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Fotografía: Jesús MassóFani escoriza

Esta ciudad es como un barco a la deriva que nunca dejará de estar encallado. No importa quién lleve el timón porque su ancla pesa tanto que la amarra insondablemente a su rancio fondo de escolleras. Es igual que una gaviota con las alas manchadas y el estómago lleno o como una rosa rota por la fuerza del propio puño que la arrancaba. Es como la vieja casa de un pirata enamorado, con paredes que lloran ante el paso incuestionable del tiempo. Es como un colegio con ventanas verdes vacío, que ya no recuerda a los niños ni las pancartas que querían resucitarlo. Parece un mástil sin nave que espera frente al mar algún mensaje sin botella. Un Balneario de brazos blancos que sólo sirve de mísero techo en los meses más gélidos del calendario. Una estación que ya perdió su último tren, fábricas sin más sonido que el del aire o una zona francamente muerta.  

Pero también es un almirante sonriendo tras años de soledad. La reconquista en cada zancada de las aceras y las mesas nuevas de mantel planchado donde se posa el pan de cada día. Es la copla que suena libre en garajes y casapuertas sin que sea febrero. Es un mar de noches que son tranquilas y serenas. Noches en las que el silencio no es silencio, donde te desvelan las palabras que no suenan. Noches que se beben hasta el alba, de sábanas ardientes y camas deshechas. Son barcos que llegan de otros mares para inundar la ciudad de colores. Es un batallón de mil valientes que apuestan por abrir sus puertas ante la perplejidad. Es la santísima trinidad que comulga y comparte cirios, banquillo y coloretes. La ciudad es como un enorme Cicerón que guía a los visitantes hacía los bujíos más mágicos de este rincón del sur. Donde la gente se saluda con besos, los escritores brindan con artistas y la música suena improvisada. Porque esta ciudad también es cultura con insomnio.

La ciudad de las dos caras es esa que quema los pies de algunos y dota a otros de las mejores alas. La que rebosa de casas y escasea de jornales. La que quiere un baile de cenicienta en verano. La que se alimenta bajo el sol y la brisa, pero no quiere desviar sus pasos al toparse con una terraza. La que se queja de un suelo salpicado de colores en febrero, pero no lo hace de la cera en abril. La que protesta por las cornetas y tambores en primavera, pero marcha a bombo y caja durante su semana profana. La que desde su aconfesionalidad coloca una virgen en lo más alto del podium. Así es esta ciudad de doble filo. Un continente de trece kilómetros con un contenido conformista y disconforme a la vez. «El derecho a la ciudad -como lo afirma David Harvey- no es simplemente el derecho a lo que ya está en la ciudad, sino el derecho a transformar la ciudad en algo radicalmente distinto”. Pero para el cambio hay que estar preparado. Y Cádiz, con sus dos caras, sigue atada de pies y manos por los guardianes del miedo.

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