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Xiomara

Fotografía: Jesús Massó

El aseo matutino de la Siesa es todo un ritual de iniciación recogido dentro de los protocolos inevitables en la vida diaria siesil. Va más allá de un lavado de dientes y cara, de un estiramiento de pelo para moño perfecto, o de un checo checo (onomatopeya de agua salpicando) en las axilas.

Y es que la Siesa es lo suficientemente  pulcra como para considerarse una mujer de bien, y las mujeres de bien se lavan escrupulosamente sus partes intimas todas las mañanas. Así se lo decía su madre y así lo aprendió la Siesa.

Esta consideración de mujer de bien no es una cuestión moral, aunque todo lo higiénico de las mujeres de bien de la época de la madre de la Siesa tuviese un tufillo más bien clasista. Entendiendo tufillo como olor de toto escamondado  de la alta sociedad de mujeres blancas, usado solo para procrear y altamente impuro durante la menstruación.

Pero para la Siesa, lavarse el toto, era algo rutinario de cuidado personal aprendido durante la crianza, y que decía más de su estado anímico que de su tendencia ideológica. ¿Qué había pasado mala noche? Pues se sentaba en el bidet, ponía el agua templadita y usaba jabón de lavanda. Luego se tomaba un café bien cargado, un paracetamol, se echaba unas gotitas de suero fisiológico en sendos lagrimales y fosas nasales, aspiraba fuerte, limpiaba bien de mocos su nariz y…All That Jazz.

Sobre esta rutina de aseo podemos encontrar una información más detallada en “De la Siesa mona a la Siesa contemporánea: Factores constitutivos de la vida cotidiana siesil” (Marvin Farris, Editorial Aburgos, 2016).

El tema del cuidado personal en la Siesa es bastante básico y poco tiene que ver con modas o rituales de apareamiento. De ahí que el maquillaje o la maquinilla de afeitar jamás hayan tocado su piel. Y aunque demuestra cierto pudor a la hora de dejar ver parte de su anatomía de frondosa naturaleza salvaje, o escondiendo su bigotillo labiero de miradas educadas por vogues, telvas y elles, la Siesa siempre ha sido de la opinión de que donde hay pelo hay alegría. Aún así, en sus paseos cotidianos, lugares como la playa tienen un horario fijo:  la mañan. El momento ideal para tomar un baño mostrando una anatomía bien poblada de alegría sin que la gente le diga cosas y las niñas le tiren cacahuetes.

Sin ir más lejos, el pasado 9 de marzo amaneció un día caluroso. La primavera había irrumpido de pronto, atropellando armarios llenos de camisetas interiores y forros polares. Nuestra Siesa decidió ir a bañarse en alguna de las calitas del Puente Canal aprovechando el buen tiempo, mientras alguna amable jubilada le echaba un vistazo a sus cosas. Cuando llegó al lugar elegido respiró hondo el olor a algas y estiró sus brazos. En ese momento aparecieron un par de muchachos con sus perros que, posiblemente, habían tenido la misma idea que la Siesa. Ella no se percató de su presencia y se quitó la ropa para quedarse en bañador.

Mira, no veas que de pelo tiene esa.- comentó uno de los hombres con una voz lo suficientemente alta como para que se enterase.

-¡A ver si nos depilamos para venir a la playa, señora!.- le gritó el otro.

Las frases dichas por aquellos hombres se quedaron flotando por el aire caletero. Nuestra Siesa clavó una mirada de malaje suprema en el horizonte y mientras seguía estirando gritó:

-¡Depilate tú los cojones.!-

Que borde eres, te lo dicen para que estés más guapa.- replicó un tercero que apareció por las piedras con su caña de pescar.

Así no vas a gustarle a ninguno.- dijo el primero.

Aunque se depilara entera no dejaría de parecer una mona.- comentó el segundo.

-¡Yo no he nacido para gustarte a ti, imbécil.!- volvió a gritar la Siesa mientras estiraba.

Entonces todo ocurrió muy deprisa. Las gaviotas se posicionaron en fila en lo alto de la caseta del mareógrafo, expectantes, con esa cara que tienen de ser malignas a la espera de la oportunidad de algún despojo. Los cangrejos moros, los camarones y los sargos se escondieron más todavía. Las holoturias se secaron espontáneamente, e incluso el oleaje pareció pararse de pronto, como si la marea acompañara la tensión creciente que invadía una Caleta donde aún sonaba el eco de una palabra dicha varias veces: feminazi.

Feminazi, dijo uno. Feminazi, repitieron los otros dos.  Feminazi pareció que ladraban sus perros, e incluso la carná que llevaba en la cesta el pescador.

Entonces, como ya he dicho, todo ocurrió muy deprisa. La arena blanca que rodeaba los pies de nuestra Siesa comenzó a vibrar, y ella comenzó a crecer, y a crecer. Le salió un rabo, colmillos afilados y un pelaje gris oscuro cubrió su cuerpo. A cada feminazi pronunciado por aquellos hombres cuyos ojos no podían creer lo que estaban viendo, la Siesa crecía más y más. Menos mal que el bañador era de los que daban mucho de sí, porque se puso hasta musculosa. Se volvió tan grande que les tapaba el sol y ellos no sabían donde meterse.

Cuando uno de los muchachos estaba a punto de llamar a su madre para pedirle ayuda, la Siesa los cogió por la patilla y, uno a uno, los lanzó al aire, abrió la boca y GLUP, se los tragó. Luego los regurgitó en la orilla, en una especie de bautizo de lapo. Y ellos salieron limpitos por fuera y por dentro, con las ideas en su sitio y un brazalete morado.

Por lo que se ve la regurgitación había sido como una especie de viaje místico iniciático, igual que los que hacía el Mr John de Carlos Castaña. Una mezcla de peyote y ayahuasca componían una saliva nutritiva, en el interior de un utero boca.

Después de esto la Siesa se bañó en el mar caletero disfrutando como nunca mientras los hombres le echaban una miradita a sus cosas, sentados en el poyete, discutiendo sobre la importancia de las nuevas masculinidades, del compartir cuidados, del concepto de género y poder.

Y se puede decir sin pudor que estos nuevos hombres igualitarios nacieron aquella mañana de marzo del interior de un tremendo salivazo.

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