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Xiomara post

Por todas es de sobra conocido que aquella buena siesa que se precie es de carácter agrio, arisco, seco, duro, garbanzo antes de remojar. No en vano se denomina siesa a la persona antipática de trato desagradable. Pero no es este trato en concreto lo que define a nuestra Siesa, sino más bien la ausencia de humor común, de ese humor común que provoca sonrisas espontáneas al ver a una niña pequeña cantando un villancico, o a unos gatitos blancos bostezando. La Siesa es seca hasta en la sonrisa y, si bien alguna vez rodó por su mejilla alguna lágrima furtiva, de todas es bien sabido que jamás soltó una carcajada y mucho menos en público.

Se cuenta de boca a boca, de oído a oreja, que la carcajada siesil remueve la tierra, quiebra los huesos desde dentro y provoca el ocaso antes de tiempo, alterando el orden establecido y todo lo que, por ritmo, es conocido como cotidiano. Por lo tanto, podemos decir que la carcajada siesil es peligrosa.

La última vez que una siesa rio a carcajadas se alargó el verano hasta casi final de año.

Una vez explicado esto, podemos contar lo que ocurrió la noche del pasado viernes 14 de diciembre. Nuestra Siesa se encontraba subida al poyete más alto de la azotea, oteando el horizonte. Una profesora había desaparecido un par de días atrás y la Siesa sentía la sangre como si pudiera olerse desde lejos. En la soledad de la azotea la vecina coprolálica se cagaba en los muertos de todo hasta que le hiciera efecto el diazepam, las niñas se dormían con cuentos de final feliz y las amantes pelaban la pava por encima de la ropa en la intimidad de las casapuertas. No faltaba el que lloraba por la escasez del alumbrado navideño, ni el que llevaba horas dando vueltas para aparcar. Infinidad de murmullos varios que se extendían por el cielo nocturno gaditano.

Pero la Siesa no podía concentrarse en ninguno de esos estímulos, el olor a sangre era tal que bloqueaba sus antenas siesiles provocando un repunte de su hernia de hiato. Entonces la vio.

Apareció por detrás de una antena como si esta fuera un muro en lugar de un palo fino. La Siesa siquiera se asustó porque, de alguna manera, la estaba esperando. Mientras el espectro se acercaba a ella, desde una TV cercana se escuchaba “Creo que mi padre es un elfo”, hasta la Siesa se percató del surrealismo.

-Estoy muerta.– le dijo.

-No jodas.– respondió la Siesa.

No es momento para sarcasmos. En un par de días el mundo sabrá lo que todas ya sospechan. Es tiempo de cambio, Urano va a entrar en tauro y el… –la Siesa tocó las palmas interrumpiendo.

-Creo en fantasmas pero no en Esperanza Gracia. Ve al grano que aquí hace mucha humedad -aclaró nuestra Siesa.

-Qué malaje eres,-protestó el espectro- pero tienes razón. Iré al grano. Cuando el mundo sepa de mi muerte se desencadenará la pena que ya estaba acumulada, la rabia campará a sus anchas, se crearán bandos con claridad de enemigos y esto no es bueno para la humanidad. Tienes que buscar un remedio. Eres la elegida.

-Puta mierda de elegida, cagoendiez. Yo tenía que haber sido contable, hostia. –protestó la Siesa.

-Es lo que hay –dijo el espectro, y desapareció dejando un destello rojo que permaneció unos segundos.

La Siesa sintió que en ese instante le embargaba el sentimiento. Notó que la emoción se acumulaba en la garganta y tuvo ganas de soltar todos los gritos que el espectro llevaba arrastrando detrás suya. Una lágrima hizo POP, como una palomita de maíz y rodó por su mejilla llevando consigo mil penas acumuladas. Así lloran las siesas.

Cuando la lágrima se secó, y ya la pena estaba aparcada, nuestra protagonista se escabulló por la ciudad, saltando de azotea en azotea hasta llegar al Anfiteatro Romano. Allí se coló por encima de la reja y caminó furtiva hasta perderse en los túneles secretos de las Cuevas de María Moco. Caminó por la red de túneles dejándose llevar por su instinto hasta que comenzó a escuchar un rumor como de risas y aplausos numerosos. Encontró la salida  y una carpa de circo que albergaba un escenario, donde multitud de personas esperaban un espectáculo. La Siesa se hizo hueco entre la gente pisando alguna mano con maldad, no en vano era siesa, y sentándose delante por toda la cara, que para eso era la elegida.

El espectáculo comenzó. Llegó una mujer con corbata saludando a todas, todos y todes, y comenzó a hablar del coño, del universo femenino, de la diversidad, rompiendo esquemas y fue entonces cuando ocurrió. La Siesa empezó a reír a carcajadas. Alicia Murillo teorizaba sobre un coño de quita y pon mientras el suelo temblaba. Después Pamela Palenciano luchaba contra las etiquetas, colocándose en la piel de estereotipos masculinos y femeninos, explicando que todo es una cuestión de privilegios y poder. Silvia Albert recordaba que esos privilegios hacen que algunas mujeres estén doblemente invisibilizadas, y cantaba, y hacía soñar jugando con las luces y su propio cuerpo, en un alegato antirracista porque las que nacieron aquí son extrañas, porque No es país para negras.

La Siesa reía y el suelo seguía temblando, resquebrajándose en pequeñas grietas por todo el recinto. Cuando Las XL cantaban sobre el fin del amor romántico, la Siesa levantaba los dedos pulgar, índice y corazón formando un clítoris, totalmente desencajada de la risa, hasta que sonó el último acorde y las pequeñas grietas se hicieron una. Rugió el cielo. Las mujeres y los hombres y el binarismo, levantaron las manos gritando al unísono Ni una menos. El suelo se abrió tragándose a la Siesa que aún tenía el puño levantado. Y solo hubo oscuridad y silencio.

En la negrura la Siesa no tuvo miedo. Caminó palpando las paredes en pos de una salida. Tenía claro que todo estaba cambiando, que la incomodidad había anidado en los corazones de la gente y que eso era bueno. Pero sobre todo, estaba convencida de que el feminismo era el único camino para liberar al mundo y que sus formas de lucha tenían que ser distintas a las establecidas por los hombres. Mientras atisbaba la luz al final de aquel túnel, en aquella cueva mágica de María Moco, supo con total seguridad cuál era el remedio a todo aquello que le había contado el espectro: era tiempo de reivindicar el DERECHO A LA ALEGRÍA.

 

DEP Laura Luelmo, estoy segura de que también hubieras disfrutado infinito el COÑUMOR

NI UNA MENOS

 

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M melendez
Fotografía: Jesús Massó

Que el año se va a ir dejándonos un mal sabor de boca es una verdad, pero no podemos estar más contentas. Porque si VOX consiguió doce escaños, Mercurio cambió de escorpio a sagitario y se queda todo el año, o sea, dinero. Porque si el 8M del 2017 fue mucho, el de 2018 fue más.

Que ha sido un año plagado de feminicidios es una realidad, pero que estamos mordiéndole el cuello al patriarcado también lo es. 

Porque si Bertín está en tu casa o tú vas a la suya es un horror, pero si al final quitan canal sur al menos nos libramos de Juan y Medio. Porque si ahora nos “piropean” obscenamente por la calle ya sabemos que es acoso, y contestamos, no nos callamos. Ni nos cansamos. Porque si los niños andaluces llevan dos años de retraso educativo con respecto a los de Castilla y León no lo vemos malamente, así no estudiarán ingenierías aeroespaciales ni cosas de esas, y no se irán a Alemania, ni a Reino Unido, y habrá por fin generaciones de jóvenes y adultos en Andalucía. Porque si el sueldo mínimo interprofesional no se puede subir ya que afecta a la clase media trabajadora, al menos estas navidades cenaremos chacinita mediocre de papelón bien bonita con huevo hilado y estará tu nieto que viene de Frankfort a pasar la Navidad, o tu hermana de Dublín que por fin tiene vacaciones. Porque si las reinas tuvieron gresca y aun no sabemos si cenarán juntas o el príncipe Felipe, perdón el Rey, se tendrá que ir después del mensaje oficial para su templo como el nazareno por jaboneria. Y que lo del Rey siempre me pasa, pero es que para mi Rey no hay más que uno. Porque si tenemos que soportar que cinco violadores en manada cenen en sus cinco casas en Nochebuena, con sus cinco familias, mientras nos comemos nuestro pavito -los de la clase media trabajadora, y los que no, nuestra chacina mediocre y langostinos congelados del Día- y se nos atraganta de pensarlo, al menos esa bola de rabia navideña no nos va a dejar olvidarnos de que el día 26 la Audiencia Provincial de Navarra quiere meter a estos cinco en el talego, por cuarta o quinta vez ya. Así que vamos a intentar que nuestros mejores deseos para esta Navidad sean que se cumpla la justicia. Porque si solo se impone una mísera condena de 9 años -sí, después de que alguno robara unas gafas y atropellara a un guardia de seguridad en el Corte Inglés, sí , y después de que otro intentar renovarse el pasaporte, sí.- al menos sabemos que es porque esta es nuestra España y porque este será nuestro año. 

Por eso no podemos estar más contentas, porque si no estuviéramos contentas y contentos, no sé cómo coño íbamos a aguantar todo esto, y más. Porque si el ser humano, andaluz y gaditano, no supiera darle la vuelta y ganarle a la mierda no podría levantarse por las mañanas. Y es que los niños andaluces llevarán dos años de retraso educativo pero en esto del aguante llevan más de dos años de ventaja a los de Castilla y León. Y al final, en la vida, es mejor llevar ventaja en eso. 

El 2019 no sé cómo vendrá, seguro que cargadito de juguetes también, pero no os olvidéis de sonreír, de poner música cuando os despertéis, de cogerse una borrachera de vez en cuando, de perder el tiempo viendo memes, de contrastar la información, de hacer uso del humor, de bañarse en la playa cuando llegue el veranito, de votar, de no hacer nada y por supuesto de hacer todo lo que os gusta. En serio, porque es la única forma de soportar otro año de mierda. Y por si no nos leemos más:

¡Feliz solsticio! ¡Feliz sol invito!  Y ¡Feliz año nuevo de mierda! 

 

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Ruiz
Portada Libro

Lectura sobre DOCE PÁJAROS EN EL ALAMBRE de Miguel Ángel García Argüez (Viento Verde, 2018)

El carnaval es una fiesta del lenguaje, las agrupaciones son la voz del pueblo y cantan sus repertorios basándose en el uso lingüístico en las letras; plantea el profesor Payán Sotomayor en el prólogo del libro “Al son de la caja” (Quiñones Madera, 2003). Años antes Ramón Solís, en su mítico “Coros y Chirigotas” (1966), ya otorgaba valor a la combinación de letra y música: “las letras del Carnaval gaditano están rimadas con gran arbitrariedad. No se escriben para ser cantadas, sino que nacen a impulso de la música y luego se transcriben. Cuando es necesario, porque la idea no cabe en un verso, se fuerza el ritmo o se come el poeta alguna sílaba. A veces se cambia el final de la palabra para que rime”.

No se entiende pues, el Carnaval de Cádiz sin las letras, sin la literatura, sin la poesía, pero tampoco sin el oportunismo, el “concursismo”, los efectos especiales, algo que lleva asociado, sin más remedio, las pruebas, el ensayo-error, los descartes, los aciertos y los errores a la hora de realizar un repertorio de una agrupación con aspiraciones. Y ahí es donde “12 pájaros en el alambre”, la obra analizada en esta sencilla reseña, adquiere su enorme valor. Su autor, el filólogo, escritor y autor de carnaval, Miguel Ángel García Argüez, realiza un profundo ejercicio de autoanálisis, mostrando los auténticos entresijos de su manera de hacer carnaval, algo que le lleva a reconocer que, en ocasiones, siente verdadero pudor al desnudar su proceso creativo ante un lector desconocido.

Doce coplas de sus tres últimas alabadas comparsas (Los Doce, Los Equilibristas y Los Prisioneros) se personifican en personajes de alguna novela de Steinbeck y se rebelan contra su triste destino, el de ser olvidadas en la frialdad de un disco duro de ordenador. Por ello piden al autor que las saque a la luz y exponga los motivos por los que nadie, salvo él mismo y su grupo, sabía de ellas. Y así es como nace este libro, de la necesidad de mostrar esas letras que no sobrevivieron a la vorágine del concurso, bien por exigencias de los objetivos marcados, bien por ser coplas más íntimas y personales.

Afirma Argüez que “la letra en la copla de comparsa es un tipo de poesía a medio camino entre lo culto y lo popular, entre lo tradicional y lo innovador, entre la creación individual y la colectiva. Y literariamente participa de ambas formas de entender el lenguaje y la poesía”. Así, nos encontramos ante un libro de poesía, pero como señala el propio Argüez, el valor literario de estas páginas lo encontramos en lo novedoso de publicar aquellos versos descartados por los autores, algo que para el aficionado al carnaval nos supone un regalo, un bonus track que ya no esperábamos encontrar en los repertorios de nuestras reverenciadas agrupaciones.

No estamos ante un libreto de carnaval, aunque contenga pasodobles y cuartetas de popurrí, estamos ante un auténtico manual sobre cómo hacer una comparsa. En él se habla de cómo surge la idea del tipo, si prevalece la música o la letra a la hora de crear el repertorio, cómo se trabaja en los ensayos, la relación entre autor y componentes e, incluso, las desavenencias que a veces se pueden crear en una agrupación durante el desarrollo del concurso. Como antes se ha comentado, todo ello narrado sin trampa ni cartón, a pecho descubierto, sin dejar nada en la recámara, algo que hay que agradecer al autor.

El libro distingue entre letras inéditas y letras descartadas, mostrando varias en cada categoría. Con respecto a aquellas letras que no llegaron a ser ensayadas o, incluso, que a pesar de ser ensayadas no llegaron a formar parte del repertorio (letras inéditas), Argüez nos desgrana el pasodoble “Pájaros en Carne Viva”, que fue concebido para ser cantado en la misma final del COAC con los prisioneros; el pasodoble titulado “Fábula del pájaro y el cazador”, un auténtico canto a la libertad; el magnífico pasodoble “Espejo y Verdín”, precioso piropo a Cádiz; el piropo a la “Mujer mojarrita” de Los Doce; el pasodoble dedicado a la calle donde vive el autor “Calle Argantonio”; y el reflexivo pasodoble “Los pozos de la memoria”, sobre la efímera caducidad de la fama y la gloria de los copleros.

Con respecto al grupo de letras que fueron descartados, bien por el autor, bien por los componentes, por no tener hueco en un repertorio creado por y para un concurso devorador de coplas, se exponen la cuarteta “Oración de los pájaros” en la que el pájaro prisionero curiosamente reza a su Dios plantenado sus inquietudes sobre la vida; otra cuarteta titulada “El gato Mariano y yo”, ante la negación profunda del grupo de realizar una pequeña coreografía en una supuesta persecución de un gato; el pasodoble “Andando sobre el abismo”, en el que se presentaba al personaje del equilibrista; el pasodoble “La bandera del invierno”, en el que se apoya Argüez para explicar que a veces los grupos no tienen la misma percepción de la letra que tiene el autor y a veces se puede producir alguna pequeña fricción que se suele solventar sin problemas; otra cuarteta, “Tú y yo desde el filo del aire” que suponía un final alternativo al popurrí de Los equilibristas; y por último, el pasodoble “Nueva era”, dura letra contra la indiferencia que existe hacía las personas en una era denominada de la conexión y el conocimiento.

En definitiva, doce magníficas letras que encajarían, sin duda en el repertorio de la mayoría de las comparsas que participan en el concurso y que, gracias a este libro, tenemos la oportunidad, no solo de descubrir y disfrutar, sino de conocer su historia desde su creación hasta su desenlace. Un libro, sin duda, que haría las delicias de aquellos Guardacoplas de Paquito Villegas y Tito Iglesias.

Decía Don Bartolomé Llompart que “cultura y de la buena es ir desglosando en cada hecho la consecuencia de su evento y el haber llevado a escribir una segunda historia, una historia paralela a la grande y trascendente en la que se dice no sólo lo que se ha hecho, sino lo que se ha debido hacer, que esa y no otra es la colección de las letras carnavalescas, cuyos autores pueden vanagloriarse de haber escrito según sean “poetas” o artistas una historia con letra y música”. Argüez, sin duda, está entre esos grandes poetas que reescriben la Historia en letras de Carnaval, y este libro nos deja una buena muestra de ello.

12 PÁJAROS EN EL ALAMBRE

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

Si en algún momento alguien se preguntara por las coordenadas de este libro de poemas podría encontrarlas en las primeras páginas, descritas en el Pliego de principios, sobre el poema:

Acaso el poema no sea más que un inventario: una suma de invenciones con el alma sucia de verdades.

Como unas tablas de la ley, con dos únicos mandamientos relativos uno al poema y el otro al relato, este libro desata un campo de fuerza sacudido por la fabulación, el descreimiento de la verdad, la invención y la duda. La verdad se revela  como un cúmulo de ficciones con una base en la experiencia de lo vivido, en la experiencia lectora, en lo añorado y en el deseo puesto en pie y sublimado.

El título de Inventario juega con el doble sentido de relación organizada de elementos y también con la derivada de “invento” como “lo encontrado” e “inventar”, de la misma raíz. De forma paralela, desde el principio se establece un doble juego entre fabulación, como invención y también como acto de habla.

El subtítulo (Fabulaciones, ficciones y otras verdades)  divide el libro en tres partes. La primera parte, Fabulaciones, nos presenta un mundo propio de historias y de cómo la voz recorre un camino paralelo a la experiencia. Suena el eco de algunas narraciones de Borges  (Antes de memoria, El rapto en la isla de Djerba), y se alternan verso y prosa, líricos en cualquiera de sus formas. En la segunda parte, Ficciones, aparece más o menos explícita una teoría poética. Se trata de cómo destilar la experiencia vital a través del lenguaje y cómo se articula la experiencia en el poema. Por último en Otras verdades, la tercera y última parte,  se despliega la emoción, lo carnal, la intimidad.

En esta última parte, más allá de las coordenadas de partida referidas anteriormente, el erotismo forma parte principal de una buena parte de los poemas. La autora realiza un viaje que parte desde la interpelación al amado hasta la añoranza del éxtasis, pasando por la recreación del espacio absoluto de la intimidad, representada por el simbolismo recurrente de las tórtolas y la invocación a los pechos encarnando la pasión y lo carnal. La carnalidad trasciende desde el principio del poemario como una llave que nos permite viajar desde las mentiras fabuladas hasta ese lugar donde ocurren las experiencias íntimas y, por tanto necesariamente verdaderas. A lo largo de Inventario nos encontramos escrito entre paréntesis, una reflexión, una llamada breve que también parece tener esa función de hablar sólo para uno mismo en medio de todos los demás. Ese paréntesis que comienza a veces de un simple aparte para una conversación entre dos también crea un espacio profundo de intimidad.

(¿Vendrías tú conmigo/  a olvidar estas verdades? Dime, /vendrás?)  [In vino veritas]

(Esta memoria no está sellada al beso que te brindo/ y que te inventa) [El regreso]

En cuanto a la poética  de la segunda parte, Ficciones, la autora propone las condiciones precisas para desplegar la lengua y la experiencia en poema, una línea de salida en la que todo lo que arrastra al poema es invento donde las palabras se enfrenten al poeta para que éste fije  una nueva realidad. Al sacarlo a la luz, se percibe un propósito de superación al compartir una razón poética como condición de posibilidad que sirva a un tiempo como arranque y como meta. Vemos una muestra en los siguientes versos.

Ahora invéntame. Hazme ristra de ficciones y teje con ellas

 una alfombra…/ Será fácil, ya verás, dame un nombre

y  escríbeme  [Alumbramiento].

Pero yo quiero mancha, corriente oscura, enajenado  barro

que cubra y cristalice cualquier atisbo de belleza  [In vino veritas].

Al hilo de esta razón poética, la duda cobra el valor de la única certeza. La duda es lo único que nos puede impulsar a buscar y a avanzar, a  llegar donde nadie pisó antes. La duda aparece a lo largo de todo este libro como una generatriz de búsquedas y pone en marcha un proceso fértil que ensancha el mundo propio. Lo fértil, y por tanto lo creativo, es la duda. Sin ella, ¿quién indagaría, quién escribiría? todo permanecería como en el momento anterior al desmoronamiento de las primeras certezas, quizá en los principios de la humanidad, o siendo más generosos, del racionalismo cartesiano. Por tanto, la duda aparece como una cadencia germinadora de todo este libro de Rosario Pérez Cabaña.

Este ámbito de intimidad, de exploración, de erotismo, de fabulación, de dudas, nos podría hacer pensar que se trata de un libro para leer en silencio y aparte del mundo. Al contrario, la autora nos trae sus poemas desde la voz y hacia la voz, para ser leídos en alto. El cuidado no pretende un esquema métrico determinado, sino la cadencia a partir del acento. El ritmo seguido es endecasilábico, que sigue los acentos naturales de los versos de cinco, siete, nueve y once sílabas. Por eso la belleza de este ritmo, sólo se puede apreciar plenamente con la lectura en alta voz, a la que quedan invitados desde la primera página.

Inventario parte de la distorsión de la realidad y de la pretensión de fabulación de sus dos libros anteriores, “Mi padre nació en Praga” y “Quirón y los otros hombres”. En los dos libros se realizaba un despliegue de una experiencia autobiográfica alterada a voluntad, con una licencia, la de utilizar voces interpuestas que permitían fijar veladamente la experiencia biográfica. Así, el pintor Oskar Kokoschka y los narradores Onetti, Carver y Bernhardt de los dos libros anteriores pasan en Inventario el testigo a la autora, que esta vez se expone sin veladuras, explícitamente con su propia voz y con su agitación creativa y fabuladora entre la invención y la verdad.

Finalmente, como llamada a la lectura, queda aquí un jirón de su visión de El vuelo de los otros hombres.

Me gusta así, desde el revés del verso/ sentarme a ver/  los ojos, las esperas, los caminos/las dudas, los encuentros, las mudanzas/ la turbia sed, el ansia, los destinos,/ la trashumancia Dios, la trashumancia.

Inventario. Rosario Pérez Cabaña. Ediciones de la Isla de Siltolá.  Sevilla, 2018.

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Torres
Portada libro

Áticos y Viento. José Rasero Balón. Ediciones Mayi. 2015. 239 p. ISBN: 978-84-940430-8-6. PVP: 17 euros

Es cierto que Áticos y viento, la última novela publicada del gaditano José Rasero Balón, cumple sobradamente con los rigores del género negro, tal como se reinventó tras la gran crisis económica del primer tercio del siglo XX. Es decir, un afilado estilete para hacer crónica social de supervivientes, casi un manual de bien entendida autodefensa. Con esos mismos mimbres el autor podía haberse alzado un manifiesto maniqueo, juguetear con la literatura puramente evasiva, abrir la espita y tirar por la calle de en medio o, como es el caso, darle un voto justito de confianza al rescate del muestrario de personajes molidos que presenta. Tiene Rasero, además, el enorme acierto de incorporar sin complejos la moral de resistencia y el humor de los antihéroes de la literatura picaresca, nuestro mejor género negro en el estricto sentido de sálvese quien pueda.

La novela no sólo sucede en Cádiz, sino que la ciudad adquiere un protagonismo que para nada es gratuito. La acción arranca en el entrecielo gaditano de azoteas y tendederos, que muestra el paisaje más parecido a un campo abierto en una ciudad que necesitó acorazarse. Y en ese paisaje reincide cuando la acción se vuelve reflexión y urge ventilarse. Las antiguas torres miradores desde las que se atisbaba la riqueza que llegaba de ultramar, o los viejos lavaderos donde se criaban palomas y conejos para alimentarse, se han reconvertido en lugares donde vivir. En una engañosa apariencia de intimidad, ahora que la fortuna no tiene fecha de llegada y la supervivencia es ya otro nombre de la rebeldía. Cierto que en la novela también hay guiños a los escenarios oscuros y laberínticos de la novela negra más conocida, la norteamericana, como ese espléndido descenso a los infiernos buscando el bar Oratorio o los encuentros bajo el humo denso del Cambalache. Cierto también que algo trae de la fría sordidez violenta de la novela negra escandinava cuando, en ese peregrinar por la ciudad, llega a los pulcros chalets cristalinos de Bahía Blanca. Pero, incluso en esos parajes mundanos, la ciudad nunca deja de tener su retranca, ese aire peculiar de estar aún a medio hacer, quizás también a medio desguazar.

Es bien revelador que el robo que desencadena la trama de esta novela sea una sustracción tan importante para quien lo padece, más por su valor emocional que por el buen precio que el objeto tiene en el mercado. No le roban sólo un saxo soprano sino la historia de ese saxo, lo que su búsqueda le supuso, lo que incluye de reafirmación propia, lo que le procuraba de simbólica dignidad personal. A partir de aquí buscarlo se convierte en rastrear en su propia desorientación, en su particular y, a la vez, reivindicativa ruina personal. Pero, como buena novela social, no puede entenderse una degradación individual si no se amplia la mirada a los estragos colectivos. Rasero quiere que el protagonismo de esa búsqueda, que lo será sin contención posible, se comparta. La novela se ensancha así poblándose de semejantes. A veces tan iguales que pasarían por dobles. Plantea el que creo es el gran asunto de esta novela que, como ya en sus primeros párrafos se descubre, trata sobre la identidad. Si la suplantación de alguien suele presentarse como un peligro para identificarlo como un ser singular, Rasero consigue con brillantez lo contrario, convertirla en una estupenda oportunidad para que quienes están en esas pesquisas, que a ratos es trepidante acción y a ratos introspección necesaria, hallen resquicios y quizás se entiendan a sí mismos.

Coetánea a esta búsqueda sucede otra donde otros semejantes forman grupo común para destapar el robo colectivo de la última crisis. Es la creciente agitación de una protesta popular que a la vez se extiende por la misma ciudad, en una reclamación reparadora. Nadie de quienes protagonizan esta novela, al cabo la resolución de un robo dentro de otro robo absoluto, lo tiene fácil porque el poder de los ladrones de expectativas es omnívoro, depredador.

Áticos y viento, derrochando la amenidad y el ingenio que se espera del género negro, cruzará tanto ese enmarañado plano de la ciudad como el no menos revuelto pasado personal y social que los empuja. Paisajes azotados por el viento. Ese belicoso levante metafórico que trastorna conciencias, irrita el genio y agota hasta medir los límites pero que, también protagonista importante de esta novela, seca, purifica y fertiliza los escombros.

ÁTICOS Y VIENTOS

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Perondi
Imagen: Pedripol

Como en la novela de Margaret Atwood, España va camino de convertirse en una especie de Gilead, y no me estoy refiriendo sólo a esta horrible distopía presente en la que vivimos y donde las mujeres somos violadas -ahora encima en grupo- vejadas, cuestionadas, asesinadas  y discriminadas desde un sistema heteropatriarcal hecho para que, por mucha modernidad en la que vivamos, nuestro presente y nuestro futuro sea estar por debajo y ser sujetos inferiores en derechos. Por desgracia, ese presente da para muchos más artículos de opinión pero, en esta ocasión, he querido detenerme en otro aspecto, que debemos abordar cuanto antes como sociedad.

¿Dónde están las niñas y los niños? España ha registrado este pasado año 2017, la tasa de natalidad más baja desde hace 40 años, 8,4 nacimientos por cada mil habitantes, pero los sucesivos gobiernos de este país, siguen sin poner esta cuestión en el centro del debate a pesar de que nuestra pirámide de población se vaya a caer por falta de una base sólida. Recuerdo en el colegio, cómo teníamos que estudiar el envejecimiento de la población y, lejos de mejorar, la cuestión se ha complicado aún más. Y cómo no hacerlo: la crisis económica ha frustrado los proyectos vitales de miles de ciudadanos y ciudadanas para las que la maternidad se ha convertido en un lujo fuera de su alcance. ¿Qué mujer se atrevía a quedarse embarazada si estaba en paro? ¿Cuál lo hacía si acababa de encontrar un trabajo? ¿Cómo intentarlo si la mala racha en tu empresa no terminaba de pasar y ya nunca ibais a recuperar el número de empleados que una vez tuvo? ¿Cómo ascender a  puestos de dirección con responsabilidades familiares?

Y en todas estas preguntas, hablo en femenino singular, porque aunque debería ser una decisión compartida, es a la mujer a la que se imputa este deber y a la que se plantean todos estos dilemas. Por eso, estoy segura de que esta cuestión fundamental no está en el centro del debate político porque afecta, en primer lugar, a las mujeres,  y en último, también. Porque en lugar de establecer políticas reales de conciliación, los cuidados siguen siendo de las mujeres, y la maternidad castigada desde el mundo del trabajo, con horarios que hacen imposible la crianza de los hijos si no es en manos de terceros; porque en lugar de premiarla, tenemos una clase empresarial tan miope que descarta a mujeres porque “dan más problemas” y “hay que buscarle sustituto o sustituta” durante su baja de maternidad. Y sigo hablando en femenino singular porque me consta que, aunque haya cientos de parejas en las que la maternidad-paternidad se afronta de manera conjunta, el sistema sigue haciendo recaer en las mujeres toda la obligación. Y cuando la mayoría encuentra un mínimo de estabilidad y se decide a dar el paso, llegan los problemas de fertilidad y se abre un mundo de tratamientos que ponen a prueba el cuerpo y la salud mental de las mujeres. Pero eso da también para otro artículo.

Por eso es tan importante que el Congreso haya votado por unanimidad la propuesta de Unidos Podemos sobre los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles. Yo diría que más importante, porque afronta esta cuestión desde la corresponsabilidad y porque garantiza el derecho de los hijos a poder pasar sus primeros meses de vida con sus progenitores. Esta medida, a la que espera una larga tramitación parlamentaria en todo caso, supondría no sólo dejar de convertir la maternidad en un obstáculo para las mujeres, en la consolidación de un derecho para los padres, en un beneficio para los hijos y las hijas, sino un paso adelante como sociedad que espero que tenga consecuencias en nuestro mercado laboral y en nuestra mentalidad para conseguir una educación en la igualdad, que se inicie con una crianza de igual a igual. Un paso que debe contemplar, puesto que si no, no sería un avance real, a familias no tradicionales, a familias no heterosexuales y, por supuesto, a familias monoparentales.

Nosotras no queremos ser heroínas, supermujeres, ni ser tachadas de malas madres, no queremos postergar la maternidad por miedo al rechazo laboral…este país, además no se lo puede permitir. Queremos que nuestros hijos mamen la igualdad desde que nacen, que los hombres –en especial- tengan el derecho pero también, el deber de criar y conciliar porque creo que cuando se pongan en ese lugar, entenderán la discriminación que sufrimos las mujeres. Cuando esto se ponga en el centro del debate, no sólo podremos revertir un problema demográfico sino sobre todo de derechos.