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Hace décadas que se abrió la brecha entre la oferta de una formación obsoleta por parte de las instituciones académicas, que tratan al alumnado como clientela mientras alientan el imaginario de que amontonar credenciales, y un mercado laboral que acumula personas en paro, en ausencia de una revisión del modelo y en el desconocimiento de las necesidades de las empresas, el cuarenta por ciento de las cuales no encuentra a los trabajadores que busca. El sistema se aprovecha de esto para precarizar todavía más el trabajo, a la vez que presiona a los gobiernos para hacer reformas a la medida de sus intereses.

Ahora, la Unión Europea apuesta por una Agenda de Nuevas Habilidades que es como la ‘guía espiritual’ de la innovación y la competitividad, pero en las universidades se sigue con temarios y metodologías incapaces de garantizar que los estudiantes podrán dedicarse a aquello para lo que están siendo formados. Las universidades se zambulleron en el proceso de Bolonia y, animadas por la mercantilización de la educación superior, no dudaron en calificar de “clientes” a los estudiantes para darles una formación que no cumple ni con un un nuevo proyecto educativo ni con nuevas competencias para los jóvenes.

La generación del milenio sabe que el aprendizaje y la formación serán continuos durante toda su vida, que necesitarán iniciativa, curiosidad, equipo, liderazgo, conciencia social y sostenible, perseverancia. Pero en nada de ello se ha puesto ningún empeño. Ni los agentes externos participan en los procesos de diseño de las titulaciones, ni se atienden las voces de agentes sociales y expertos.

La Agenda de Nuevas Habilidades propone potenciar algunas de las que vamos escasos; en el caso concreto de España estamos por debajo de la media europea en las tres principales: capacidades lingüísticas, numéricas y digitales. Por supuesto, mientras descendemos hacia el sur –y Cádiz es el sur del sur— los valores medios se distancian de los del resto de la Unión Europea. Por eso sorprende que los fondos europeos de la Iniciativa Territorial Integrada, por mucha gobernanza con que los anuncien y mucha negociación entre los sectores de la política clientelar de la zona, estén apostando por un gran bloque de sectores agónicos desde hace tres décadas y que, por no haber sabido pasar página en su momento, nos han dejado exhaustos.

De nuevo se apuesta por el naval o la metalurgia, o por la petroquímica, por inversiones en logística para las que no hay infraestructuras imprescindibles como una conexión terrestre en el Estrecho o la unión por ferrocarril entre la bahía de Cádiz y la de Algeciras. Seguimos en la ultraperiferia de los grandes circuitos viarios de la Unión Europea, pero somos sensibles a la fantasía de la logística.

Desaparecieron los escribanos, las mecanógrafas, los administrativos. Se mecanizaron actividades, ya no hay casi operarios, ni ensambladores, los agentes de viaje o los cajeros tienen los días contados, y también los taxistas. Incluso los community managers, porque su tarea no será ya ni un trabajo sino, como mucho, una habilidad exigible en otros empleos. Seremos prescindibles periodistas, profesores, conductores y hasta médicos, porque un móvil podrá diagnosticar enfermedades que antes requerían de semanas de pruebas hospitalarias.

Para renovar la educación se necesita un profundo conocimiento de la tecnología, algo que, sin embargo, no forma parte del perfil de los expertos académicos o incluso empresariales que toman decisiones de cara a las próximas décadas. El inmovilismo y la endogamia no son buenas recetas para afrontar retos sociales y demandas económicas, pero son los las instituciones académicas, formadas en  la idea de que la educación tenía un final y de que un título garantizaba un empleo estable y bien pagado para el resto de la vida, las que toman las decisiones.

El presente está lleno de oportunidades, de innovaciones y de tecnología, de robots, inteligencia artificial, inteligencias colectivas, es todo un mundo al alcance de la mano que todavía hay quien cree que está por llegar. Pero no es ciencia ficción ni ‘nuevas’ tecnologías: el futuro está aquí. El Foro económico Mundial defiende que dos de cada tres escolares dedicará a su vida profesional a actividades que ni siquiera existen hoy en día. Los oficios del futuro serán médicos especialistas en nanomedicina, policías medioambientales, biohackers, gerontólogos, agricultores verticales, managers de avatares docentes, ingenieros de órganos, trabajadores sociales de redes, y trabajadores de la ciberciudadanía. Son profesiones difíciles de explicar de manera sencilla al abuelo, al que antes habrá que ­contarle, en una larga conversación, qué es un growth hacker o un experto en Big Data.

Ha llegado la cuarta revolución industrial; de hecho, hace años que forma parte de nuestro mundo cotidiano, pero pocos parecen haberse enterado: el análisis, la creatividad o la explotación de los datos son la materia prima imprescindible en la economía digital.

Fotografía: Jesús Massó

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