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Siesa
Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie tiene el centro de operaciones en casa. En esa zona acogedora de butaca y salón, donde el culo se aposenta como un ser independiente, aparte del cuerpo siesil. Es allí donde ella capta las conversaciones, percibe los sonidos e incluso se impregna de fluidos y condensaciones ambientales. En ese lugar tiene visiones, habla con espíritus en el día de los muertos y durante la final del COAC y, sobre todo, se tira peos que son señores madrugadores con bigote. Esa butaca ha vivido mucho, tanto que casi podría escribir su propia historia, que quizás podría llamarse Perspectivas desde el lugar de atrás o Relatos de culo cómodo o La cámara de gas, un relato de supervivencia.

Pero en ocasiones, según las circunstancias, el centro de operaciones se amplía y se convierte en portátil. Y nuestra Siesa deambula por las calles rastreando el espacio en pos de alguna conversación interesante o algo que sugiera imágenes en su cerebro deductivo. Cualquier excusa es buena, el sonido de unas papas fritas que salpican y su grito posterior, las llaves sonando en una puerta donde el perro no puede evitar mearse por los nervios o el maravilloso jadeo del polvo siestero, sobre todo si es clandestino y liberal. Todo vale para alimentar la mente devoradora de datos ajenos que preside la cabeza de la Siesa.

En esas ocasiones en que el centro de operaciones se vuelve portátil, la Siesa también acude con un cojincito a los bares y se sienta en la penumbra de algún rincón escondido. Desde allí observa las distintas historias que van surgiendo ante sus ojos: desvelando las miradas, leyendo labios que acaban de dar un sorbo al café con espelta en el Distopía, o un trago a la cerveza que sirve con sonrisa Hassan en el Cambalache. En esos lugares ha vivido secretos, poemas con voz aguardentosa y más de una declaración de amor no correspondida.

Allí también ha soltado un buen mojón.

Porque sí, toda buena Siesa que se precie va dejando rastro allá por donde va. Es una manía, como tantas otras que rigen la cuadriculada vida de nuestro objeto de estudio. Podemos lanzar sin ningún riesgo de equivocación la premisa de que la Siesa es generosa y, como la mierda es un simbólico regalo,  caga con facilidad en todo lugar que visita. Dejó un regalo en Onda Cádiz cuando fue de visita con la cofradía; se cagó en el wc del Kichi, desafiando los controles policiales, aquella vez que acudió al pleno; caga siempre que va al Merodio y en Las Palomas, sobre todo después de hartarse de ensaladilla. Es cagona de mojón fácil y limpio. Mas de un naturista le dijo que la textura y consistencia de su caca predecían una vida longeva y ella se tomó a rajatabla prolongar su vida en todo wc que se le presentara.

Pero aquel sábado de Carnaval no pudo hacerlo. Barras por doquier custodiaban las puertas de su bares favoritos más cercanos, y en el largo peregrinar en pos de un wc disponible, se veía cada vez más rodeada de la fauna que domina el primer fin de semana del carnaval gaditano: homovenimus aemborracharnus, cuyo resultado ya os podéis imaginar. La Siesa caminó y caminó, recorrió calles y calles pegando codazos a diestro y siniestro, aguantando insultos que respondía con una veloz peineta mientras se escabullía entre los, cada vez más escasos, recovecos entre la gente. Pero era imposible, no podía avanzar y, lo que era peor, su generosidad luchaba por salir y era extremadamente insistente. La Siesa se vio poseída por una desazón interna, y un sudor frío recorrió su cuerpo de la misma manera que le ocurrió a Sigourney Weaver cuando sintió la respiración del Alien, solo que el Alien en esta ocasión era muy terrestre. Entonces se encomendó a todos los santos, lanzó al cielo una plegaria a Paco Alba, rezó a Quiñones, imploró a Mariana Cornejo e incluso cantó en susurros La Habanera de Carlos Cano. Y cuando ya estaba todo el pescado vendido y la Siesa preparada a inmolarse, vio salir a un hombre de un balcón. Se fijó detenidamente en aquellos ojos engafados. Era él. Pegó un silbido que puso alerta al hombre de su presencia y con tan solo una mirada se entendieron al instante.

Cuando llegues abro el portón y subes– leyó nuestra Siesa en sus labios y apartó de un manotazo a la pareja, empujó al que quería ligar con la chavala y pasó por debajo de los brazos del que se hacía una raya en el bidón de la basura. Y tal como articularon aquellos labios de aquel hombre engafado, nada más llegar al portón este se abrió y ella subió. Y no es difícil acertar qué ocurrió después. Lo que nunca adivinaríais es lo que pasó entre ellos más tarde, tras una copa de vino, remezclados en la intimidad de las sábanas durante toda la noche. Cuando llegó el alba, mientras Juan Carlos Monedero (La Buena Siesa y el sexo) dormía desnudo en la cama de aquel piso alquilado por Airbnb, la Siesa se vistió presurosa, recogió rápidamente su pelo es un estiradísimo moño y salió doblemente saciada, bloqueando una vez más cualquier emoción en su interior.

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