionario, pues ya ciudades medianas como la nuestra -Pontevedra o Vitoria- han ensayado fórmulas con resultados satisfactorios. No obstante, las críticas previas, a veces de una ferocidad lunática, retrasaron su aplicación. Más cerca, en Sevilla, se peatonalizó la calle San Fernando… y se cayó el cielo. Hoy es una plácida vía con terrazas por donde circula pacífico el tranvía. Más reciente aún está el proyecto ‘Madrid Central’ de Carmena que, tras las iniciales y consabidas críticas, está siendo satisfactorio en su aplicación.

Las ciudades y sus munícipes más adelantados han entendido que, superado el furor inicial de los inmovilistas de la movilidad (curioso oximoron), la peatonalización, la construcción de carriles bici y el fomento del transporte público, son reconocidos y aclamados finalmente.

Al final del proceso queda en evidencia la relación directa entre atraso y tiranía del coche.

Porque la ciudad no son los coches ni siquiera los edificios, sino las personas.

Claro, que aún quedan quienes siempre estarán en contra y que opinan que lo de la contaminación sólo es un bulo, y viven convencidos de que eso del cambio climático no es más que un complot marxista. Y les da igual que el coche esté aparcado el 90% del tiempo, que se consuma un tercio del tiempo de la conducción buscando aparcamiento o que, de sus cinco asientos, rara vez vayan todos ocupados. Da igual, defienden el derecho de ir en coche de la cocina al salón de su casa.

Y enmarañan el debate público y usan recursos políticos y administrativos para retrasar la adopción de esas medidas progresivas. Pongamos por caso al alto comisario de Acción para el Clima y la Energía en Europa, que no es otro que el exministro Miguel Arias Cañete, propietario de la empresa “Petrolífera Ducar”, dedicada a almacenar combustible fósil. Lo que se conoce como bunkering. Una forma de especular, para entendernos. Que es una actividad legal, pero que resulta difícilmente compatible con un juicio recto, imparcial y dirigido al bien común y a lo que representa su cargo público. Pienso que una motosierra tendría más sentido ético.

Pero aún peor me lo pone mi vecino, que no tiene pozos petrolíferos ni empresas de bunkering, pero está convencido de que ‘el coche es necesario’ y cada vez que sale el tema del carril bici me dice:

– “Hombre, si eres pobre y tienes que ir en bici, vale, pero para ir a pasearte ¡no, hijo, no!”

Ya ves.

 

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