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Durmiendo bufanda

Ilustración: María Gómez 

En los últimos años el turismo en Venecia se ha multiplicado por cinco. Hace pocas semanas, bajo el lema “Queremos recuperar nuestra ciudad”, se manifestaron sus habitantes para expresar su rechazo ante la avalancha de turistas. El turismo masivo está devorando la ciudad y convirtiendo a los venecianos en una especie en peligro de extinción. Venecia pierde cada año más y más habitantes que huyen en busca de entornos más habitables.

En otras ciudades, como Ámsterdam o Barcelona, la situación no es muy diferente. Sus habitantes reclaman una disminución del turismo, para poder volver a caminar por sus calles, para que no se encarezcan los precios cada día, para que no desaparezca el comercio tradicional, para poder acceder a los espacios culturales o museísticos sin guardar largas colas, etc., etc.

Eso se llama “morir de éxito turístico”, y, con un poco de (mala) suerte, ese podría ser el destino de esta ciudad trimilenaria de nuestras entretelas.

Cádiz ha sido y es todavía una ciudad en declive, parada y moribunda. Una ciudad subsidiada, llena de sordos y pensionistas, exportadora de jóvenes sin futuro, capital europea del desempleo.

Nuestra ciudad pide a gritos un proyecto de futuro viable, alguna forma de revitalización de su economía que de trabajo a sus habitantes. Ante el derrumbe de las industrias tradicionales (astilleros, tabacalera, aeronáutica, etc.), pareciera a primera vista que el turismo es la apuesta más segura. Y  más cuando nuestra ciudad y la provincia se han puesto de moda entre los destinos turísticos y vacacionales favoritos.

¿Queremos ser una “ciudad parque temático” (del carnaval, por ejemplo) o una “ciudad centro comercial” (¡viva el shopping!), o una “ciudad de vacaciones” (organizada para que  disfruten turistas y veraneantes)?

¿Cómo se define el futuro de las ciudades? ¿Es fruto de una deriva inevitable, de un destino fatal? ¿Quién lo decide? ¿Con qué criterios? ¿En base a qué intereses?

¿Serán los intereses de los tiburones económicos, de los especuladores turísticos a corto plazo, de quienes quisieran convertir la ciudad en un inmenso chiringuito playero o una infinita terraza, de quienes buscan “hacer el agosto” exprimiendo la vaca del turismo a costa de la precariedad de los trabajadores de temporada, de quienes reclaman que se sacrifiquen los intereses y los derechos –al descanso, por ejemplo- de los vecinos a mayor gloria del turismo y del empleo que se le supone?

Muchas voces dirán que más vale empleo turístico precario que ciento volando, y “ciudad chiringuito” que “ciudad subsidiada”, aunque tal vez algunas de ellas vivan en Valdelagrana (o en otras urbanizaciones exclusivas) y pasen sus vacaciones en Roche (por mencionar dos sitios estupendos).

A esas posiciones se les sumarán sin duda otras desde las instituciones públicas, que pondrán (el discurso de) el empleo por encima de otras necesidades e intereses ciudadanos. Que repetirán aquella mentira demostrada de que, si hay empleo -aunque sea precario- todo lo demás funciona.

Pero la ciudad, cualquier ciudad, es antes que nada –incluso antes que su patrimonio histórico, cultural y arquitectónico- las gentes que lo habitan. Porque sin gentes lo que resulta es un museo (o un parque temático), no una ciudad.

Sea cual sea el futuro de Cádiz, necesita ser una “ciudad convivencial”, donde sus gentes puedan vivir –y vivir bien- con las demás personas que la habitan, vivir en común, con-vivir.

Claro, (vuelven a recordar las voces desinteresadas) eso significa que sus habitantes tienen que tener trabajo, para poder atender sus necesidades básicas, porque sin eso no hay convivencia que valga. Y por eso es tan importante definir un horizonte económico para la ciudad que sea compatible con el resto de necesidades e intereses de sus gentes.

Se diría que la perspectiva del “monocultivo económico”, poner todos los huevos en la misma cesta, no es muy buena idea. Lo ideal sería que las oportunidades de futuro fueran amplias y diversas, como la economía de la ciudad y como las legítimas expectativas de sus habitantes.

La del turismo masivo puede ser la salida más fácil, la que menos esfuerzos requiere, la que menos obliga a pensar y poner en pie otras alternativas, la que puede llevarse a cabo sin tener que echar mano de la iniciativa propia y la inteligencia colectiva de la ciudadanía.

¿Serán todos nuestros jóvenes, dentro de unos pocos años, camareros y camareras de pisos, vendedores de artesanías o suvenires, animadores de hotel o guías de grupos, comparsistas o chirigoteros callejeros de un carnaval sin fin, fenicios y romanos de guardarropía…?

Este es un tema sensible, lo sé, que despierta mucha polémica. Pero para abordarlo sobran las pasiones y falta información y mucho diálogo social.

No sé cómo será el futuro de nuestra ciudad, pero si sé que deben ser los vecinos y vecinas, los ciudadanos quienes definan y pongan en pie ese horizonte. Hablemos de ello.

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