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Imagen: Pedripol

No son manada, son escoria. Cinco hombres perpetuadores de la cultura de la violación, fagocitando la  pornografía consumida para cometer un acto cruel, aberrante  y execrable,  mofándose de un mujer de dieciocho años, despreciándola y obligándola a someterse a una tortura que grabaron para compartir como un trofeo de caza.

Ellos son cinco, pero hay otros tantos, y una polémica sentencia deja la puerta abierta para que campen a sus anchas por todo el territorio.

Fue agresión sexual, pero dos magistrados no vieron intimidación y aunque la respuesta natural y biológica ante el miedo sea el bloqueo para ellos no fue suficiente.

Nos bombardean constantemente -a nosotras las mujeres- con la importancia de las denuncias (una cada ocho horas en España), pero parecen ignorar que esas denuncias conllevan un proceso de humillación, de señalamiento, de incredulidad, de vejaciones verbales con preguntas sobre su comportamiento, de juicios de valor, de tener que demostrar qué sucedió, de aprender a olvidar lo ocurrido, recomponerse… de volver a vivir. Me pregunto si han sido conscientes del dolor desgarrador de la víctima y la respuesta es NO, porque para demostrar esa violencia te invitan a acreditarla con un parte de lesiones, a realizar un curso de defensa personal, a llevar un spray de pimienta en el bolso, a forcejear, a tratar de huir aunque acabes brutalmente herida o te arrebaten la  vida.

No les ha bastado con la superioridad numérica, física y en edad; porque eso es prevalimiento. No entienden que para sentirte intimidada sólo una mirada de una de esas bestias nos bastaría a cualquiera de nosotras para someternos. Porque eso es la violencia, ejercer el poder, tener el control y buscar la absoluta sumisión. Dos de esos magistrados reconocen que la confinaron en un lugar estrecho y la tenían bloqueada, pero condenan a cada uno de los acusados a una pena de nueve años por abuso sexual. Reconociendo el aprovechamiento de esas fieras desbocadas, existiendo informes de la policía, del servicio de salud, y del padecimiento de trastorno de estrés postraumático, no los condenan por agresión sexual. ¿Qué más necesitan?

Se me encoge el alma y se me revuelven las entrañas al pensar en su sufrimiento, en su dolor, su humillación, su angustia, su impotencia, su desolación…

Esta sentencia nos está avisando de que no salgamos de noche, no nos emborrachemos, no acudamos a fiestas, no volvamos al amanecer, no nos vistamos como queramos, no viajemos solas, no regresemos a casa sin compañía o sin un taxista vigilando nuestros pasos hasta el portal, que miremos siempre hacia atrás y que llevemos en una mano el móvil y en otra las llaves, a no frecuentar según que sitios, a soportar el acoso, a dejarnos sobar, a callar, a mirar para otro lado; en definitiva, a tener miedo, a doblegarnos y someternos, porque de eso se trata, el mensaje que lanza es que somos ciudadanas de segunda y estamos subordinadas.

Y si incumplimos todo ese protocolo diseñado para las mujeres en nuestra sociedad patriarcal, lo máximo que podrás obtener es que la justicia, esa que presume de garantista, te lance un órdago reconociendo lo ocurrido y te regale una sentencia en la que un magistrado considere que unos videos grabados por una de esas cinco bestias , con olor a sudor y alcohol, eyaculando sin usar preservativos, fotografiando el culo de otro de ellos pegado a la cara de una joven de dieciocho años, era una orgía. Sí, porque mientras dos magistrados oyeron gritos de dolor, el señor Ricardo González dedujo excitación sexual y, para él, no fueron gritos de dolor, fueron gemidos de satisfacción. Personas así no son aptas para interpretar la ley, de manera tan subjetiva, tan impropia como para que haya miles de personas que estén pidiendo su inhabilitación. El sistema judicial debe contener una perspectiva de género que nos proteja cuando nos agreden, nos violan, nos maltratan y nos matan, que transforme la mirada de profesionales de la justicia con visión patriarcal. No lo digo yo, lo dice el Convenio de Estambul, y debería decirlo el famoso Pacto de Estado, que aún no está desarrollado.

Cuántos miembros de la sociedad son consentidores de esta tremenda violencia, cuántos la aplauden, y cuántos la han naturalizado. Quiero pensar que pocas personas, pero las cifras van en aumento. Porque asistimos atónitos, llenos de rabia y de dolor a la impunidad de foros de machos que no dudan en publicar su identidad; páginas neonazis que vomitan su misoginia ofreciendo datos personales, fotografías, insultándola, tratando de vejarla, vengándose y defendiendo a esa escoria;  justicieros desde las redes pidiendo la absolución de los acusados, y, condenándola mediante comentarios aberrantes y amenazadores; medios audiovisuales que bajan a los infiernos del morbo, y, un abogado mediático, provocando con su bajeza moral,  y campando a sus anchas por las cloacas televisivas.

Seguirá el proceso, con los consabidos recursos, y mientras se vaya alargando en el tiempo, ella continuará sufriendo, siendo juzgada continuamente, porque el sistema parece conminarla a un aislamiento perpetuo, a la pena, a la discreción absoluta, porque sus mentes podridas y alienadas, no pueden comprender que siga con su joven y preciosa vida.

Hermana, te creemos, y reventaremos las calles, y,  haremos temblar los cimientos del sistema hasta que se haga verdaderamente justicia.

 

 

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