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L mingorance
Fotografía: Jesús Massó

Entro adentro y no puedo salir fuera. Miro por la  ventana, llamo por el teléfono, me atormento por la lluvia que no para en Madrid desde que no para. Intento ser yo todo el tiempo que me lo permito. Cuando dejo de serlo, aunque sea por un segundo, la gente mala me atrapa en su trampa. Bajo al tercero y no tengo cuartos. Los malos no son muchos pero están vivos todo el tiempo, atentos, con una sonrisa falsa y una mirada ciega. Se pueden oponer a una huelga, decirte que estás muy guapo, decir que Albert Rivera les parece consecuente, Mourinho un ganador, comentarte algo en Facebook como el que no quiere la causa. Pueden decirle tu nombre a la policía de los apellidos, al círculo de lectores cuadrados, pueden prestarte un euro para la máquina o pueden maquinar tu destrucción. Googleo “gente mala”, mientras las veo pasar por delante de mi ordenador. Pienso en la gente mala porque quiero escribir de ella y me tengo que inspirar en lo contrario. Por lo tanto, por lo tonto, por los tientos, para que no me den las tantas, pienso en mis padres. En los míos.

Mi padre fue obrero en Astilleros y mi madre sigue siendo ama de casa en Ciudad Jardín. Mi padre sigue siendo también, lo que me hace muy feliz cuando escribo y cuando vivo mi existencia diaria, aunque estén lejos, aunque no los llame, aunque cuando bajo a Puerto Real me voy a Cádiz y los veo menos de lo debido. Pero son mis padres y siguen siendo los andamios preciosos y precisos de mi alma.  Y lo son desde que tenían más o menos mi edad y no perdían el tiempo en adivinar la fisiología, la filosofía y la fisionomía de la gente mala. Se dedicaban a combatirla entre chicucos y diteros, entre 10 duros de churros y una hermanita por venir, entre  Matagorda y la Plaza de Abastos, Nieves y Galerías Vidal. Ellos eran buenos y os lo pueden contar todos los vecinos que alguna vez tuvieron o tendrán. Aunque no poseían demasiado me dieron todo lo que tengo, que básicamente es ser una buena persona, con mis fallos y mis taras, no desearle el mal a nadie, intentar entender a los demás y comportarme siempre como si estuviera en una película y fuera el bueno. Me enseñaron a distinguir entre lo que me conviene y lo que es justo, entre lo que es mío y lo que es de todos, entre ser consecuente y ser consecuencia, entre ser honrado o dedicarme a otra cosa.

Pienso que la gente mala también tendrán padres y visualizo a los míos sentados en la mesa de la cocina abriendo una lata de atún y pelando una naranja. Me da ternura y un poco de hambre que todavía no he comido. Me da dolor sus dolores, canas su vejez y amor su recuerdo. Ellas construyeron con humildad todo lo que ahora para mí es mi adn (Antonio, Dolores, Nosotros) y lo que me hace no soportar ni la injustica ni las gilipolleces, que a veces son lo mismo y otras veces compiten en no molar. Me dieron el carácter de la clase obrera y la bonhomía de las personas justas, el saber decir que sí  cuando era sí y el poder pensar que no, cuando no era sí.  Me enseñaron a ser humilde, a vivir valiente y a pelar una naranja. Para lo de la lata de atún tuve que esperar a que llegara el abrefácil.

Recibo un mail de una persona mala y postergo la respuesta. Caigo en que mis padres no tienen mail y pienso en hacerles uno (antonioydolores@gmail.com). Luego recuerdo que pusieron internet en casa solo para que mis sobrinos jugasen a la Tablet y ahora cuando van no se llevan las Tablet los nietos de. Los niños guapos. Los abuelos felices. Yo les explico otra vez cómo poner Netflix en la tele pero ellos son más de Juan Imedio que de Charlie Brooker. Ya sé lo que responderle a la gente mala por mail, pero no puedo olvidarme de mis padres y de que tienen internet realmente solo para cuando voy yo a casa. Me parece un gesto de amor. Ya van 7.987.637.341. Vuelvo a pensar en la gente mala y ya no sé para qué.

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