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Las enfermedades infecciosas: el gran desafío de seguridad en el siglo XXI*. La Siesa estaba leyendo la app del Google académico mientras se tomaba una Cruzcampo fresquita.  Lo hacía en el portátil que se dejó la Erasmus china que había tenido alquilada. 

La cuarentena le había cogido con la casa limpia, así que, por mucho que limpiara, ya lo había hecho todo. También se había cansado de escuchar los mismo sonidos de siempre, nada nuevo, incluso los del polvo siestero habían dejado de innovar. Por  lo que se puso a leer monografías y estudios sesudos hasta que ya no pudo más. Estaba aburrida como una ostra, así que decidió ponerse en trance. 

Colocó  las piernas en la posición del loto, cerró los ojos y entró en la otra dimensión inmediatamente. A ella no le hacía falta ayahuasca ni hongos de ningún tipo, ella poseía esa habilidad de serie, que para eso era Siesa y la Elegida. En la otra dimensión había casas vacías, ruido de tormenta tras los cristales crepitantes, ulular de viento y ojos rojizos tras rendijas oscuras. Vamos, la otra dimensión era un lugar desapacible de pelillo erizado permanente. A lo largo del callejón las farolas se alternaban dando ráfagas de luces intermitentes, aprovechando para crear sombras siniestras en cualquier rincón. La otra dimensión era un viaje malo. 

Siesa post
Fotografía: Fran Delgado

Parada allí en mitad de una plaza, La Siesa se chupó el dedo índice y lo puso contra el viento para saber en qué dirección debía ir. –Calle abajo– se dijo en voz alta, y pareció que le respondía un gruñido en algún lugar.  Así que comenzó a correr, no fuera a ser que vinieran los hombres lobo, un Alien, el Demogorgon, o quien sabe, el mismísimo Antonio Burgos. A medida que avanzaba comenzó a escuchar un rumor como de  canción:

People are strange, when you’re a stranger

Faces look ugly when you’re alone

Por fin encontró una casa habitada. Se recompuso el cabello de su estirado moño y llamó al enorme aldabón de tetilla que sobresalía del portón. Este se abrió al instante invitándola a pasar. Una vez en su interior ya no había miedo, sino olor a puchero y a casa de la abuela. Sin dudarlo se dirigió a la cocina y allí estaban ellas, sonrientes, trajinando con cacerolas, masas y croché: El Consejo del Entreteto, consejo celestial de la otra dimensión, formado por las tres señoras, y al que sólo tenían acceso unas pocas elegidas. Nada más verla, las señoras esbozaron una amplia sonrisa, luego la cogieron y la sobaron, a besos, pellizcos, achuchones, la restregaron como si estuviera en un baño árabe y le hicieron sentarse en una silla de la cocina.  

Cuéntanos– dijeron al unísono. 

Pues nada que estamos en cuarentena y yo no sé cómo puedo ayudar a los demás. Tampoco sé si me apetece, porque empatía ya tengo poca, así que aquí estoy. ¿Ayudo o no ayudo?– preguntó La Siesa.

Mira Siesa– respondieron al unísono de nuevo –tú tienes que hacer lo que te salga de dentro. Y ahora vete.-

-¿Cómo?- preguntó.

-Ya te lo hemos dicho. Y ahora para tu casa que va a empezar el 1,2,3 – dijeron mientras se, desvanecían y La Siesa volvía a tomar conciencia de su cuerpo, en posición del loto, y del lugar en el que estaba, las baldosas hidráulicas del suelo del pasillo.

Justo cuando abrió los ojos empezó a escuchar la cacerolada de las 7. Salió al balcón. Toda la calle aplaudía agradeciendo. El del balcón de abajo pasaba consulta de psicoanálisis gratis a los balcones colindantes. El de arriba explicaba cómo se hacía un empalme en plan clase magistral porque era electricista. La viejecita del quinto tiraba paquetitos de torrijas envueltos en papel albal. Desde el balcón de la esquina, el carnicero autónomo echaba butifarra que se iba repartiendo ordenadamente de balcón en balcón. La que salía en una zambombá se puso a cantar. El que tenía un romacero inédito se puso a recitarlo haciendo blam blam con una aplicación del móvil. El vecino del tercero sintonizaba a distancia la televisión del  viejito de enfrente, que no encontraba Telejinco. Los adolescentes se mandaban whatsapp de amor y se hacían ojitos desde la ventana dedicándose canciones. El técnico de sonido del extremo izquierdo de la calle puso Hola Don Pepito, y el técnico de sonido del extremo derecho puso a Cannibal Corpse. El nutricionista explicaba sentado en una banqueta en la azotea, cosas básicas, como que tenían que comer una pieza de fruta al día y muchas legumbres, mientras sonaba el veo veo, tu cara cuando me peo de fondo por algún sitio. 

Todo el mundo ponía su granito de arena para paliar los efectos del aislamiento, excepto compartir papel higiénico, y a La Siesa le entraron muchas ganas de aportar también. Pero, ¿qué podía hacer ella? Escuchó como un susurro.

Lo que te salga de dentro… 

Y así lo hizo. La Siesa se aproximó a la barandilla de balcón, sacó el megáfono ese que le había mangado años atrás a Teresa Rodríguez, cuando esta era más piva e iba voceando en las manifestaciones. Le dió al On, liberó su garganta, boca abierta, posición, aire en abdomen y… … … 

(Eructo Enorme En Intensidad y Duración)

Luego silencio. 

-Os quiero- dijo La Siesa, y se metió para su casa. 

El resto de la cuarentena fue más tranquilo y duró el tiempo que duró, con la primavera extendiéndose a pesar de todo, ajena por completo a esa humanidad cada vez menos egocéntrica que estaba rehaciéndose desde los principios del cuidado al otro. La Siesa no podía hacer nada para solucionar lo de la pandemia porque entraba fuera de sus posibilidades de heroína. Así lo decía la cláusula nueva del siglo XXI, y ella había nacido en el siglo XX, imposible actuar contra el virus.  Aunque tranquilas, porque ya le había echado el ojo al meteorito de Junio y a la plaga de langostas de agosto.

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