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P pettenghi
Imagen: Pedripol

Creo que la Justicia es igual para todos. Estoy convencido de ello.

Otra cosa son las sentencias…

Y también estoy convencido de que esta época causará asombro a la posteridad, cuando se analice con la distancia del tiempo lo que está ocurriendo aquí.

Porque aquí en este país, si ahora mismo alguien se lleva dinero con una pistola en la mano, o usando una escalera, es un delito y se le condena por ello. Pero si te llevas la pasta desde un despacho, vestido con un traje caro, eso no es robar. Es que, las más de las veces, ni siquiera es delito.

Creo en la Justicia, porque cuando un fiscal intenta investigar a un alto cargo por corrupción, ha sido la Fiscalía la que aparta a ese fiscal tan atrevido.

Aquí, si le haces un agujero a un banco desde fuera, es un butrón, pero si lo haces desde dentro no es un robo, se trata de una operación de primas preferentes o tarjetas black. Parece que nada ha cambiado desde los tiempos de Pío Baroja, aquel abuelete descreído, que decía que ‘La Justicia es como los perros: sólo le ladran a los que van mal vestidos’.

Creo en la justicia porque su criticada lentitud no es más que escrupulosidad y seguridad. Sólo hay que ver lo que está tardando en discernir si M. Rajoy es efectivamente M. Rajoy.

Y si por unas malas el corrupto es condenado, siempre queda ese surtidito de indultos a la carta que los gobiernos se sacan de la manga. Todo legal.

Donde se percibe esta antología de la vergüenza contemporánea, es en esa prolongación de la política que son hoy los juzgados. Aquí, donde no se llega con la política se consigue en los tribunales. La política es debate, acuerdos, discusión, en suma: ideas contra ideas. Acudir al juzgado a la primera de cambio es el fracaso de la política. Y a los políticos se les elige para que debatan, acuerden, discutan y provean el bien común. Pero no, lo que la política no les da, lo exigen en un juzgado, algo que presagia un universo apolítico y desideologizado, en el que la política sea sólo un sueldo, un escaño y coche oficial.

Y así vemos atónitos cómo los juzgados devuelven la pelota en forma de sentencias políticas que, en más ocasiones de la cuenta, tienen la apariencia de venganza a tuiteros, titiriteros, blogueros, o a gente que se declara independentista o republicana. Sociedad líquida, tiempos líquidos, miedos líquidos…

En mi ciudad, Cádiz, se ha desatado un frenesí judicial en el ámbito municipal. A la mínima, los ofendidos concejales de la oposición -aquí el PP es la oposición- incendian los medios acudiendo al juzgado con querellas y demandas, reclamando lo que no obtienen por medios políticos. Y es curioso que sean del mismo partido experto en chanchullos y otras mangancias, los que osen dar lecciones de limpieza política acudiendo raudos a los tribunales. Entre estos ediles hay auténticos especialistas, en realidad tipos resentidos, más pendientes de su buen nombre y de sus medallas y distinciones, que de procurar el bien común.

No sé, pero todo tiene la pinta de que son las últimas boqueadas de un régimen en estado terminal.

NO ES NO

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