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La reciente muerte de Juan Bellido nos empuja a la escalofriante confirmación de que, poco a poco, van desapareciendo algunos de los principales representantes de una época dorada del teatro en Cádiz, la que media entre las décadas del 60, 70 y 80 del siglo pasado.

Lo terrible del caso es que si rastrean por internet apenas encontrarán ninguna pista que conduzca hacia el palmarés teatral de Bellido, uno de los principales actores de aquel tiempo, cuya presencia era inexcusable en los montajes de Carrusel o de Cámara, que buscó otros rumbos y que finalmente retornó a la capital gaditana donde colaboró con propuestas tan heterodoxas como las del grupo Danza 88, La Tirana o La Bella Tatoo, o respaldó montajes teatrales de la Asociación de Enfermos Mentales, en un compromiso escénico que venía a encarnar su propio compromiso cívico.

La metáfora de la muerte

El Ayuntamiento de Cádiz, para el que trabajó durante el último periodo de su vida hasta que no volvieron a contratarle, le dedicó el Día Mundial del Teatro. Ese día, se leyó un manifiesto de Miguel Angel García Argüez, poeta, actor, autor carnavalesco, narrador y docente, tras un montaje realizado por la Asociación de Actores y Actrices de Cádiz Cádiz (AACC), a partir de un tribunal oficial que decreta el fusilamiento masivo del teatro: “La metáfora es la muerte que vive en el teatro a través de los tiempos y su continuo renacer”.

¿Podemos estar seguro de ese renacer? Talento hay, como hubo en el pasado. Sin embargo, cabe preguntarnos por qué aquel esplendor teatral que se vivió en la capital gaditana y en buena parte de la provincia durante el tardofranquismo no llegó a consolidarse con la democracia, al margen del esfuerzo, el instinto y la pericia técnica de quienes han seguido atreviéndose a pisar la escena en esta tierra.

Tellez inside 1Hubo un tiempo, sin embargo, en que el Estado lejos de facilitar subvenciones auspiciaba mordazas, detenciones y censuras. Sin embargo, allí estaba Gris Pequeño Teatro, por ejemplo, o Quimera Teatro Popular, que dirigiera el ya fallecido José María Sánchez Casas, alias Garratón, antes de ser encarcelado como fundador del PCE (r) y de los GRAPO: escenificaban textos de Manuel Pérez Casaux, que también se nos ha ido sin el tributo literario y teatral que merecía. Nacido en 1929, Pérez Casaux llegó a escribir un total de 29 obras entre comedias y dramas, viajes desde el teatro del absurdo a Bertolt Brecht.  De todas esas piezas, se estrenaron catorce, empezando por “La cena de los camareros” o “Historia de la divertida ciudad de Caribdis”, que inauguró el Festival de Sitges en 1969, o La familia de Carlos IV, dirigida por José Luis Alonso de Santos. Por no hablar de sus cinco novelas cortas, sus narraciones breves o textos de referencia como su novela Las raíces al aire o “Días de tomillo y orozuz”.

Antes, mucho antes del Festival Iberoamericano de Teatro, Angel de Dueñas ganaba distintos premios en 1976 en el festival de la Juventud en Cuenca con una versión de “El Principe Constante”, de Calderón, mucho antes de decantarse por el mimo, después de “Axas” y de “La prisión” de Kenneth Brown y una vez que Jesús Morillo y Miguel Angel Butler se escindieran para crear “Carrusel”. Este último grupo debutó en 1973 onSu primer montaje fue el de “Los justos”, de Albert Camus, pero dieron la vuelta a España con “Las criadas”, de Jean Genet, incorporando a Ramón Rivero que se dejaría ver luego como Maria Antonieta en una versión de “1789, la ciudad revolucionaria no es de este mundo”, que Cámara volvió a llevar a escena pocos años después. Luego, Rivero se enfrentaría sólo al escenario con monólogos, poemas y su montaje más célebre, “Legionaria”, basado en el relato homónimo de Fernando Quiñones, que condujo a la creación con Santiago Escalante del Teatro Mentidero en el que sigue militando hasta que su salud, cada vez más precaria, se lo permita. ¿Quién recogerá su legado, el ingente archivo de una de las compañías de teatro más señeras del último medio siglo?

Fábrica de actores

Carrusel no sólo fue una fábrica de actores, entre quienes figuró Bellido, sino que supuso un largo viaje escénico e iniciático en el que cupieron libretos propios como “La balada perdida”, una función más tarde llamada Tríptico inacabado sobre una conjura de libertadores, o Romance de un pueblo olvidado (más tarde llamada) Misa negra y réquiem de sublevados, todos ellos firmados por Jesús Morillo, a lo que cabría añadir Medea. Rito y ceremonia sobre una leyenda inmortal, en versión del mismo, junto con recreaciones del Marat-Sade de Peter Weiss o “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri. El grupo se disolvió en 1984, aunque sus integrantes siguen más o menos en activo, desde el cine como es el caso del magistral Manuel Morón a la enseñanza teatral, como el propio Butler.

Antes de disolverse, emprendieron una aventura exterior, con menor duración que la que sigue llevando a cabo La Zaranda, desde Jerez de la Frontera, con una impecable y larga trayectoria, que todavía perdura a escala nacional e internacional.  Era una época en la que descollaban actrices formidables como May Vázquez, o directores como Andrés Alcántara o Jesús del Río buscaban nuevas promesas teatrales en la comunidad parroquial de Santo Domingo, o el primero se atrevía con una versión de “La balada del tren fantasma”, de Francisco Arrabal, con el incansable Eduardo Valiente o el narrador Rafael Marín.

En plena transición, se pusieron de moda los cafés teatro –el último fue abierto en Algeciras, hace unos veinte años por Antonio Romera “Chipi”, el vocalista y compositor del grupo La Canalla. Pero el primero corrió a cargo de Pedro Delgado, actor y director del Grupo Valle Inclán, que puso en marcha semejante iniciativa en la gaditana calle de Enrique de las Marinas. Luego, durante largos años dirigiría el Teatro Estable en Algeciras, la ciudad donde se refugiaron Juan Luis Muñoz y Maria Eugenia Ferrera, que crearon el grupo La Algarabía, después de militar en el célebre Teatro Estudio Lebrijano. Toda una cantera de actrices y de actores entre quienes deben mencionarse necesariamente a los hermanos Carlos y Victor Clavijo o al dramaturgo Juan Alberto Salvatierra. Tellez inside 2

Toda la provincia, en ese momento, conocerá un creciente interés por el teatro, desde Puerto Real con el también malogrado Alfredo Los a La Línea de Angel Garó y El Puerto de Santa María, a manos de Montse Torrent. En la Estación de San Roque, la patria chica del gigantesco Juan Luis Galiardo, comenzaría a estrenar sus propias obras José Chamizo, a partir de un grupo dirigido por Juan Carlos Galiana. La lista de nombres se haría interminable: desde la escritora isleña Ana Rossetti, emigrada a las bambalinas de Madrid, o Alberto Petthengui y Juan Luis Romero Peche, que se abrían paso a bocados en la escena sevillana.

Todo ello pareció esfumarse, aunque queden grupos que sigan renovando su vieja piel teatral. Un cierto teatro de Cádiz, sin embargo, se nos muere. Juan Bellido –que conste– era una de sus principales referentes. Y hoy es una de sus fundamentales ausencias.

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