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Xiomara

Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie es de bajo apetito sexual, inexistente más bien. De hecho, el siesismo tiene que alcanzar ciertas cotas para ser verdaderamente resistente. Y los orgasmos, el romanticismo, la sola sensación de notarse a sí misma inundada por hormonas, redondeada e incluso apetecible, desvían a nuestra Siesa de su camino vital. Esta asexualidad característica entronca de manera directa con un afán de autocontrol impuesto, en la niñez, por su tía abuela monja. Lo que no quiere decir que el placer no ocupe un pequeño espacio en la vida de la Siesa, pero no el placer sexual, no el amor en ninguna de sus facetas, ni siquiera la filial. Este placer puede ser comer caracoles en primavera o bañarse temprano en la Caleta. La Siesa puede sublimarse, por ejemplo, a través de la limpieza. La gente es conocedora de que toda buena Siesa que se precie tiene impoluto el interior de su casa, inmaculado el llagueado de los azulejos del baño y blancas luminosas todas las bajeras. En el suelo de su pasillo derrapan las hormigas y los ácaros se desintegran, depresivos, en las esquinas de las estanterías.

Aquella noche de verano la Siesa se acostó temprano. Estaba exhausta tras limpiar el polverío de su casa, suciedad que provenía de la obra del vecino del quinto, que compite con ella en incomodar a la comunidad, apodado públicamente como el vara. El vara taladra todo lo taladrable en horas poco adecuadas y tiene cierta obsesión asfixiante con el incienso de Semana Santa. En aquella ocasión llevaba días acometiendo la gran obra, y tenía a nuestra Siesa al borde de un brote, ya que las paredes de su piso colindan con las del susodicho. Había polvo reposado a todas horas, pegado a cristales, estanterías, incluso a su propia ropa. Insoportable. Aquella gran obra la traía por la calle de la amargura, y no había lejía ni mopa lo suficientemente rápida para paliar los efectos colaterales de la casa del vara. Y así llegaban las noches, con su ola de calor incorporada y la Siesa soñaba con montañas de escombros a los pies de su cama y polvo en sus gafas y tresillos ennegrecidos.

Esa noche, tras escurrir el último paño, la Siesa se acostó temprano -esto ya lo hemos dicho antes. Se durmió casi sin cerrar los párpados, y comenzó a soñar con una casa enorme, con habitaciones gigantes, donde el eco golpeaba tan hondo que casi no se atrevía a respirar. Estaba allí desnuda rodeada de oscuridad, como en los mejores sueños de terror, cuando un tic tac rotundo comenzó a invadir el espacio. La Siesa se hizo un ovillo, se agarró a sus rodillas pegando la espalda a la pared fría y sintió un miedo atroz. El miedo era tan sobrecogedor que no podía ni mover un músculo. La angustia la hizo despertar y a su mente le costó un buen rato volver a la realidad.

Esa mañana, al mirarse al espejo, descubrió varias canas, y el peso contundente de la edad se encaramó a sus hombros como un pavo grande antes de Navidad que le gritaba:

“Estás solulululu,
 se te va a pasar el arroz lulululu ,
se te va a cerrar la chapita lulululu,
 no vas a tener quién te vele lulululu, 
te va a entrar el síndrome de Diógenes lululu.“

¡Basta!– gritó la Siesa.

“Apaga la Lu Lu Lu Lu”

¡Calla de una vez!– se amenazó interiormente y, tras arreglarse, se tiró a la calle.

Vagabundeó de iglesia en iglesia buscando consuelo, frescor, paz, algo, lo que fuera que borrara el sabor agrio que tenía la soledad. De camino a San Antonio se cruzó con una niña vestida de azul, con su camisita y su canesú, que salió de detrás de un banco comiendo un cucurucho de helado. En la mente de la Siesa sonó una alerta: lo mejor para quitar un mal sabor es algo dulce. Así que se dirigió presurosa a la heladería de la plaza de Mina. Allí, frente al mostrador de colores estridentes, localizó el sabor adecuado y dijo en voz alta:

Uno de mango.-

Uno de mango.– pronunció a la vez otra voz.

Nuestra Siesa se giró dispuesta a espetar un contundente “Voy yo” cuando lo vió. Entonces, parafraseando a Xiomara Sáez en su famoso relato Vegetariana estricta  “el tiempo se detuvo igual que en las películas, sonaron trompetas celestiales, la gente parecíó desaparecer y un temblor intenso comenzó a trepar desde la punta de los dedos gordos, por el interior de sus muslos, hasta perderse en lo más profundo de su vientre” (1).

El de la voz pareció experimentar lo mismo.  Inmediatamente los ojos de ambos se engancharon al igual que sus manos y la ropa cayó al suelo, más tarde, en el dormitorio impoluto de la Siesa. Se deshicieron los moños y los calcetines de ejecutivo bajaron, volaron las gafas y se enredaron las piernas. Cuando todo terminó, una vez dichos los nombres el uno a la otra y viceversa, la Siesa notó cómo un óvulo se desprendía de su folículo. Su útero gritaba muchas cosas sobre carga genética y reproducción, que en lenguaje útero venía a decir algo así como Es él, es él, hazle padre, hazle padre. La vida pedía paso deslizándose despacito entre los recovecos de sus cuerpos reposados tras la Petit Mort.

Entonces sonaron un taladro y un martillo, que podían estar perfectamente empuñados por Thor, acompañando a una música moderna de estas cualquiera que parece que ha compuesto el afilaor. La Siesa tuvo un corto circuito mental instantáneo.

Minutos después, Juan Carlos Monedero salía por la puerta camino de la Universidad de verano. No era posible. Ni promesas de amor, ni canas que anuncian muerte sin herederas, ni miembros duros y grandes de intelectuales frikis. No.

-Si tú me dices ven lo dejo todo.- pronunció él casi cantando; pero no, no era posible. Así que lo obligó a marchar haciéndole un buen corte de mangas en la puerta, no fuera a ser que a Monedero le diese por volver y nuestra siesa no tuviera más remedio que replantearse su existencia. Se tomó un orfidal con una cerveza y se metió en la cama.

(1) Xiomara Sáez, Vegetariana estricta, Ed. Feminazis, 2015, pág. 33

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