Tiempo de lectura 💬 7 minutitos de ná

Vivo en una casa del centro de Cádiz con cuatro vecinos, uno por planta incluyendo un partidito en la azotea. Gente mayor, casa tranquila, sin ruidos, vecindad de toda la vida que ha creado una red de cuidados de esas que mantienen viva esta ciudad barrio por barrio. Al fallecer la vecina del primero sus herederos dividieron el piso en dos y los vendieron. Apartamentos turísticos. La nueva propietaria de uno de ellos –venezolana afincada en Miami– se me presenta y me pregunta si puede dejar con seguridad unas bolsas en el descansillo delante de su puerta. Le digo que con la situación actual de gente que entra y sale no puedo asegurarle nada, que hace unos meses, antes de su llegada y la de sus inquilinos temporales, las podría haber dejado sin problema. Se siente interpelada y la conversación deriva en: “yo tengo que defender mi inversión”, me dice, “y yo tengo que defender mi modo de vida, para que la contienda sea justa no puede ser tu inversión contra mi vida, sino tu vida contra la mía”, le respondo. Entiéndanme el desvío metafórico y la salida maximalista de tono.

En varias ciudades españolas, objetos de interés turístico, la construcción de ciudad se está configurando desde una única perspectiva economicista que anula la vida de su ciudadanía y que se somete al interés del mercado: hoteles, pisos de alquiler temporal, tiendas, cafeterías, ocio especializado, terrazas que ocupan las plazas donde juegan los niños, etc. Se están diseñando ciudades concebidas para consumir y no para que sean espacios de socialización y vida en los que se fomente el debate, la creatividad y el apoyo mutuo. Las actividades e inversiones que dan aliento a estas ciudades están más dirigidas hacia una población pasajera que hacia quien la habita. Sometidas a criterios mercantiles, las ciudades compiten en atraer visitantes, en mostrar lo mejor de sí mismas, en venderse potenciando lo diferencial aunque, paradójicamente, cada vez se parecen más unas a otras. A las ciudades se les maquilla y se les pone la falda corta para venderlas y se les opera para extirparles lo que no se ajuste a los cánones mercantilistas. Tienen parte de razón aquellas voces empresariales que recuerdan que la relación en la que se basa el auge y desarrollo de las ciudades siempre ha sido comercial, mercantil, pero olvidan que el desarrollo, entendido desde una perspectiva contemporánea, tiene, al menos, cuatro vectores que atender: el económico, el social, el cultural y el ecológico (así lo proponen, por ejemplo, Jon Hawkes y Amartya Sen).

La ciudad sitiada alertas ante el escaparatismo
Fotografía: Jesús Massó

La ciudad ya no es un encuentro permanente de ferias y transacciones, sin que eso signifique que se quiera desterrar cualquier actividad mercantil de nuestras ciudades, qué tontería creerlo así. En realidad, ese es el discurso de aquellos que quieren lucrarse individualmente en situaciones de crisis y prometen, a quienes necesitan oírlo, la llegada de un maná en forma de turistas que va a repartir beneficios para todos mientras anuncian la destrucción de la ciudad si no se cede a esa posibilidad. Es verdad que también existe el discurso extremo contrario que ve al turismo como el invasor destructor. Ni tanto ni tan calvo. Inocular miedo al necesitado es una estrategia de manipulación que no suele fallar. En el caso de los primeros, los salvadores, la intención es exhibir la ciudad en un escaparate. Economistas, investigadores culturales, urbanistas, ecologistas y trabajadores sociales advierten de la patología social que puede producir un desarrollo desequilibrado basado exclusivamente en lo económico y los conflictos que se derivan de una apuesta de monocultivo económico. Veamos algunos de ellos.

Conflictos económicos. El mercado no ha desperdiciado la oportunidad de considerar las ciudades como un objeto de consumo más. Primero fueron las casas y ahora son las plazas, las calles e incluso la identidad de sus gentes. Una vez más, la necesidad de unos se convierte en el objeto de enriquecimiento de otros. Entre los efectos económicos negativos que la dependencia del turismo puede provocar se encuentran: a) la desigual distribución de ingresos. Los habitantes de ciudades que sufren una grave crisis económica y que están necesitados de ingresos, empleos y del alza de sus estándares básicos de vida ven en el turismo una tabla de salvación, pero en realidad tienen pocas oportunidades para disfrutar de las ventajas que esa economía conlleva. b) El carácter estacional y precario del empleo. El empleo generado por la industria del turismo crea espejismos en las ciudades que dependen de ella. La necesidad, la falta de asociacionismo y la identidad empresarial impersonalizada se traducen en condiciones laborales mermadas como son la inseguridad médica, escasa formación, falta de control de horarios, temporalidad o no reconocimiento de la experiencia. c) La subida de los precios en vivienda. El aumento de precios en el parque habitacional de las ciudades turísticas, debido al alza en las demandas, supera el aumento de la carestía de la vida y eso afecta a aquellos residentes locales que no pueden afrontar dicha subida ya que sus ingresos no aumentan proporcionalmente. d) Aumento del precio de los servicios. Esta demanda externa también se traduce en aumento del precio de los servicios y en el aumento de la inversión pública en infraestructuras para satisfacer las necesidades y exigencias del visitante y de las multinacionales y grandes empresas que negocian con ellos.

Conflictos sociales. a) Desde las administraciones entregadas a la causa turística, el grueso de las inversiones públicas se centra en áreas destinadas al visitante y no en aquellos barrios o zonas donde reside la mayoría de la población y donde necesidades básicas quedan desatendidas (centros de día, colegios, seguridad, pavimentación, etc…) b) Las relaciones humanas se pervierten si vemos a los visitantes como clientes a los que esquilmar. c) El exceso de visitantes y de terrazas provocan una congestión del espacio público. e) De todos estos factores se deriva un cambio poblacional en los barrios que se traduce en la desaparición de colegios, zonas de recreo infantil, comercios de compra o uso cotidiano como zapateros, tiendas de barrio, etc. La pérdida de vida de barrio también hace desaparecer aquellos espacios u organizaciones de colaboración mutua: asociaciones barriales o vecinales, asociaciones de comerciantes, ampas, plazas y parques relacionales.

Conflictos culturales. La comida, el patrimonio histórico, las tradiciones y la identidad no solo son buenos reclamos publicitarios sino que permiten establecer un tipo de relaciones fructíferas entre turistas y habitantes de la ciudad, un tipo de enriquecimiento mutuo que puede verse perjudicado si se establece a través de criterios económicos excluyentes o, incluso, de intransigencia o superioridad identitaria o étnica. a) Mercantilización de la cultura. La cultura ha ejercido un papel sustancial en algunos procesos de aburguesamiento de áreas. Entender la cultura solo como atractivo turístico impone una visión de la cultura como recurso insustancial y de consumo, sin capacidad transformadora. b) Identidad. La realidad turística supone la posibilidad de encuentro entre diversas culturas e identidades. Grave error cometemos si pensamos que la identidad que cada ciudad contiene es un simple atractivo diferenciador para vender marca, olvidando que las identidades de los pueblos tienen sentido en su propia evolución c) Patrimonio. Las ciudades o entornos históricos o naturales que se promocionan como destino turístico patrimonial se someten a riesgos que deben ser atendidos por las instituciones responsables. Deprime pensar que nuestros modelos culturales y patrimoniales se aborden desde la perspectiva de uso del turista y no de la riqueza de saberes y conocimientos que puede producir en nuestra ciudadanía. Lastima ver que nuestras ciudades, con su patrimonio cultural e histórico sean entendidas como productos de consumo para turistas que traen beneficios económicos inmediatos, obviando su capacidad de generar capital simbólico para nuestros habitantes.

Conflictos medioambientales. El impacto medioambiental que genera el desequilibrio y la falta de control de un turismo masificado está siendo motivo de conflicto para diversas administraciones municipales y regionales. a) El exceso de consumo de materiales no biodegradables, el sobreconsumo de energía, el transporte no ecológico, la ingente cantidad de residuos que se genera, la concentración desequilibrada de todos estos problemas en áreas no preparadas para soportar este crecimiento desmedido necesitan de medidas políticas destinadas a paliar los gravísimos efectos negativos que producen en nuestro entorno y en problemáticas globales como el cambio climático. b) El turismo se siente atraído por espacios cuya calidad del aire y entorno ambiental estén cuidados, aunque luego presente inconsistencias directas a la hora de mantenerlo debido a su estadía pasajera, e indirectas al exigir aeropuertos cada vez más cercanos al destino, puertos sometidos a las empresas de cruceros, instalaciones adaptadas a sus demandas, accesos a las playas, campos de golf hipercuidados, marinas acondicionadas a sus atraques, construcciones que no respetan distancia con la costa, provocando masificación de visitantes en espacios cuyos servicios no están preparados para satisfacer sus básicas necesidades vitales, contaminación acústica, contaminación lumínica o generación masiva de residuos y causando cambios drásticos en la zoología, orografía y en el equilibrio ecológico de ciudades y entornos turísticos.

El turismo puede ser un motor de desarrollo, pero hay que vigilar su crecimiento desequilibrado, evitar que genere desigualdades, controlar que no se apropie de nuestras casas o de nuestras calles, que genere beneficios bien repartidos, que sea un creador de empleo digno, que sea respetuoso con nuestro patrimonio, con nuestra identidad y su evolución, que entienda y enriquezca nuestra cultura, que no sea impositivo ni demande transformaciones perversas y que no ejerza su poderío económico en desplazar a los y las habitantes del lugar. Se trata de que el capital y el espacio público invertidos generen beneficios para toda la ciudadanía y que sea ésta quien lidere los procesos de esa inversión. Se trata de evitar la explotación, la acumulación en pocas manos y el enajenamiento de lo que la propia ciudad produce y de aquello en lo que la propia ciudad invierte. Se trata de enriquecer la identidad propia con la “contaminación” de las culturas visitantes. Se hace necesaria una planificación estratégica que tenga como objetivo la mejora de la calidad de vida, la sana relación de los habitantes entre sí y con los visitantes. Es necesario consensuar cuál es el modelo turístico apropiado que permita situar a la ciudadanía en el centro de la política turística, porque asusta pensar que estemos ante un proceso encubierto pero acelerado de privatización de las ciudades.

La ciudad son sus niños, sus jóvenes, sus mayores, sus colegios, sus zonas de recreo, sus comercios locales, su entorno geográfico y, por supuesto, las relaciones que se establecen con la población pasajera. La realidad en la que convirtamos nuestras ciudades tendrá mucho que ver con la sociedad que estemos construyendo; por ello, alertamos sobre lo que puede ser un espejismo producido por una necesidad urgente de revitalización de la economía de esas ciudades, pues ya sabemos lo que tienen las crisis, que producen enemigos débiles a los que echarles las culpas a la vez que producen falsos mesías y falsos manás.

FIT

Recibe "El Tercer Puente" en tu buzón

  • Responsable: El Tercer Puente Sociedad Coop. Andaluza. Finalidad: Para enviarte los números y avances de eltercerpuente.com a tu email. Legitimación: Tu consentimiento. Destinatario: MailerLite, nuestro servicio de envío de correos. Derechos: Acceso, rectificación, limitación y supresión de tus datos si nos lo pides.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *