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Pepe pettenghi

Fotografía: Jesús Massó

Una ciudad fundada por un tipo, vestido con un bañador algo anticuado, y dos perros de dudoso pedigrí está, sin duda, tocada para la chispa y la ocurrencia. Y qué mejor ocurrencia que colocar en su escudo al tipo barbudo de los perros…

Esa ciudad es Cádiz.

Vaya por delante que eso de ser de un determinado sitio te confiere características especiales, me parece una simpleza. Lo de las patrias chicas y los estereotipos forman parte de un pensamiento cortito de sifón y bastante cateto: los catalanes son así y los jerezanos asao… Pero también es verdad que los indígenas de cada lugar tienen cierto aire de familia.

Y así, hay lugares más proclives al humor, a la ironía y a tomarse la vida a cuchufleta, y éste lo es. Hay quien dice que es culpa del viento de levante, que deja lacias a las neuronas. No sé, tengo mis dudas.

En cualquier caso mejor así, porque el humor es como el pajarito que bajan los mineros al fondo de la mina; si el pajarito la espicha es que falta el oxígeno. Y sin humor, esta ciudad casi viva, casi muerta, indolente, teatral e indescifrable se vendría abajo. El humor, la ironía, ese saber reírse de ella misma le permiten seguir colgada de un alambre con tembleque. Cádiz es una república locuaz y disparatada, en la que el personal se enfrenta al fracaso con un humor de instinto callejero y con tonterías envasadas al vacío. Seguir con vida es lo que quiere el pajarito… y los mineros. Desde luego no es casualidad que la fiesta grande de los gaditanos sea el Carnaval. La irreverencia y el cachondeo. En otros lugares consiste en darse latigazos, tirarse hortalizas o subirse unos encima de otros, lo que tiene un peligro grande.

Pero, ojo, precisamente ahí anida el riesgo del pecado por exceso, que se nos achaca con frecuencia, y la superficialidad que se nos atribuye. Y sí, tal vez el exceso y ese darnos en espectáculo resulta algo cansino. Yo, incluso, a menudo me río y le dedico sarcasmillos a esta ciudad ignorantona, vociferante y chandalera, pero ello va incluido en la capacidad de reírte de lo que quieres sin dejar de quererlo.

El humor, digamos gaditano, es particular, se basa en la sátira social, la réplica rápida y afilada, la ocurrencia y el juego de palabras, la invención disparatada, la comparación creativa, todo ello adobado con insensatas metáforas y situaciones grotescas. Entre la casapuerta de lo local y el espacio infinito de lo universal.

Reconozco que debo hacer un continuo esfuerzo para sustraerme a ese humor aborigen y contagioso, el del doble sentido, el de la triple negación -no ni ná- el de la parodia, el de sugerir lo contrario de lo que se dice… Pero está la ironía que todo lo salva. Si necesitas entrecomillar una palabra para que se capte la ironía, entonces se te viene todo abajo, y el texto queda como una redacción bachillerosa de colegio de curas. La ironía sirve para arrinconar hasta el absurdo a costumbres apolilladas, a caricaturizar ciertos vicios sociales…

Yo, por mi parte, uso la ironía en defensa propia contra el hipócrita, el presuntuoso, el pedante, el abusón, el que se cree que todos los demás son tontos… y para decir la verdad. Y ya se sabe que la verdad, si no tiene gracia, no le interesa a nadie.

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