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Mujer caleta movil

Fotografía: Jesús Massó

Si algo caracteriza a la buena Siesa, entre otros muchos detalles, es el padecimiento de alguna dolencia rara. En la mayoría de las ocasiones esta dolencia es fingida, incluso exagerada, hasta el punto de vivirlo con tal convencimiento que la buena Siesa puede llegar a formar parte de colectivos afectados en los que sólo haya un miembro: ella misma. Incluso alguna vez se ha conseguido una “paguita” por incapacidad, todas sabemos de varios casos.

La intensidad de la dolencia expone a la buena Siesa a cierto grado de exclusión social que ella suele denunciar públicamente aunque en privado se sienta muy confortable con ese papel. No olvidemos que La Siesa suspende en habilidades sociales. Por todas es conocido el caso de la Siesa del Himalaya, reconvertida en ermitaña salvaje y confundida por muchos como la abominable Siesa de las nieves.

Como fiel representante del siesismo más añejo, a nuestra Siesa gaditana le afecta también una enfermedad rara: la siesta súbita. Un extraño síndrome de narcolepsia que hace que se duerma de pronto, en cualquier lugar o situación, dejándola incapacitada y paralizada durante un breve lapso de tiempo que puede alcanzar los 20 minutos; aunque lo ideal es que sean 15.

Cuentan las neutras lenguas que un día de levante de 2016, (cualquier día del verano de 2016, es difícil precisar), la Siesa fue a sacar dinero del cajero que hay en la Plaza del Palillero. Antes de salir, para no acabar muy despeinada, la Siesa se colocó una toquillita con sus dos buenas horquillas gordas cogiditas en las sienes – así le había enseñado su madre que tenían que ir las mujeres de bien-, se puso la bajera limpia y se tiró a la calle.

Eran las 11 de la mañana pero el trasiego crucerista era tal que resultaba casi imposible avanzar en línea recta. Cuando la Siesa desembocó por Novena ya eran las 12 y el sol da añadía al levante ese punto de maldad extra que la Siesa imaginaba en la infancia de tantos y tantas destructoras de la humanidad. Se paró allí,  entre la maceta esa grande que hay en medio para fastidiar y la antigua puerta de salida del cine. Se colocó la mano por visera cual Gades ensiesada para proteger su mirada de la luz y el viento y así echar una visual a la plaza planeando el recorrido más corto hacia el cajero de la esquina. En el mosaico humano que poblaba el Palillero había de todo. A la cabeza de varios grupos, guías preparados levantando paraguas reconducían a su manada por las distintas rutas de la ciudad. Turistas italianos se movían en familias, ataviados con ropajes mediterráneos de bastante más calidad que la autóctona. Los ciclistas hacían sonar sus timbres en un vano esfuerzo por abrirse paso en aquel Palillero reconvertido en zoco de medina árabe. Más de uno se llevó alguna frase reubicatoria “vete al carril bici con tus castas”, a lo que los ciclistas respondían con cara de holoturia un “dónde está eso”. Incluso los ancianos tenían su huequito, sentados en los bancos tomaban sus dosis diarias de vitamina D; algunos acompañados por sus cuidadores, la gran mayoría solos, pero todos refunfuñando entre dientes maldiciones al levante y a la muchedumbre extraña que ocupaba “su Cádiz”.

– Esto con Teófila no pasaba.

– Fitetú, Maripi, que el levante era más flojo y daba menos calor.

– Los adoquines eran más lisos y las cuestas menos “empinás”.

– Sí, sí, sí, sí,- asentían todos con la cabeza.

Era cierto, había mucha gente; incluso los taxistas se quejaban en gremio porque había mucha turista pero ninguna cogía un taxi.

Desde su posición de Gades ensiesada, la Siesa podía observar toda la complejidad de la zona. Recordó a su abuela contándole que allí siempre había mucha gente porque era la plaza de los palillos, de las charlas y los encuentros. Y qué bien había cumplido con aquella función, que seguía siéndolo con el paso de los años, aun cuando iba cambiando el paisaje y la fauna de la ciudad y de aquella plaza. Porque el paisaje del Palillero también había cambiado, aunque ella todavía creía oír la cantinela del sordomudo que cantaba los números apostado en la esquina dónde hoy se sitúa la farmacia Central.

Se le puso un pellizco de nostalgia por la inocencia perdida, pero fue pasajero porque, como todas sabemos, las siesas nunca fueron inocentes. Parafraseando a Winton Cherchul “La nostalgia es cosa del pasado”.

Todos esos pensamientos invadían la cabeza de nuestra siesa cuando, al otro lado de la plaza, subiendo de Candelaria, divisó a un hombre joven cartera en mano, y supo automáticamente que también se dirigía al cajero. En la mente de la Siesa, un mecanismo activó el siesil mode on. Tenía que llegar antes que ese hombre, aunque él estuviera en cabeza, aunque a él le correspondiera por justicia ponerse el primero según el convenio de la Haya de Buenas y Morales Formas de Comportamiento Cívico en su artículo 17.b-b. Daba igual, ella tenía que ponerse por delante. La Siesa echó una mirada dibujando un trazado perfecto que atravesaba parejas cogidas de la mano, correas que unían perros con sus dueños y que rozaba fuerte a personas bebiendo agua. Se lanzó a la carrera, interrumpió conversaciones íntimas, se llevó algún insulto. Cuando a punto estaba aquel hombre, cartera en mano, de sacar la tarjeta dispuesto a introducirla en la ranura, la Siesa puso un pie por delante en aquel espacio socialmente establecido como primer lugar y deslizó su cuerpo convirtiéndose en pared infranqueable delante del cajero.

Ea! Allí estaba ella. Miró hacia atrás marcando territorio y abrió su bolso sobaquero con parsimonia. Sacó la Master Card de la cartera de piel buena y le ocurrió.

No solía ocurrirle a menudo, solo en momentos de especial intensidad y calor, y ese día de levante cumplía ambos requisitos. Que qué le ocurrió os preguntaréis, pues que a la Siesa le dio un ataque de siesta súbita. Quietecita ahí delante soñó con cielos llenos de música durante las puestas de sol, con museos llenos de gente, con cofrades y carnavaleros haciendo el amor.

Cuando despertó notó como que flotaba pero no le extrañó, podía ser un síntoma post ataque de siesta súbita. Entonces le vino un olor a flores y a cirios encendidos. Abrió los ojos y, al mirar hacia arriba, se dio cuenta de que estaba bajo palio mientras abajo unos cargadores la mecían a paso de horquilla. Recordó que esa mañana había salido de casa con una toquilla negra de encajes. A su alrededor ya no veía el Palillero, pero sí mucha gente con los ojos entornaitos por el fragor del levante. La muchedumbre la meció hasta la calle San Juan y allí, de un balcón, salió Antonia Santos Gallardo a cantarle una saeta.

De cómo llegó a su casa aquel día la Siesa no está segura. Solo sabe que llegó muy despeinada y diciéndose a sí misma:

– ¡Qué verano más estresante carajo!

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