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La siesa
Fotografía: Jesús Massó

Toda buena siesa que se precie está completamente al margen de cualquier tendencia ideológica que precise movimiento social y reivindicación. Por esta razón, podemos verla clavando la vista en la lejanía, como si viera a alguien conocido, o rebuscando atentamente en el bolso con la mirada fija en el movimiento de sus propias manos al cruzarse casualmente con las chicas de Intermon, Médicos Sin Fronteras o Greenpeace. Sus requiebros de cadera al paso de huchas del Domund o de REMAR, la hacen digna de una experta bailarina de break dance. Por suerte para ella, al ser la ciudad tan pequeña y su oído tan fino, es capaz de oír y calcular exactamente la distancia media de cualquier manifestación que esté entrando por las Puertas de tierra, y trazar rápidamente un camino alternativo.

Ella reniega de las consignas, gritos y manifiestos que las últimas oleadas de mareas han traído en distintos colores a la ciudad. No es que esté en contra, no, es que le da coraje. El coraje en sí no tiene razón concreta, no hay motivo desencadenante, solo nace de pronto en el interior de la Siesa, provocando que la pequeña hernia de hiato se vuelva volcán de eructos sucesivos muy vergonzosos para la susodicha. Por eso cuando tiene un ataque de coraje corre hacia su casa a tomarse una menta poleo doble.

Ya lo decía Mariví Farris, en su famoso texto utópico Coraje de vivir (Ed. Metocaelco 1979): Este coraje no viene de la nada, es fruto de la extrema sensibilidad que caracteriza a toda Siesa. Esa que se afecta por el cambio de luna, por el soplar de un levante o poniente, o por el descuadre horario del solsticio. El coraje aquel da dolor de mandíbulas, encajadas en un gruñido asfixiado en la garganta, y esto no es bueno para la humanidad.

Por esta razón nuestra Siesa lleva guantes negros de organdí. Este complemento textil poco tiene que ver con el frío o la estética y mucho con una protección sensitiva ante todo aquello que suponga contacto físico. Más allá de la manía ante los gérmenes, que también existe, ella se protege ante informaciones indeseadas. No podemos olvidar su capacidad innata para captar con minucioso detalle cualquier secreto que se respira en el aire. Podríamos decir que nuestra Siesa tiene el don de un tacto mágico capaz de captar cualquier pormenor, cualquier historia oculta en el pasado o incluso percibir con una serie de imágenes el futuro desgraciado.

Algo así le pasaba a Cassandra una de las primeras Siesas de la historia, profeta mitológica que solo predecía desgracias.

En más de una ocasión la Siesa se vió envuelta en situaciones táctiles comprometidas. Tocar la mano del pescadero que le da la compra y visualizarle de espaldas, con el pantalón resbalando mostrando parte del culo mientras limpia unas acedias, ajeno por completo a las miradas divertidas de una tienda llena de clientes. Alguna vez visualizó accidentes en escaleras, en curvas peligrosas o aguas alborotadas, facturas de Eléctrica de Cádiz desorbitadas,  pero nadie la creyó nunca. La gente desconfiaba y pisaba mojones de perro bien nutridos a pesar de que minutos antes la Siesa-Cassandra les había avisado. – Po te jode-, pensaba ella para sus adentros, y le daba mucho coraje todo.

Aquella tarde se soltó el pespunte que cosía delicadamente los guantes de organdí y la Siesa comenzó a tirar del hilito antiestético de manera que el frágil tejido se fue deshilachando poco a poco mientras caminaba por la calle. Quiso dar la vuelta y correr a su casa a por los guantes de recambio, pero al doblar la esquina se topo de bruces con una manifestación feminista.

A La Siesa nunca le ha gustado el feminismo, porque ella es femenina e igualitaria y le dan coraje tanto hombres como mujeres a la vez. No entendía ese afán que tenían ahora las hembras de querer estar por encima de los machos. Ni lo de la intersexualidad, lo queer (¿qué?) Empoderarse decían, y ella pensaba que lo que querían era tener poder y manejar al sexo contrario. En el universo siesil el mundo no tenía matices; había buenos y malos, penes y totos, Barcelona y Madrid, papas y bistec, cada uno en su función, con sus características propias. Tocaba asumir el papel adjudicado. Ella nunca había sentido el machismo. Quizás en su juventud tuvo que pararle los pies a alguno, pero ese no fue machista, no es que estuviera criado en un régimen patriarcal, ese tenía un par de copas de más y era simplemente carajote. Así que tenía claro que ni machismo ni feminismo, igualdad.

Sin quererlo la manifestación la envolvía sin dejarla avanzar ni salir. Se vió obligada a seguir el ritmo marcado por vitores y consignas. Alguien le puso un megáfono entre las manos y ella, por inercia, canto aquello de Un cura, un fraile, los muertos del que no baile y toda la manifestación respondió brincando IIIIIIIiiiin IIIIIIIiiiin IIIIIIIIiiiiin y el megáfono desapareció instantáneamente de sus manos. Entonces sucedió.

El pespunte suelto dió paso a un dedo y luego a otro y a otro,la mano derecha quedó desnuda justo cuando se apoyó en la mujer de pelo rojo que desfilaba delante. Y la Siesa sintió el amargo sabor del semen en aquel claro solitario. Como si fuera un sueño perverso, se trasladó al pasado viéndose a sí misma de rodillas, mirando al tipo con cuchillo mientras esté se corría en su boca. Dejó de tocar a esa mujer y, horrorizada, se dió cuenta de que su mano estaba desnuda. La metió en el bolsillo y trató de abrirse camino con la otra. Pero el guante de organdí de aquella también se deshizo. –Tenía que haberlos comprado en Alvarez-, se dijo. (Véase obsolescencia programada de los guantes de organdi Documentos T). Y sintió la piel del brazo de una chica joven que gritaba La talla 38 me aprieta el chocho. De nuevo su mente viajo en el espacio-tiempo, y llegó a una casa llena de imágenes de santos que la miraban fijamente a los ojos, mientras se subía un pantalón que no sabía si había querido bajarse, sintiendo una culpa antigua llena a su vez de culpas antiguas encaramadas las unas sobre las otras por los siglos de los siglos. Casi se desmayó. Unas mujeres la sostuvieron por los brazos y ella las miró con los ojos desorbitados aunque en realidad no las veía, su mente estaba colapsada de puestos de trabajo que no se dieron, de hogares que se comían a mujeres que estaban obligadas a cuidar, y de voces que no hablaron porque no se creían lo suficientemente importantes como las de ellos. Y así, sin freno, se fueron desencadenando las sucesivas imágenes como una catarata del Niágara en plena tormenta.

A medida que nuestra Siesa iba tocando sin querer los cuerpos de aquellas que se situaban a su alrededor, se iban agolpando a un ritmo frenético, unas detrás de otras, las sensaciones, frases, escenas, con sus olores, sus colores y sus bandas sonoras originales.

Provocadora, quieres que te mire a los ojos pero te pones escote; te has quedado embarazada para pillarle; calladita estás más guapa; si no te hubieras acostado con él la primera noche no habría perdido el interés; amor, los niños no han comido, como no dejaste preparado nada; con hijos y te separas, estás loca; normal que te pegase, si es que eres insoportable; a un hombre no le gustan las mujeres sin tetas; se me echó encima porque no fui clara; una cosa es maltrato y otra una bofetada cuando hace falta; estás muy subidita; calientapollas; si te pongo a cuatro patas ya verás como se te bajan los humos; no puedes abortar: no puedes quedarte embarazada; un buen polvo te hace falta; lesbiana, eso es que no has probado una buena polla; ¿a dónde vais solitas las cinco?; que buenas sois, ¿quien os escribe?.

 Por fin consiguió salir de la manifestación, y en su último impulso se apoyó en una niña que la miró con ojos transparentes. En sus pupilas vió un aula llena de chicos y chicas trabajando codo con codo, jugando a cocinitas o a coches, vestidos como seres libres, al margen por completo de  estereotipos.

Adiós Siesa- dijo la niña mientras levantaba el puño para gritar la siguiente consigna: Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar.

 Al llegar a su casa casi sin aliento, la Siesa se despojó de la ropa como quien se quita insectos de lo alto. Luego entró en la ducha y se frotó y se frotó y se frotó. Quería limpiarse de las sensaciones ajenas. Al mirar hacia abajo en su acto de aseo compulsivo, descubrió que el agua iba adquiriendo un color peculiar. Y es que, por el desagüe de la ducha, formando un remolino hermoso al rededor de sus pies, se perdía un riachuelo de agua violeta. Fue en ese preciso instante cuando lo supo: definitivamente había roto en feminista.

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