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Fotografia xio

Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie, odia profundamente el carnaval en toda su complejidad. Empezando por la masificación ciudadana que invade las calles, no sólo con su presencia física que convierte en prácticamente inaccesible determinadas plazas, sino también por las oleadas apestosas de pises y otros fluidos que forman auténticos ríos con fauna y flora. Flora y fauna que, además, ni siquiera son autóctonas. Pero lo que le provocaba mayor rechazo era lo más característico del carnaval gaditano: las cancioncitas. Esas cancioncillas con sus guitarritas, sus bombos y pitos de caña. Esas letras supuestamente reivindicativas, en sus formatos legal e ilegal, llenas de almejas, pichas, carajos y vecinas Carmeluchis. Esos grupos de gente cantando y luego vendiendo libretos hechos a mano, grapados con los folios mal doblados, sin pagar derechos de autor por copiar músicas ni nada de nada.

                –Venga hombre– se decía a sí misma.

A la Siesa no le disgustaban los disfraces. Ella misma recuerda algún episodio con la policía cuando, en su juventud, salió disfrazada de chico durante las fiestas típicas. El bigote pintado le costó una multa; disfrazarse de hombre era un pecado mortal entonces. Y todas sabemos de la importancia de los pecados y su capacidad legislativa durante esa época de la historia de España.

Sin embargo, las cancioncitas, los pitos de caña, los blam blam, todos aquellos instrumentos del mal que nuestra Siesa señalaba directamente como el origen de los ictus y las depresiones endógenas, le provocaban un disgusto inaguantable.

Por esa razón, durante el carnaval, convertía su casa en un bunker con el fin de aislarse por completo de sonidos, olores y papelillos, mientras soñaba con ahorrar lo suficiente para permitirse el lujo de emigrar durante esas dos semanas, e irse a algún lugar lejano donde la gente no cantase con la mano en el pecho cada vez que vieran una puesta de sol en La Caleta, aunque fuera un poster. Compraba lo necesario en el super, se abastecía del butano y las bombillas suficientes, congelaba el pan para descongelarlo en el momento adecuado y cerraba a cal y canto las contraventanas.

Alguna vez pensó que, si le daba un infarto, nadie iba a poder ayudarla. Pero el infarto le daría igualmente como volviera a escuchar eso de Ya llegó el verano, ya llegó la fruta.

                –¿Por qué narices va a llegar el verano en marzo?– se preguntaba.

Pero sin duda, lo que más le molestaba en realidad era el hecho de no poder enterarse de nada de lo que ocurría en la intimidad de las casas vecinas. Demasiado estruendo constante en la ciudad. Porque en la semana santa era diferente. Porque la semana santa era para gente de bien. Así se lo había enseñado su madre persignándose mientras hacía las papas con chocos.

                –Eso sí que era comida y no las hamburguesas Uranga–.

La tarde noche del 24 de febrero, la Siesa regresaba a casa cargada hasta arriba con la compra. Había esperado a última hora para no toparse con un supermercado lleno hasta los topes de gente abasteciéndose de bebidas y porquerías varias con las que sentarse a ver la final del COAC. Ella no iba a ver la final. Ella había alquilado Tu a Boston y yo a California y, cuando fuera el momento adecuado, pensaba tomarse la Cruzcampo con un orfidal.

Llegó la hora de abrir la cancela. Rebuscó y buscó en su bolso y de pronto, como en una revelación, se le vino a la mente la imagen de su llavero con la tarjeta roja del DIA, reposando sobre la mesa del salón. Entonces se decidió a llamar a las vecinas y nada. Pulsó el telefonillo de todas esperando que le abrieran sin preguntar, pero en cuanto escuchaban la voz inconfundible de la Siesa colgaban. Le tenían tirria por una historia de excrementos de perro en los buzones de la comunidad.

Entonces, mientras pulsaba uno a uno los botones del telefonillo, la Siesa notó el suelo vibrar. Ella nunca había estado en Africa, pero imaginaba que la tierra temblaría de la misma manera ante una estampida de rinocerontes. Sin pensar soltó las bolsas y empezó a correr. Cuando llevaba más de media calle corriendo dio media vuelta, porque claro, se había gastado más de 50 euros en la compra y no era plan de dejarlo todo tirado en mitad de la acera.

Retomó la carrera pero ya era tarde. Estaba enredada en el ritmo frenético del 3×4 de la chirigota del Selu que estaba haciendo el pasacalles para llegar al concurso.

La marabunta chirigotera avanzaba incansable y la Siesa estaba en su salsa, como una más. En las inmediaciones del Falla por poco no se hace con el bombo, pero una sucesión de pancartas se interpusieron entre la agrupación y ella. La marea blanca, la marea verde, la marea café con leche y la Revolución de las mariposas, entraron en el teatro que cerró sus puertas traseras a cal y canto en la mismísima cara de nuestra Siesa.

Paró el tipo-tipo, paró la caja, y en el silencio solo se escuchaba el eco del punteao de una comparsa que se coló por la oreja de la Siesa, bajando por la columna vertebral y abriendo paso a un vacío muy grande.

                –Ole, ole y ole, y el que no diga ole que se le seque la hierbabuena– le susurró una voz al oído. Cuando la Siesa se giró a ver quien le hablaba, solo descubrió en el suelo una chilaba grande y un pelucón negro. Sin pensárselo dos veces se encajó el disfraz, se pintó dos coloretes con una barra de labios que le robó a una ninfa que estaba llorando y se bajó por Diego Arias en dirección a la Viña.

Después de aquello la Siesa nunca lo confesará, pero se tragó la semana entera de carnaval a pie de calle, bebiendo moscatel con los vasos del Carnaval ReVerde, cantando estribillos como si los hubiera escrito ella, rempujando para poder ir de un sitio a otro y enganchándose a congas espontáneas mientras cantaba eso de Que bonito está mi Cadi. Incluso hay quien dice que la vió haciéndose selfies con la chirigota de las niñas, o que se hizo con un cartelón e improvisó un romancero en la esquina de Rosario Cepeda. Quién sabe.

Sea lo que sea la Siesa no lo confesará jamás porque, como ya sabemos, toda buena Siesa que se precie odia profundamente el carnaval.

La buena Siesa y el carnaval
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