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Fani
Imagen: Pedripol

La mar se rebeló y extendió sus brazos de la manera más bravía. Se cansó de recoger tantas lágrimas, de ser testigo silente en las noches, de velar la muerte desgarrada, de guardar el secreto a viajeros clandestinos y de que los barcos penetraran en sus abismos más lejanos sin pedir siquiera permiso. Alzó las manos, agotada de estar cuidando de su madre Tierra a lo largo de las eternidades. Gritó frente a todas las orillas, harta de golpearse una y otra vez contra la arena y las rocas. Batalló contra todas las barreras que le impuso el tiempo a su paso. Se aburrió del amor y del odio de los marineros, de que la llamaran traidora e ingrata mientras suspiraban por ella. Se enojó al ver que el hombre seguía vertiendo sus despojos en las profundidades de su alma. La mar nos miró a los ojos para darnos otro aviso: «Este lugar es tan mío como tuyo, porque sin mí nada de lo que ves existiría».

¿Cuántas veces se maltrató a la mar arrojándole las sobras? ¿Cuántas veces se invadió su espacio echando tierra sobre piedra hasta acallarla? ¿Cuántas veces se subestimó su fuerza? La mar se sublevó. Se despertó al fin, escaló a lo más alto y entró en la tierra para reconquistarla inundando sus calles. Llegó con nombre de mujer para reivindicar lo que es suyo. Las olas se unieron para multiplicar su ímpetu. Porque juntas son más. Puntualmente inoportuna. Inesperadamente barruntada. Como si fuera una más y hubiera sido llamada a las filas de ese ejército de la mitad convocado el 8 de marzo.

La mujer escuece y cura, igual que el salitre. Es madre de la vida, limpia las caras de los niños y teje el manto de la historia. Dejamos atrás el velo negro del luto, la pena pecadora impuesta por la Iglesia, la sumisión heredada. Ya no aguardamos a un salvador tras las paredes de casa, sino que salimos para salvarnos a nosotras mismas. No somos sólo la mula que carga con la faena del campo, la que alimenta, cría y limpia, la que agacha la cabeza y acepta órdenes de un esposo. Ahora nuestras manos se manchan de barro y de tinta a diario. Sin embargo, nuestra piel sigue acumulando sangre en cada golpe, las miradas nos atraviesan como dagas, las palabras nos juzgan y el patriarcado pisotea cada uno de nuestros pasos. Llegó el momento de hacer como la mar e inundar las calles. Porque queremos ser libres. Queremos ser iguales.

FIT

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