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Pedripol 13

Ilustración: Pedripol

“No sé ni en el pájaro que vivo”, dice el espantapájaros a la cosecha.

En la certeza del movimiento de las agujas de un reloj, la calle se estrecha. En la certeza del temblor de una campana, la calle se convierte en calle para algunos, en escape para otros, en paseo de solo un Domingo para aquellos que no la conocen, en oscuras rutas que llevan a la pequeña oficina que todos odiamos y que nos da de comer, en la roja alegría que se asoma por las mejillas de un Erasmus que acaba de conocer la calle, la tapa, la caña, la alegría roja de sus propias mejillas. El eterno minuto que lleva la mochila de la niña al colegio, es calle y calle es también la sonrisa de la niña que la trae de regreso a casa, la misma calle que se llena de guitarras desde el mes de septiembre y que con el temblor de sus cuerdas encendidas da la mano a quienes la conducen con cariño a algún local de ensayo. Es calle el olor a incienso que lleva a la anciana a misa de ocho, como también es calle el ruido de cisternas y el olor piedra mojada para quienes la limpian, cada noche. Es calle el vuelo de la paloma para los niños en las plazas y para la panadera es calle, las cinco de la mañana. Según el cristal, la calle es una cosa u otra, según quien ande por ella la calle está llena de luces o es sombra, pero todos la llamamos calle. Y la llamamos calle por un motivo sencillo, fácil y verdadero: La calle es calle porque el hogar es hogar.

Pero la calle en nuestra ciudad es calle depende para quien. Con mirar alrededor nos bastaría para saberlo. Veo personas a la que me gustaría preguntarle qué es la calle para ellas, siempre son las mismas. Siempre andan en el mismo sitio, a todas las horas, a todas las campanas, a todos los olores, da igual quien pase por la calle, sea la panadera, la niña que vuelve del colegio, la roja alegría del Erasmus, la mujer que baja a tirar la basura da igual, allí están ellas. Allí permanece la gente que es calle.

Nuestra calle es hogar para muchos, para más de la cuenta, para más de lo que se debe, para más de lo que se entiende, para más de lo que queremos, para más de lo que ignoramos y para más de lo que hacemos. Cada vez más hogares caracoles en los cajeros, bajo el techo de algún escaparate, en las plazas, en los parques. Y, mirando para el otro lado, la piedra de nuestros corazones llama calle a lo que ellos llaman hogar.

Estamos hechos del mismo barro pero no todos lo pisamos por igual. Quizás sea el momento de tomar conciencia y aprovechar el despunte de esta flor que nos cambia, y nos hace a mi parecer mejores personas, para atrevernos a mirar cara a cara a la propia miseria que arrastra nuestra ciudad y que nos han dejado en herencia con el reparto de unos pocos. Quizá sea el momento no de limpiar las calles, no de hacer y sentir nuestra la crítica por la crítica, no de pataleos por procesiones en las calles, ni tampoco se trata de ver la ciudad llena de tunantes. A lo mejor es ahora cuando tenemos que preguntarnos por qué nos estamos quejando. Por qué somos de piedra. Por qué no nos quema la hoguera. Por qué no nos sangra la herida. ¿Qué nos han hecho? ¿Cuándo nos miró Medusa? ¿Cómo curamos al espantapájaros? ¿Qué canto nos espanta?

Cuando al fin dejemos de ser piedra, seremos.

FIT

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