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Fotografía: Jesús MassóJaime pastor

A pesar de su resistencia a dejarse comprender, a estas alturas sabemos ya muchas cosas acerca del lenguaje. Sabemos, por ejemplo, que no sólo lo utilizamos para comunicar, sino que también es un instrumento que se amolda perfectamente a los trucos de la incomunicación inducida. Conocemos su importancia en la cognición —el conocimiento— de la realidad, del mundo en que vivimos; pero al mismo tiempo no ignoramos que el lenguaje puede ser también un elemento al servicio del enmascaramiento intencionado de cualquier realidad considerada.

Por concretar un poco, quisiera referirme a la ligereza y al escaso sentido crítico con  que hemos venido aceptando la utilización del término democracia para caracterizar un sistema político como el nuestro. Acostumbrados a representar de buen grado ese confortable papel de consumidores apresurados, no caímos en conceder importancia al hecho de que la etiqueta DEMOCRACIA apenas aclara nada sobre el producto etiquetado. De hecho, nos había llegado a resultar aburrido leer la letra pequeña de las grandes cuestiones de nuestro día a día político. Y como confiábamos en el sistema, pues todo iba rodado.

Pero cuando las cosas empezaron a torcerse, nos dio por escudriñar etiquetas. Nos pusimos a revisar contratos. Y así descubrimos que bajo ese cotidiano discurso (ahora se diría relato) que afirma e insiste en que somos una “democracia consolidada”, una “democracia madura”, etc., había una especie de “cláusula suelo” con la que nuestro contrato social-político-bancario había sido contaminado en origen, sin que hayamos sido apenas conscientes de ello durante todo este tiempo vivido en libertad liberal.

Igual que en el asunto de las hipotecas bancarias, la “cláusula suelo” de la democracia otorgada, de esa democracia en la que durante mucho tiempo confiamos, escondía mecanismos para que los privilegios de los dueños de la situación siempre estuviesen a salvo, por mucho que el mercadeo (sic) financiero fluctuase o enloqueciese.

Precisamente sería la proliferación de patologías financieras el hecho decisivo que nos vendría a mostrar que esa pretendida democracia “consolidada”, “madura”, no estaba  intencionadamente diseñada para la función básica de una auténtica democracia digna de tal denominación. Porque una democracia madura y estable constituye, por definición, un cortafuegos eficaz contra todo lo que hoy está realmente aconteciendo bajo la mirada atónica y perpleja de la ciudadanía. Una ciudadanía que, de repente, toma conciencia de su orfandad respecto de las instituciones imprescindibles para conjurar las arbitrariedades de unas élites carentes en absoluto de sensibilidad democrática, precisamente.

Visto lo visto, y lo que tal vez nos queda por ver, puede que la democracia —aventuro maliciosamente— no haya estado nunca presente en un sistema que se autocalifica y proclama, precisamente, de democrático. De ahí que en los últimos años se esté acentuando ese desalentado sentimiento de sospecha entre la ciudadanía, a la que cada día se le dan nuevos motivos para la desafección y para el rechazo hacia este sistema de democracia otorgada. Todo en el transcurrir de nuestro día a día político abona la sospecha de que la triunfante historia escrita de la democracia contemporánea no haya sido más que el ejercicio de un exitoso camelo destinado a encubrir y disimular la gran estafa epocal: esa libertad liberal que se nos llegó a vender incluso como el régimen político definitivo.

Y ha tenido que ser en el ámbito laboral, en el mundo del trabajo, donde se ha evidenciado con mayor rotundidad la escandalosa ausencia de democracia de nuestro sistema político. Las condiciones a las que en esta nuestra “democracia madura” se está sometiendo a quienes  simplemente aspiran a vivir de un trabajo honrado, han rebasado ya, con mucho, el nivel de lo tolerable. Las salidas laborales a que cada vez con mayor frecuencia se ve abocada la gente implica el padecimiento de alguna de estas auténticas amputaciones deshumanizadoras: la renuncia a la propia dignidad, la aceptación de una explotación inadmisible, el olvido “voluntario” de los principios éticos y morales básicos.

Ya se habla con naturalidad (argumentaciones perversas de por medio) de relaciones de trabajo sin remunerar, rebasada ya la fase de las remuneraciones miserables. Raro es el día que no conocemos un episodio más, que hace buena la situación anterior, de esta pesadilla en la que se ha convertido el ámbito laboral. Cuesta pensar que hubo un tiempo en el que llegó a contemplarse la posibilidad de que los procedimientos y prácticas democráticas fuesen sustituyendo las estructuras autoritarias propias del mundo del trabajo. Eran tiempos en los que aun se confiaba en la paulatina prevalencia de la política democrática sobre el autoritarismo fáctico de los mercados.

Hoy esa esperanza está prácticamente perdida. De hecho, se extiende sobre la ciudadanía un sentimiento de añoranza hacia un pasado donde ciertas cosas parecían aún posibles. Los factores que han contribuido a establecer como normal este estado de cosas, así como la descripción y consecuencias que el actual panorama social está teniendo sobre los seres humanos, es el tema del libro póstumo de Zygmunt Bauman, titulado consecuentemente como “Retrotopía”.

En este contexto de “ruido y furia”, los adalides del pensamiento contable que sembraron de “cláusulas suelo” esta nuestra supuesta “democracia madura” parece que están aceptando, a regañadientes, la devolución de unos réditos ganados con premeditación y alevosía. Lo que no sabemos es si conseguiremos algún día que nos devuelvan tanta dignidad  secuestrada en nombre de una política deshumanizada a la que con tanta frivolidad continúan llamando democracia. Y haciendo gala del cinismo propio del poder, hasta la califican de madura y consolidada. Cosas del lenguaje…

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