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Jaime pastor

Fotografía: Jesús Massó

Hace algunos años ya, en los estudios y análisis de prospectiva política comenzó a aparecer un término que, dentro de la escasa atención que obtuvo, generó un notable grado de escepticismo entre estudiosos y público interesado en general, dado su evidente carácter contradictorio; ese término era el de “democracia autoritaria”. Por definición, la democracia nunca podría ser autoritaria, según los cánones clásicos de las esencias ontológicas, para decirlo con palabras gruesas. Pero sabido es que las contradicciones no necesariamente señalan la existencia de un error, sino que a menudo, al decir de Edgar Morin, significan “el hallazgo de una capa profunda de la realidad que, justamente porque es profunda, no puede ser traducida a nuestra lógica” convencional o establecida.

Lo cierto es que, poco a poco, la atención en torno a esta expresión fue en aumento a la vista de ciertos acontecimientos “democráticos” anómalos nada sutiles, “de bulto”, que comenzaron a merecer una mirada menos complaciente, más crítica, hacia el sistema democrático liberal y, así, el inicial escepticismo ha ido dando paso al convencimiento de que el concepto de “democracia autoritaria” ha dejado de ser sólo una propuesta teórica descabellada para pasar a convertirse actualmente en una realidad empírica difícil de orillar en los análisis políticos de fondo.

Ahora bien, con lo de acontecimientos “de bulto”, nada sutiles, no me refiero ya al clamor de estos días contra lo que se ha dado en llamar “el avance de los populismos” (lo de Trump, el Brexit y demás realidades nuevas que interesadamente se quieren meter en el mismo saco), pues considero que ello no deja de ser una alarma impostada, y a destiempo, de quienes consideran suficientemente democrático el estado de cosas (el statu quo) anterior a estos indicios. Evidentemente, hoy somos más conscientes de que algo de carácter estructural  falla en nuestras democracias realmente existentes. Pero como las críticas a la racionalidad democrática liberal suelen calificarse como ataques a la democracia sin más, se recurre al chivo expiatorio, que, en este caso, se identifica o bien con un grupo de locos payasos capaces de asaltar el poder, o bien con una amplia mayoría de un electorado mezquino, sin cabeza y sin idea de nada.

Todo vale con tal de disuadir el análisis en profundidad y la mirada crítica sobre un sistema que ha disfrutado de una legitimidad que sólo ahora comienza a percibirse como cuestionable. ¿No era nuestra “madura y estable” democracia liberal, por definición, un cortafuegos definitivo precisamente contra todo lo que hoy viene aconteciendo bajo la mirada atónita y perpleja de la ciudadanía? Una ciudadanía que, de repente, ha tomado conciencia de su orfandad respecto de las instituciones imprescindibles para conjurar las arbitrariedades autoritarias, las mentiras y las corrupciones de unas élites (económicas, políticas, mediáticas…) carentes en absoluto de sensibilidad democrática, precisamente.

Parece que, de pronto, nos hemos dado cuenta de ciertas incompatibilidades fundamentales con las que ha venido conviviendo la democracia. Ha llovido mucho desde que escribí que “la democracia no puede subsistir en una atmósfera cultural en la que predomina la neurosis del lucro; que cuenta con un auténtico y omnipresente sistema empeñado en des-educar a la ciudadanía; que mantiene como rehén al sistema mediático sometiéndolo a todo tipo de maniobras de dependencia y sumisión; que persevera desde siempre en la anulación de la figura esencial del ciudadano; que, en fin, reduce y supedita la vida misma a empeños y metas mediocres, nunca más allá del ecosistema pecuniario”.

Sin ánimo de exhaustividad, podríamos identificar los perfiles de la “democracia autoritaria” a través del protagonismo que tiene esa nebulosa económico-financiero-monetaria conformada por instituciones que funcionan al margen de criterios democráticos, como son los Bancos Centrales; el Fondo Monetario Internacional; el sistema bancario; las Agencias de Calificación; Parlamentos desactivados previamente y refractarios a una verdadera participación popular, como el Parlamento Europeo; poderosos e influyentes grupos de presión que encuentran cálido cobijo bajo el manto de gobiernos de diferentes ideologías; el mantenimiento de un mundo del trabajo que constituye un ámbito en el que penetra con extrema dificultad la dimensión democrática más elemental; impunidad ante el incumplimiento de los programas electorales; clubs de poderosos y mandatarios mundiales que se reúnen en la sombra y deciden sobre asuntos de calado mundial al margen de consideraciones democráticas…, etc.

Pero quizás el elemento que opera más directa y eficazmente en la conformación de la “democracia autoritaria” lo constituya la inmensa maquinaria ideológico-publicitaria construida con el objetivo de socializar y generalizar el consentimiento popular necesario para legitimar la ideología neoliberal, actualmente hegemónica en el mundo y tan contraria a la democracia precisamente.   

Lo cierto es que habíamos confiado en que la voluntad popular, expresada cada cuatro años en las urnas, era la que realmente determinaba la dirección de las políticas y de los acontecimientos más relevantes del “mundo democrático occidental”. Pero de un tiempo a esta parte la ciudadanía ha comenzado a sopesar la posibilidad de que la triunfante historia escrita de la democracia contemporánea no haya sido más que el ejercicio de un exitoso camelo destinado a encubrir y disimular la gran estafa epocal: el aborto prematuro y consciente de la democracia por parte de quienes precisamente aseguran haberla felizmente parido, amorosamente arropado y valientemente defendido.

Porque la conclusión a la que podríamos llegar es que los “males” que afectan a nuestras democracias occidentales realmente existentes no son el producto de hechos puntuales, cíclicos o más o menos recientes y pasajeros, como se nos quiere hacer creer en el caso de la actual “crisis económica”, sino que la “democracia autoritaria” habitaba ya entre nosotros desde su fundación en su forma liberal moderna.

La democracia liberal-representativa, esa misma democracia que hoy muestra sin complejos su genética autoritaria, fue diseñada bajo los dictados de una pulsión que afecta a todo poder constituido: la demofobia, es decir, el miedo al pueblo, el desprecio de la soberanía popular, el rechazo a la verdadera democracia. La noción de demofobia está asociada a la tendencia de las élites que poseen el poder a eludir e impedir el protagonismo de la soberanía popular, de la democracia, del pueblo, de las mayorías. La demofobia se refiere a la voluntad (más o menos consciente) y a la actividad (más o menos organizada) de las élites para que las decisiones más relevantes queden fuera del alcance de la ciudadanía común. Ni que decir tiene que la democracia, entendida en su sentido amplio de gobierno del pueblo y para el pueblo, experimenta necesariamente un sofocamiento o ahogamiento importante en virtud de las prácticas demófobas del poder, ya sea este político, económico o de cualquier otro tipo.

En consecuencia, deberíamos pensárnoslo bien antes de desestimar conceptos supuestamente irrelevantes o erróneos por su aparente carácter contradictorio. Con todo, lo peor de la “democracia autoritaria” no es su autoritarismo, sino que se nos quiera ─y se consiga─ hacer pasar por democrática, precisamente.

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