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Xiomara

Fotografía: Jesús Massó

Toda buena Siesa que se precie acepta de buen grado el paso del tiempo. No se molesta ante el “usted” o el “señora” dicho por alguien en la misma franja de edad, es más, exige este signo de respeto considerando una grave afrenta que la tuteen, puesto que ella ya nació siendo vieja.

No acepta, sin embargo, las acciones políticamente correctas vinculadas a determinadas etapas, tales como el flirteo, el tener pareja, casarse, formar una familia, etc. Aspectos como envejecer juntos, cuidar a los padres y las madres o soportar a las nietas, le producen un profundo rechazo. El mismo que le provoca la palabra “solterona” dicha con compasión por lo bajini. La Siesa entonces saborea el sabor de su propia bilis al descubrir esa impresión generalizada de que no tener pareja o hijas a su edad la hace presa de un enorme desarraigo. Ella jamás se ha sentido desarraigada porque en sí misma siempre ha sido un árbol con raices. Un árbol otoñal con algún verdor escondido y muchos frutos de espinas evidentes, pero un árbol al fin y al cabo.

En estas ocasiones suele escupir al suelo un lapo primal que habla e insulta por sí solo, de manera que aquellas miradas de lástima se tornan en espanto y escapan corriendo calle abajo, más de una vez con apariencia de caballos desbocados.

Este acto de gargajeo forma parte del conjunto de poderes siesiles que el famoso antropólogo Marvin Farris recopila en su obra Entre las gracias hay maldades, poderes y de nadas, Ed. Cazador de lagartijas 2017.

En este libro podemos encontrar una serie de características englobadas en dos grandes grupos: innatas o aprendidas con el tiempo y las circunstancias vitales de cada siesa. Estas características son denominadas por Farris con el término poderes, porque poseerlas en conjunto dota a la buena siesa de una capacidad sin límite solo accesible a unos pocos elegid@s. Ya hemos visto en anteriores capítulos el sino de elegida perpetua con el que la Siesa se maneja en sociedad.

Farris hace hincapié en tres poderes básicos fácilmente reconocibles en toda buena siesa. Estos son: Sentimiento de justicia (siempre con respecto a una afrenta cotidiana),
 Derrotismo y Mardá.
 Podría decirse que esta unión de poderes la hace inmune a la moral cristiana, pero no es así. Como ya es sabido, la siesa gaditana profesa una gran devoción por el cristo del Medinaceli y paga rigurosamente sus cuotas para salir en el Ecce Matter Tua. En palabras de la directora del Good Siesing Study, la prestigiosa doctora de ascendencia africana Mrs. Tomisecwelatayatimen Smith: “She is a fuking samaritan….give me a dollar, please” Los tres poderes/características se combinan entre ellos.

Pongamos un ejemplo reciente. El pasado sábado nuestra Siesa acudió a Carrefour a hacer una compra grande, de esas que se hace una vez cada tres meses. Se hizo con un carro y comenzó a recorrer ordenadamente los pasillos, metiendo los productos con meticulosidad japonesa, desde agua con gas hasta pasta de dientes antisarro pasando por las garrafas de aceite virgen extra y por los bastoncillos de las orejas. Todo tenía un hueco perfecto dentro de aquel carro. Cuando ya se hubo abastecido lo suficiente, se aproximó a la caja sintiendo cómo sus riñones acusaban el peso de empujar aquella especie de carreta con ruedas como si de arrastrar un piano por la playa se tratara. Con esfuerzo máximo se situó en la línea de caja. Le iba a salir caro pero no importaba, pagaría con tarjeta que para eso la tiene. A su espalda escuchó susurros. Su oído-antena captó perfectamente las palabras de una mujer y su hija situadas a su espalda:

¿Para que querrá Chocapic?- dijo la hija.

¿Y tanto papel higiénico? Si vive sola.– contestó la madre.

Qué cantidad de macarrones, se le va a poner cara de pasta.

Niña no digas eso, pobrecita, es una solterona.– sentenció la madre.

Solterona, solterona, solterona, solterona cantó el hilo musical, y cada nota golpeó la cabeza de la Siesa en diferentes puntos estratégicos. Estaba mareada. Fué entonces cuando observó cómo aquella madre e hija de aspecto indefinido, se saltaban el cordón que delimita el acceso a caja en el súper, colándose con faz grande delante suya (sentimiento de justicia). Automáticamente, reflexionó sobre el oscuro e inexorable camino que toma una sociedad que no piensa en el prójimo por culpa de las decisiones de su gobierno (derrotismo); se le erizaron los pelillos del bigote y se le subió la bilis. En ese momento, se puso en modo ataque siesil mientras su mente trabajaba a un ritmo acelerado, y se acercaba cautelosa a su objetivo (mardá) para pegar una alarma de ropa en el cartón de leche de las susodichas diciéndose entre dientes «maspalososdenmamonas» que significa os deseo muy mala suerte en el día de hoy, mujeres aún lactantes. Pidió que le llevaran la compra y se fué rápido a su casa. Le esperaba alguien. Quizás no fuera ningún amigo, tampoco ningún familiar, pero no importaba qué lugar ocupase en su vida porque ella estaría allí al pie del cañón para defenderle a capa y espada. Y cocinaría macarrones, compraría chocapic y pondría el triple de lavadoras. Sería un esfuerzo, sí, pero daba igual qué lugar ocupase en su mundo y cuanto tiempo lo hiciera, porque ella llevaría en secreto su presencia y le cobijaría en su sombra de árbol solitario todo el tiempo que hiciera falta. Porque ayer, hoy y mañana Juana está en su casa.

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