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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

En algunas historias, nos encontramos con personajes dejados ahí por el autor para darle consistencia a la trama y para conducir al sitio indicado al protagonista. Parafraseando el principio del arma de Chéjov, para ayudarle a disparar la escopeta que apareció al principio del relato y que necesariamente debe entrar en acción en un momento dado. En las películas ocurre algo parecido, como con los McGuffin de los que habló Hitchcock. El McGuffin es un elemento distractor no muy relevante, pero que realiza una función, y así, lleva al héroe de la historia a una habitación o le enfrenta a su antagonista. Como variante de los soportes de las historias, también tenemos otros que cumplen la función de despertar las simpatías de un sector del público, o bien ubicar moralmente al motor de la historia por comparación con uno de los malos sin fisuras o con otro de una ambigüedad moral bien dosificada desde su irrupción en una trama negra, por ejemplo.

En el área de gobierno democrático, en la política con poder, usualmente de una manera mucho más de andar por casa, nos encontramos con el correlato de las funciones de los personajes de una historia: el protagonista, y un reparto de actores con una función concreta y que también deberán ser activados y disparados cuando corresponda: los secundarios, los catalizadores, los distractores, o los oportunistas. Aparece un jefe que debe llegar a cumplir un programa de gobierno, que es una manera de resolver un caso, de cruzar un bosque encantado o de sobrevivir en una isla desierta llena de escaseces y peligros. Como la carga es muy grande, se nombran cargos a los que dotar de responsabilidades ante el público; es decir, ante la ciudadanía. Su función no es sólo la de hacerse cargo de las playas o los cementerios, sino la de sacar la cara para que se la partan cuando corresponda, bien a iniciativa propia, bien por mandato de quien le nombró, cuando se están sustanciando asuntos de mayor enjundia. Cuando se renuncia, al menos temporalmente, a defenderse o a atacar al adversario que no gobierna, queda el recurso de jugar a ser el blanco del pimpampum, ese juego antiguo de feria en el que se lanzan pelotazos hasta tirar al suelo unos muñecos sonrientes, ganando quien logra tirarlos todos primero o tirar más muñecos que nadie.

Si las aguas se enturbian, se saca un ministro a decir los mayores disparates. Dile que con unas clases de Economía podrá tirar el jefe adelante; condecora una vez más a la Virgen que te quede más a mano; en otros países, el responsable de Economía pide a los pensionistas que apresuren la fecha de su incineración. Para recibir más pelotazos, se añaden eufemismos como llamar indicios cuando los demás perciben rayos y truenos. Di que se desacelera el crecimiento cuando todo se viene abajo; habla de la separación de poderes cuando colocas jueces en el sitio oportuno. ¿Y quién mejor que un buen secundario bien caracterizado para llevarse las tortas? Dile a una ministra simpática que se toque el espinazo; encarga a otros señores respetables que le canten a la patria cuando no sabes si te levantarás en el mismo país en el que te acostaste, úrgele a un candidato de segunda que se suba a una bicicleta cuando presume de una colección de coches de lujo. Siguiendo el principio del antiguo pimpampum, se supone que enseguida la bisagra te devolverá a tu sitio tras el escarnio de los bares, las redes y la televisión, que en mayor o menor medida siempre pican en eso que algunos llaman “insultos a la inteligencia”, cuando en realidad los que están al mando podrían ser tontos, pero no tanto como a menudo parece.

A veces, incluso, se recurre a los adversarios para distraer de atacar a quien gobierna. Las reprobaciones en el parlamento, en contra de lo que dicen unos y otros, casi nunca debilitan al jefe del gobierno, sino al directamente atacado. Y así, el jefe, como un ciclista tramposo, recupera oxígeno gracias a la sangre que le presta un subalterno sacrificado.

Como vemos, un ministro de Interior no hace solo de ministro, ni una concejal de Hacienda se dedica a administrar escaseces. Al menos, media jornada mediática o más debe dedicarse a distraer al público, mejor cuanto más salve la cara de nuestro personaje principal, presidente del gobierno, presidenta autonómica, alcalde o alcaldesa. Sin este papel de tentetieso, que tiende siempre a levantarse, no hablaríamos de políticos, como los conocemos, sino de altos funcionarios o eso que a algunos reclaman en las crisis: los tecnócratas. Pero estas figuras no tienen que ver con un político que, con las complicidades necesarias, juega a ser guionista, director, payaso, montador y propagandista de lo necesario e insustituible de su continuidad en la  acción de gobierno.

Con los medios digitales y las redes sociales, fundamentalmente, han cambiado los soportes y así se ha facilitado una veloz propagación y rebote de noticias, opiniones y tendencias. Y aunque les costó entrar, a los cargos en el poder (“tanto Twitter y tanta opinión, oiga”) los políticos, especialmente con cargos, ya saben utilizarlo de la misma manera que las herramientas anteriores, descargándose de odios y desviándolos a quienes convenga. Se mire a la instancia y al partido que se mire, siempre hay al menos un chivo expiatorio más antipático, más soberbio, más “insultable”, más incapaz y más bocazas y, por tanto, mucho más odiado que el que está en lo alto, el responsable que, de tan visto, sorprendentemente resulta ser el hombre en la sombra, encarnando incluso un Pilatos 3.0. Los Mcguffin de la política están ahí para cumplir su función de alargar la historia y de apuntalar al jefe de filas. Pero después de leer muchas novelas y tragarnos tantas series, ojeadas en las redes, y tantos pantallazos de noticias cada día, al revés de lo que reza el dicho, el bosque no nos debería impedir ver el árbol.

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