Tiempo de lectura 💬 5 minutos

Toda buena siesa que se precie guarda en la recámara más de un recuerdo trágico, no en vano el siesismo se alimenta de heridas. Golpes en dedos chicos del pié emocional, brechas curadas con puntos en el corazón prepúber, cuchilladas de palabras en la espalda y más de una guantada de mano injusta marcada para siempre en mitad de la cara. Todos dolores físicos, transmutados en coraza siesil de sobrenatural dureza, que aumenta a medida que pasan los años mientras se suman los golpes.

Los recuerdos trágicos se mantienen dormidos, se van olvidando en el presente, van saltando de vez en cuando como un reflejo sordo de algo que está escondido en alguna parte de la memoria. Solo queda un sentimiento de coraje grande que la mayoría de las veces nuestra Siesa compensa escatológicamente y sin pudor, con gases gordos soltados en reuniones y ascensores de los que escapa sin ser vista y con una mano en la nariz.

La prestigiosa antropóloga Marcela Lagarto escribió al respecto que “lo que no mata te hace peerte muy fuerte, por lo tanto podemos decir que la Siesa lo único que hace es sobrevivir”.

Pocas veces el recuerdo horrible emerge al presente y cuando lo hace es como un maremoto que remueve desde atrás todo lo vivido, por eso la Siesa intenta evitarlo con todas sus fuerzas, rezando retahílas de Avesmarías, intentando declinar el pretérito perfecto simple de los verbos irregulares o comprándose un pollo asado en la Freiduría Europa, esto último borra cualquier malsabor de boca.

La buena siesa y los recuerdos tragicos
Fotografía: Pedripol

Sin embargo, un día no pudo parar la mente ni todo lo que ésta traía.

Nuestra Siesa había entrado a comprar un choco en la pescadería de la Calle Cervantes. Había poca gente. Un par de mujeres de mediana edad, un muchacho y un hombre mayor. Pidió la vez y esperó quejándose un poco del carnaval y buscando desagrado en los ojos de alrededor, quejarse del carnaval siempre funcionaba. Y en esa búsqueda se encontró con los ojos del hombre mayor y sintió que el suelo se abría.

Allí estaba él, transformado en un híbrido actoral a medio camino entre Charles Bronson y Lee Marvín, con su mirada aparentemente impasible. Esa mirada del que parece no estar atento a nada y, sin embargo, observa minucioso cada detalle de la escena, cada movimiento, registrando quién sabe qué datos en qué extraño catálogo mental. Nuestra Siesa descubrió de pronto quién era y al hacerlo, él, que esperaba paciente a que ella recordase, se sonrió para sí y conservó esa sonrisa todo el resto del tiempo. Unas líneas de expresión seguían surcando sus comisuras, en lo único que había cambiado era en el color del pelo, que se había tornado completamente blanco. La edad lo había transformado en un actor más elegante, y pasó de ser Charles Bronson y protagonizar películas de acción, a mirar con la madurez de un Lee Marvin marinero. Él también la había reconocido, por eso se sonrió y por eso la observaba escaneando.
La Siesa entonces volvió a ser niña corriendo con el chándal del colegio y ese cuaderno pequeño en el que dibujaba todas las caricaturas que le permitían hacer sus amigos, la familia, los extraños…Eso era él, sí, un extraño conocido que la miraba incitando, como queriendo contarle algo. Quizás pensó que ella no lo recordaba y se regodeó para sí mismo, contento de saberse a salvo a pesar del crimen, espía que nunca es descubierto y sigue espiando.

La Siesa se dejó escurrir por ese boquete abierto bajo el suelo, Viajó muy lejos hacía atrás en el tiempo. Tenía 8 años, quizás 9. Se disponía a leer sus cómics de Superlópez, amparada por la calidez metálica de las tuberías gigantes que antaño gobernaban el colegio del Campo del Sur. Una época despreocupada en la que se descolgaba sonriente por las paredes de los bloques (no habría sonreído tanto si se hubiera roto los dientes, ¡ah! bendita inconsciencia) La niñita inocente que era entonces fue perturbada por la maniobra de acercamiento de un hombre peculiar de acento indefinible e incomprensible y un parecido monstruoso con Charles Bronson. Era amable y ella le dejó leer sus cómics, le hizo un dibujo trazando perfecta esa cara de héroe de acción, le contó sus sueños de dibujar y escribir historias que hicieran felices a la gente. El parecía entender y sonreía, pero en realidad no entendía, y su sonrisa se debía a una mano gorda de marinero que comenzó a deslizar por dentro de los pantalones de chándal de la niña-siesa el siempre elástico chándal-uniforme del colegio San Martín. Y ahí estaba ella, sobada hasta la medula confundiendo la amabilidad y la atención. Trascurrió un tiempo incontable hasta que se libró, se liberó de esas garras pedófilas de hombre acostumbrado a coger armas de fuego y a salvar heroínas y niñas en pelis cutres que solo gustan a los padres. Justo cuando empezaba a pensar que algo andaba mal, él sacó sus dedos gordos de dentro de la niña-Siesa, miró alrededor y le dijo que esperase, que ahora volvía. Cuando lo vio cruzar la carretera, la Siesa corrió, corrió y corrió como corren las niñas delante de los lobos, corrió con una vergüenza nueva amarrada en la ingle, corrió con una semilla de culpa alojada en el pecho. Llegó a su casa jadeante, guardó la ropa, sus cuadernos, los dibujos y el secreto. Lo enterró como el primero de muchos en un lugar indeterminado de su cuerpo de mujer y no volvió a pensarlo nunca jamás. Hasta ese momento, en aquella pescadería de la calle Cervantes.

Y allí estaba de nuevo. Aquel hombre se limitó a mirarla descarado y sonreír de frente, con las manos en los bolsillos, viejo ya, sin hablar, como si no pudiera expresarse con palabras. La Siesa recordó que era extranjero, un Lee-Charles de algún país nórdico, con la piel curtida y los ojos un poco achinados. Imaginó que en otro tiempo fue un guerrero mongol sangriento, que descuartizaba a las madres y destrozaba a las niñas sin soltar ni una sola palabra, ni un sólo quejido, sin sudar, sin dudar.
 Sí, en esta vida presente también se había dedicado a destrozar pero de otra manera, sin sangre física. Y así era cómo las niñas dejaban de ser princesas para convertirse en presas de cazadores de humanas.

Nuestra Siesa tomó aire, juntó las manos frotandolas y se acercó a él sin apartar los ojos de los suyos. Cuando estaba a un centímetro de su cara el hombre pareció enmudecer y quiso escapar, pero ella lo atrapó con las palmas de las manos. Lo apretó, lo amasó con agua del mar y arena de orilla, lo hizo pequeño mientras la pescadería permanecía ajena por completo a lo que estaba ocurriendo. Cuando terminó con él sacó la bolsa de la compra y lo metió dentro, luego salió sin despedirse, por la sombra, silenciosa como la cucaracha que era.

Ese medio día cocinó un choco extranjero, con muchos cachelos, las mejores papas con chocos de su vida. #metoo

La Buena Siesa y los recuerdos trágicos
5 (100%) 4 vote[s]