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Fotograf√≠a: Jes√ļs Mass√≥

Toda buena Siesa que se precie padece de fobia social, aunque esto no impide que se relacione de manera superficial con las vecinas o desconocidas. Nadie ha convivido con ella, excepto en aquella ocasión en la que, ahogada por una derrama de la comunidad, no tuvo más remedio que hospedar a la entonces joven estudiante Miss Tomisecwelatayatimen Smith,  lo que dio origen a los estudios de siesismo en la universidad Presbiteriana de Massachusetts.

En su diario de campo Miss Smith escribe una historia que la Siesa le contó en cierta ocasión de exceso verbal, tras haber mezclado cerveza y vermut. A continuación reproducimos una parte de dicho texto traducido del inglés gracias a Google:

Te voy a contar la historia de mi gato. Yo tuve un gato, ¬Ņsabes?. Y eso que no me gustan los gatos, es m√°s odio los gatos, me dan coraje grande los gatos, pero ese gato se col√≥ en mi vida. Creo que fue la primera vez que abr√≠ una rendija del corazoncito. Me lo encontr√© en una de esas ventanas que hay en la pared de la catedral, era del tama√Īo de mi mano. Lo vi y pase de largo, pero me maull√≥ en gaditano, me dijo¬† «C√≥geme, estoy solito»¬† y mira, se me encogi√≥ el alma. Era blanco y ten√≠a un mech√≥n naranja en lo alto de la frente. Lo cog√≠ con mucho asco y lo lleve a mi casa, por el camino me maullaba en gaditano canciones de La Caleta y poemas de Rafael Alberti. Se ve que era un gato culto y eso que no deb√≠a tener m√°s de una semana. Antes de irme entr√© en la iglesia de Santiago y lo ba√Ī√© en agua bendita. No veas si maullaba el gato, pero lo ten√≠a que bautizar -y tambi√©n quer√≠a fastidiar al cura, para que te voy a enga√Īar. En mi casa el gato tuvo su comida, su collar antiparasitario, su arena de shit, incluso su cartilla de vacunaci√≥n. Dorm√≠a donde quer√≠a y me ten√≠a frita con los pelos blancos por todos lados; con lo que me gusta a m√≠ el negro, imag√≠nate. Entonces empez√≥ a pedirme libros. Yo le ofrec√≠ Momo, La historia interminable, Tolkien. -De eso nada- me dijo¬† -yo quiero La metamorfosis de Kafka-. M√°s adelante se hizo con un carnet de la biblioteca p√ļblica y ya se cog√≠a sus propios libros. Todo el d√≠a leyendo y charl√°ndome, me ten√≠a la cabeza saturada con tanta informaci√≥n: que si el trienio liberal, que si el cierre patronal, que si la funci√≥n constitucional de los sindicatos, que si contratos de contingencia. Luego empez√≥ a venirse conmigo a la calle. Yo no le ech√© cuenta, me ped√≠a una coca y √©l se sentaba ah√≠, a mi lado, a ver pasar a la gente, incluso pon√≠a la oreja en las conversaciones de alrededor. Igualito que yo. Orgullosa me sent√≠a, hasta el d√≠a en que comenz√≥ a intervenir en esas conversaciones. Daba igual de lo que fuera: la pareja que hablaba de adoptar a un hijo, pues el gato les dec√≠a c√≥mo funcionaba el acogimiento familiar; los chavales que iban a coger el bus, el gato les informaba de los horarios; la mujer que se iba a dejar el pelo blanco, el gato le daba la marca del mejor champ√ļ para tener el color lunar ideal de la muerte; hasta indicaciones para comprar grifa daba, de todo sab√≠a el pu√Īetero gato. Y correg√≠a, correg√≠a constantemente a todo el mundo, incluso se hizo socio de Mensa. Yo lo mandaba a hacer recados para que me dejara tranquila, pero fue peor, porque empez√≥ a hacer proselitismo, y un d√≠a me vi la casa llena de gente haciendo pancartas y el gato dando instrucciones a diestro y siniestro mientras un chico con barba y camisa cuadros cog√≠a notas. De la noche a la ma√Īana mi gato se hizo l√≠der sindical y moviliz√≥ a los gatos y gatas del Campo del Sur, a las palomas, incluso a los loros de la plaza mina, que eran los m√°s reacios a participar en cualquier colectivo. Y se llevaba todo el d√≠a con un meg√°fono encaramado a la espalda. Yo sent√≠a entre orgullo y miedo, porque ya hab√≠an llegado un par de cartas an√≥nimas en las que lo amenazaban de muerte, de esas con las letras recortadas de las revistas como en las pel√≠culas de psic√≥patas, muy macabro todo. Pero ten√≠a carisma el gato de las narices, la gente empez√≥ a te√Īirse de naranja un mech√≥n en la frente y hasta hablaban con acento de maullido, imit√°ndole. Entonces empezaron a llamar muchachas y √©l siempre me dec√≠a que no se pod√≠a poner. Luego se asoci√≥ con una protectora de animales y firm√≥ para esterilizar a todos los gatos y gatas del Campo del Sur, esos mismos que lo hab√≠an encumbrado en su carrera pol√≠tica. Despu√©s vi que, de pronto, ten√≠a un Rolex, que pon√≠a a un Picasso en su cuarto y que si Whiskas en vez de pienso del Carrefour. El d√≠a en que se votaban las primarias llamaron a la puerta de mi casa.¬† Cuando abr√≠ vi a lo menos diez gatas pre√Īadas, que reclamaban la paternidad del gato. Luego me enter√© que no dejaba entrar en C√°diz a los animales que no hubieran nacido aqu√≠. Ese d√≠a fue el fin, la gota que colm√≥ el vaso, no pude aguantar m√°s, as√≠ que me puse como el Lee Harvey Oswald de Kennedy y, cuando el gato llego a casa, lo lleve directo al veterinario para castrarlo. No me mires as√≠, ese gato iba camino de desencadenar un holocausto. Y una cosa que te voy a advertir como una ense√Īanza para tu vida: nunca le pongas nombres de nazis a los animales, les afecta. ¬ŅQue c√≥mo se llamaba? Trump, le puse de nombre Trump.

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