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La siesa

Fotografía: Jesús Massó

El siesismo tiene mucho de lunar, en cuanto que se corresponde con ciertos ciclos, con turnos preestablecidos de mareas que suben y bajan.  Hay quien habla de otro origen, en donde la poca tolerancia a la frustración, el conflicto con la propia persona generado en la infancia o los parásitos intestinales, suelen ser puntos de partida recurrentes en los distintos divanes terapeúticos. Pero el siesismo es mucho más complejo, viene de dentro y más adentro, de un núcleo que se genera de forma espontánea solo en unas pocas elegidas.

En un principio este núcleo se situó en el ombligo, puesto que es en este lugar donde el ser humano se une con las energías esenciales para el amor a uno mismo y la salud mental. Precisamente por esto último, las antropólogas desecharon la idea del ombligo como núcleo, y dirigieron sus miradas hacia el lugar del cuerpo situado en la parte opuesta: el culo. En la actualidad podemos situar el vórtice del siesismo sin temor, en pleno centro del culo. No en vano este siempre ha sido vulgarmente conocido como el sieso.

El ciclo lunar de la buena Siesa consta de cuatro fases bien diferenciadas en las que se alternan la megalomanía y la depresión-  la depresión de estar mala de los nervios-, que la buena Siesa atempera entregándose por completo a diversas aficiones artesanales: hacer pitos de caña con plastiquitos de pipas Churruca, tallar en pan de oro muñequitos vudú del vecindario, dejar encajados los botones de los telefonillos a altas horas de la madrugada en sus paseos nocturnos, etc… Y es que, a veces, no es que la Siesa sea siesa sino que, además, tiene un mal día. Los malos días existen en el complejo universo siesil y tienen mucho que ver con la fase lunar en la que se encuentre. Levantarse con el pié izquierdo y sentir los cables cruzados mientras las hormonas se precipitan frenéticamente hacia una sensibilidad extrema. En estas ocasiones los ovarios están expuestos al aire con lo que es fácil tocarlos provocando la irritación. Cuando esto ocurre la Siesa experimenta un empuje  de abajo hacía arriba similar al sistema de propulsión espacial -de hecho en Houston suena una alarma- y comienza un proceso de mutación que dura 0,2 segundos y que culmina con una voz gutural surgida de las profundidades del infierno. Es decir, del centro del sieso. Este proceso de mutación se conoce con el nombre científico de Hulkanización y se corresponde con la Luna llena.

Durante la Luna menguante, época de trasplante, la buena Siesa se dedica a mudar las sábanas, fundas, cortinas, y cambia los muebles de una habitación a otra o incluso dentro de la misma estancia, en una especie de juego de tetris casero. Con la peculiaridad de hacerlo en mitad de la noche. Es esta fase lunar la responsable de la animadversión vecinal hacia nuestra siesa. Si bien ella es extremadamente delicada en el arrastre de muebles de un lado a otro del salón, no puede evitar dejar caer, una a una sobre el suelo, las canicas de su enorme colección de canicas gordas.

Una vez finalizada esta fase, la buena Siesa comienza a experimentar una variedad de elasticidad física que poco tiene que ver con estiramientos gimnásticos. Al caminar vibra en una especie de ondulación permanente que va in crescendo hasta el punto de hacerla parecer más de una siesa a la vez.

La prestigiosa doctora de ascendencia africana Ms. Tomisecwelatayatimen Smith, directora del Good Siesing Study, cuenta una anécdota muy ilustrativa para entender esta etapa lunar:

– You have very handsome kids, ma’am.

– Oh no, there´s only one kid. He´s just very nervous.

Y es que la Dr. Smith sostenía que era el nerviosismo una de las principales características de la buena Siesa. Este tipo de tensión nunca se observa a simple vista excepto en la fase de la Luna nueva.

Finalmente, en la Luna creciente, la buena Siesa nota distensión física, mental y emocional. Es el mejor momento para abordarla por la calle con la hucha del Domund –ella es muy antigua- o para que se haga socia de alguna Ong. Hecho que no ocurrirá nunca, pero al menos no volarán escupitajos y maldiciones entre dientes, en un comportamiento más propio de la fase de Luna llena.

Sin ir más lejos, durante la Luna nueva del mes de diciembre, nuestra siesa se encontraba más nerviosa que de costumbre.

Un padrastro que no se curaba,

Un pelillo enconado en la barbilla que las pinzas no enganchaban,

Una factura de la luz desorbitada

y la cercanía de unas fiestas que siempre la apenaban.

Provocaban en la Siesa un desasosiego especial. Por los balcones empezaban a brotar papás noeles y reyes magos escaladores. Los escaparates se llenaban de trineos y estrellas de Belén dibujados con espuma blanca sobre los cristales, dejando entrever los expositores de productos y ofertas, antesala de rebajas. La alegría navideña enmascaraba un consumismo feroz, y todas lo sabían pero a nadie parecía importarle. Por suerte este año las luces se habían repartido de manera que ella podía esquivarlas fácilmente en los paseos cotidianos. Pero allí estaban las zambombás, los villancicos machacones que gritaban desde las puertas de los comercios, y esos disfraces de pastorcillas que llevaban las niñas, mientras pedían retahílas de regalos, señalando con el dedo en el catálogo de la Sisa Británica. En esos momentos a la Siesa solía picarle el culo.

Y fue precisamente el alumbrado extraordinario de navidad, ese que decían que no iba a ser tan ostentoso, el que golpeó de pleno aquel vórtice lunar que hacía ondular frenéticamente el cuerpo de nuestra Siesa. Las luces estridentes de un gigantesco árbol navideño se le metieron por el ojo al llegar, en un despiste, a la plaza de San Antonio. La Siesa se balanceó, notó el estómago vibrar, el pelo se le estiró aún más en el moño perfectamente estirado. La saliva se le retiró de la boca y notó cómo la camiseta interior se le recogía hacia arriba, igual que una persiana, dejando que el recién llegado aire frío de diciembre le helara los riñones.

Entonces, mientras sonaban los compases de Adestes fideles, de su boca salió una voz desconocida que cantaba Laeti triumphantes y POP, se desdobló en otra Siesa. Y POP, POP, como las palomitas de maíz surgieron dos Siesas más completamente iguales, y las cuatro se ocultaron de las luces como cucarachas, perdiéndose en las calles aledañas.

Mientras, arriba en el cielo, la última Luna nueva del año reinaba sin ser vista, única espectadora consciente de la multiplicación siesil.

Pero si hay algo que caracteriza a la buena Siesa -algo más, quiero decir- es un sentido eminentemente práctico de las circunstancias. Así que no perdió el tiempo en esos días: una Siesa se fue a la presentación de Culturas comunes por si daban algo de comer y para coger folletos; otra Siesa se apuntó al I Foro de Participación ciudadana para ser la voz disidente de todos los foros; la tercera asistió al Concierto Navideño de la Catedral a toser y sonarse mucho los mocos; y la cuarta y última, acudió a la presentación pública de Edusi con una camiseta que decía Fermín Salvochea KK.

Durante todas esas noches que duró la luna nueva de diciembre, en el salón de casa las siesas se disputaban la butaca preferente, tirándose pellizcos de monja por debajo del sobaco, dándose sardinetas con tres dedos y riendo a carcajadas fuertes. Risas de siesas, con la misma voz, igual tono. Por momentos sintieron la complicidad del bien común, la plenitud de la hermandad y, mientras se quedaban dormidas, retornaban todos esos sueños olvidados a sus mentes redondas de siesas niñas.

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