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Jose maria esteban

Fotografía: Jesús Massó

Siempre se ha dicho que los cambios son oportunidades para mejorar, para aprovechar las circunstancias y orientarlas hacia un mejor camino. Tengo cada día más dudas de ello. Es evidente que los sucesos en Manchester, Londres y antes en Múnich y otras muchas ciudades,  nos colocan a todos y más especialmente a los que tenemos allí descendencia,  en una situación de precavida inquietud, que no debe ser de pánico ni de inconsciente miedo. Con esto y con lo que pasa a nivel mundial en economía y en avances sociales, no tengo la percepción de que vayamos hacia situaciones mejores.

Y no lo digo porque este mundo tenga el deber de evolucionar para alcanzar mejores momentos de bienestar social y justicia. Siempre ha habido altibajos, pero siempre se avanzó de manera segura aunque lenta hacia horizontes de mejores esperanzas para los que nos seguían.  Aquello de la sostenibilidad de la UNESCO: dejar un mundo mejor del que encontramos, se nos aparece como un modelo complicado. En estos momentos nos hemos ido despreciando tanto que pienso que habría que volver a repensarlo todo.

Hay tanto engaño en todos nosotros que hemos construido algo de forma tan artera e interesada que ha hecho que el aire sea áspero e irrespirable en muchas ocasiones. Somos muchos y de muy diferentes pareceres, pero estoy convencido de que la solución tiene mucho que ver con la sencilla y discreta búsqueda del por qué de una falta de respeto en la evolución social para, decididamente, frenar el crecimiento exponencial en los logros de la barbarie.

Cuando digo barbarie, lo digo en el sentido estricto de lo que es un deterioro de las reglas de juego vivencial y social que se degradan progresivamente -y no solo por los atentados sin escrúpulos, donde ya ni siquiera los profesionales de la guerra tiran contra los otros profesionales; aquí no se salva nadie: niño, niña o civil- digo barbarie en todos los sentidos de la vida, y en ello la globalización ha invertido su sentido de desarrollo ágil, para convertirnos en armas arrojadizas contra nosotros mismos todos los días.

Corrupción sistemática, como si ya llegaran los últimos días del planeta; especulaciones engañosas, como si estuviéramos en los primeros tiempos de la época Industrial; sofisticados sistemas para modificar la voluntad popular con tejemanejes de ganancias en pseudodemocráticas votaciones; daños a competidores y/o salidas de tonos incumpliendo flagrantemente sencillas y ya aprehendidas formas de convivir; mínimo de ricos más ricos y máximo de pobres cada vez más pobres. Cada día decenas de ejemplos.

Si, lo sé ya todos estamos muy hartos de escuchar estos diagnósticos, que nos machacan y martillean diariamente los oídos y conciencias en interminables tertulias del decir por decir; pero heme aquí que solo quisiera reflexionar sobre lo obvio, y por qué no, también sobre lo liquido.

No es solo un tema de religiones; no es un tema de control interno o externo de los procedimientos; no es un asunto de credibilidad en el anejo o ajeno próximo.

Se trata de algo mucho más profundo y a la vez tan evidente que se ha perdido hace muchos años, y que la tecnología se encargado de ampliar y a la vez difuminar para que todos, absolutamente todos, inexorablemente, estemos infectados y anonadados ante lo que ocurre.

Hay que creer en la esperanza de un mundo, cercano o lejano, mucho mejor.  Esa batalla debe comenzar desde el uno a uno. Debe ganarse por todos los soldaditos de este mundo en los que ahora nos hemos convertido las personas que lo habitamos. No valen falaces golpes de pecho y estertóreos lamentos o exculpaciones frente los otros. Consiste en algo mucho más simple, esencial y sosegado: respeto.

Todo aquello que pensamos y decimos que es mejor para nuestras relaciones debemos ponerlos en práctica, sin zarandajas ni tapujos. Se trata exclusivamente de ser respetuosos con nosotros mismos y con los demás. Si hay principios, otros los llaman valores desde una actitud cívica, o si cuando lleguemos a sitios de poder o de toma de decisión implantamos medidas éticas o si poseemos esas conductas de respeto responsable, todo nos irá mejor.

Evidentemente esto, que parece sencillo, es la enorme dificultad de la marcha del mundo, que hace que este se encuentre en una pequeña deriva en estos pasos de siglos. Quizás la tecnología nos tiene entretenido el pensamiento. Ya no es tiempo de guerras ni descastes, al menos no de aquellas cruentas bestialidades.

Hay que dejar ser a las distintas culturas, respetarlas; hay que entender que más vales cuanto más trabajas  y no por cuánto heredas o por merecer gratis lo ajeno.  Hay que volver al principio de que la humanidad lo es por sus humanos y creencias en las humanidades de los otros. Las conquistas de aquellas filosofías del conocimiento del hombre para el hombre, y no doy nombres, con la evidente evolución para el mundo desde las del siglo de las luces del XVIII, confluyendo en la mitad del siglo XX, creo que todavía son rescatables.

Me niego a pensar que este mundo que vamos a dejar a nuestra progenie y con ello a la sociedad no tenga algún arreglo. Lo digo tal como lo siento. No vivir en las naturalezas de lo humano, nos está llevando a un zoo, donde las jaulas están vencidas y aquí corremos cada cual por un lado, temiendo que el que pensamos que es más grande nos engulla, cuando lo que tiene es solo tanto miedo como nosotros y convierte su defensa en eso, en un pavoroso ataque.

Salud.

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