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Pepe maestro

Fotografía: Jesús Massó

Le pregunté a mi perro, al modo de Miguel Mora, si opinaba que España era una mierda.

Mi perro, si bien es de pocas palabras, no rehuye ningún tema y siempre tengo en cuenta su criterio. No es que los temas políticos, jurídicos, sociales, constitucionales… sean su fuerte; tampoco lo considero un perro especialmente informado, pero a su modo, es capaz de alumbrar algunos interrogantes.

Arqueó su lomo, estiró sus patas delanteras y alzó las traseras, en una composición que recordaba en parte el saludo al sol.

-Si quieres hablar no tengo inconveniente pero hagámoslo en otra parte- parecía aconsejarme.

He de decir que mi perro, al igual que otros caninos, pertenece a la escuela peripatética, y prefiere conversar andando, a sabiendas de que el cuerpo y el intelecto se hallan firmemente unidos.

Nos fuimos a los Toruños, esa maravilla a escasos minutos de Cádiz, y unas cuantas gallinas nos recibieron con gran alborozo. Más allá, un gallo cobarde e imponente fanfarroneaba:

-¡No me provoquéis, no me provoquéis….!

Decidimos tomar un estrecho corredor de retama en flor que semejaba un paseo nupcial. Cuando lo cruzamos pretendí iniciar de nuevo la conversación:

-¿Y bien?…

Pero el perro (me encanta lo anterior) no parecía dispuesto a abordar el tema de un modo directo. Un rastro, sin duda más acuciante, llamaba su atención. Se introdujo de modo temerario por unas chumberas que se hallaban orladas por un tapiz azul y amarillo de flores silvestres. Esperé un buen rato hasta que apareció raudo detrás mía, precedido, eso sí, de un lagarto enorme y de un verde chillón que contrastaba con la suavidad floral. El lagarto huía en dirección a un enorme arbusto de romero. Llegó a tiempo, un par de segundos antes que mi perro, que lejos de darse por vencido, lo acorralaba con incesantes ladridos que rasgaban el silencio de la laguna.

Algunas aves decidieron batir sus alas hacia la lejanía.

No me lo estaba poniendo muy fácil y decidí repetirle la pregunta:

-¿Crees que España es una mierda?

De repente, más allá, un conejo corría hacia el norte y su trasera blanca era un señuelo tan llamativo que ningún perro que se precie puede desperdiciar.

Me vino a la cabeza eso de que el nombre latino de España significaba precisamente tierra de conejos. Me alegró recordarlo pues mi perro es muy dado a conversar por el sistema de Revelación.

Aunque pronto comprendí también que no iba a ser una conversación o revelación fácil. Sobre todo por el pacto que mantienen mi perro y los conejos: es un  pacto de instinto.

Mi perro, obviamente, se encuentra bien alimentado como perro urbano y doméstico que es. No necesita cazar para su supervivencia. Pero de ahí a eliminar su instinto hay un trecho que no pretende recorrer. Digamos, que si atisba un conejo, no atiende a razones que no sean sino las puramente depredadoras. Ahora bien, eso no quiere decir, que siempre lo haga en la dirección más ajustada. Si algo he aprendido de los perros es que los humanos, algunas veces, sobrevaloramos en exceso la  racionalidad. Si aparece un conejo corriendo hacia el norte mi perro lo hace hacia el sur; si el conejo gira hacia el oeste, busco a mi perro hacia el este. Al final, fuera de toda lógica, mi perro y el conejo acaban encontrándose (a no ser que se trate de otro ejemplar y yo no los distinga).

El conejo siempre busca el refugio, sea de la maleza o de la madriguera. Mi perro lo acosa hasta la exasperación y aunque lo intenta por una o varias salidas, he de decir, que afortunadamente para mí (y me temo que también para él) mi perro no ha cazado un conejo en su vida; solamente los persigue en un juego natural y que termina con un jadeo de ojos desorbitados y un rostro feliz que te mira extasiado diciendo:

-¡Está guay!¿Porqué no te animas?

Aquella mañana además añadió:

-Tú queráis hablar, ¿no?

Asentí convencido de que por fin mi perro entraba en razón, cuando otro rastro llegó a su olfato. Lo noté enseguida. Su rostro puso aquel movimiento de “espera un segundo” y antes de que yo pudiese detenerlo ya se había abalanzado sobre una enorme boñiga de no se qué animal.

He de confesar que a mi perro le encanta restregarse sobre algunos excrementos. No quiero decir que lo haga con el primero que vea sino que lo hace de una manera selectiva y pasional. Cuando encuentra una mierda que le convence agita su cuerpo de tal modo, con tanta insistencia y ferocidad, que si la mierda no queda incrustada hasta la última capilaridad de su cuerpo, no halla la satisfacción.

Esto, dado que convivimos juntos, me supone una gran zozobra y desesperación

Alguna vez me han dicho que el perro lo hace por su instinto de cazador, para camuflarse y adoptar otro olor que no sea el suyo. Yo sinceramente, creo que lo hace para putearme.

Si a continuación, el perro halla la paz espiritual y con ojos claros, serenos, que sobresalen aún más de ese tono parduzco y recién estrenado, te pregunta: –Y bien, ¿que me querías decir?, a uno se le queda el rostro lelo, abotargado incluso por tanta lelez, la pregunta colgando en tu interior…¿crees que España es una mierda?… tu perro feliz, imbuido de todo aquello que uno recela, y sobre todo, alumbrado una vez más por su sencillez, por la infinita sabiduría del instinto.

Todo depende del cristal por el que miras, parece decirme una vez más el maldito, feliz, amado perro.

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