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Sara lauperFotografía: José Montero

A veces cuando me estoy duchando recuerdo un pasodoble de Martínez Ares que dice: “Cádiz mi reina bonita hoy yo te mando esta carta…” y lloro, lloro un poco.

Lloro por dos motivos: uno porque estoy feliz de ser de la tacita y sentirme identificada con este tipo de letras; otro, porque aun estando muy cerca, en Sevilla, te echo de menos. Echo de menos tu olor, la piedra ostionera, tu luz, y es que aludiendo al mismo pasodoble «como las mojarras yo me asfixio sin tu mar».

Yo no soy más gaditana que nadie, pero siempre que quiero buscar un norte ahí estás tú en todo el pico del sur. Y me dueles.

Me dueles porque no tienes oferta laboral. Me dueles porque no eres una ciudad universitaria. Me duele tu precariedad. Me dueles por Teófila veinte años. Me dueles del primer al segundo puente, de la orilla hasta la avenida, de La Punta hasta el ventorrillo del Chato. Me duele que los bares tengan que cerrar a las dos en verano cuando el motor económico de Cádiz es el sector servicios, y si me apuras la hostelería. Me duele que la prohibición de unos vecinos pueda más que la ciudad entera. Me duele que seas una ciudad de viejos. Me duele que mi amigo y vecino tenga que pedir un préstamo personal para abrir al público un trozo de Las Cuevas de María Moco, y que en vez de una iniciativa pública lo sea privada forzosamente. Me duele, sí, me duele ¿Y qué quieres que te diga? si me duele que un día se vote al Kichi y al siguiente se le esté crucificando. Sí, me duele también.

Me duele tanto que hace que no pueda vivir allí. Porque ¿Quién querría vivir en la ciudad del paro? En la ciudad donde nunca pasa nada. A lo mejor un jubilado pero yo, con veintiséis años, no.

No, ni yo ni la mayoría de mis amigos. Y nadie nos podrá achacar que somos unos cobardes, o que no queremos a nuestra patria chica, porque lo intentamos todo antes de salir de la bahía: trabajar por temporadas, estudiar fuera pero ir y venir, trabajar en hostelería a pesar de ser licenciados, o montar nuestro propio negocio y un sinfín de trabajos eventuales, precarios y con sueldos míseros, no eso no lo merecemos. No es que ahora nos hayamos hecho ricos, pero parece que desde lejos Cádiz duele menos y se analiza mejor. Pero se aprecia más, lo que provoca una indignación todavía más grande.

A menudo me pregunto ¿Por qué Cádiz no tiene un cartel en la entrada que ponga “Cádiz, la ciudad más antigua de occidente”? Porque… ¿Lo es no? O “Cádiz trimilenaria” o “Cádiz, la vieja de Europa”…

Otra de las cosas más apabullantes es que haya un asentamiento de tumbas fenicias en un parque para perros donde todos los carteles están quemados y no se puede atisbar mucha información de cada una de ellas. Un día fui allí a hacer unas fotos y me viene una guiri y me dice “Sorry, do you speak english” y le digo “Yes” y me dice “Can you explain me what is this? Beacuse i like, but i dont understand why the informative cartel are burnt?” y le digo “pues parece ser que porque esto es Cádiz y aquí hay que mamar” la guiri no me entendió, claro, y yo le pude explicar lo poco que sabía. Ella me comentó que había encontrado estas tumbas de casualidad y le conté que enfrente, en el parque de los niños, había mosaicos, que fuera a verlos y que cruzando la avenida, en la antigua plaza de toros había un acueducto romano, ella muy emocionada, pero a la vez lo flipándolo muy mucho por lo descuidado que estaba por parte de las administraciones públicas.

Al rato pasé a mirar el acueducto a ver cómo estaba y si la guiri lo había encontrado y me la vi allí buscando un cartel que no existía, ya ni quemado ni sin quemar, mirando como habían “grafiteado”, por decir algo, un acueducto romano y como al ladito justo había un acompañante digno de la escena: un palomo muerto. Pasé tanta vergüenza en mi ciudad, que es una maravilla, encima, por algo que yo no había hecho, encima, y con una persona con la que no me entendía al cien por cien, encima, que no he vuelto a ir a mirar ni las tumbas ni el acueducto ¿para qué? ¿para llevarme un disgusto?

Entonces Cádiz no me pidas que soporte desde el epicentro lo que te están haciendo. Lo que llevan haciéndote toda la vida. “Cádiz se hunde” dicen algunos, “como venga un día un tsunami” dicen otros…pero Cádiz ya lleva enterrada mucho tiempo, enterrada por políticos, constructores y gente de mierda, con perdón de la comida, que no siente nada por esta tierra.

Entonces llegados a este punto de enterramiento y aprovechando la situación llegan las ratas, que son unos mamíferos súper listos, y dicen pues aquí que nos quedamos, tenemos de todo lo que nos gusta; boquetes, basura, pobreza, humedad. ¿Qué más puede pedir una rata si hasta el gaditano se ha conformado? Lo que no saben las ratas, a pesar de ser tan listas, es que el ave fénix renace de sus propias cenizas, como estoy segura que un día lo hará la tacita.

Y yo ya solo puedo decir como Pata Negra: “Ratas, yo os comprendo porque sois de mi parte chunga, porque os gusta la mierda, y rebuscar en las basuras” Como parece que nos ha gustado a los gaditanos en estos últimos tiempos. No quiero decir con esto que el mal que asola a Cádiz sea causado por sus gentes ¡Paco Alba me libre! Lo que quiero decir es que si los gobernantes no sienten el más mínimo amor por esta tierra ¿Vamos a dejarlos que hagan lo que quieran? No creo ¿no?

Tiene gracia que el pasodoble que más me inspire en el anhelo a mi ciudad sea de una comparsa que se llama «La Revolución», a veces pienso que Cádiz puede ser mucho más revolucionaria de lo que es, estoy segura de ello, pienso verlo con mis propios ojos, Cádiz recuerda que, como venía diciendo el pasodoble en cuestión “algún día regresaré y aunque muerta cruzaré tus puertecitas de tierra”.

Te lo juro por La Caleta.

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