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Numero ocho etp 7

Me resisto a aceptar que estamos tan mal como dicen por ahí. Cierto es que el cambio en la medicación no nos ha servido para salir de la UCI y que el diagnóstico, aun siendo el mismo, sigue presentando un pronóstico reservado –sea lo que sea reservado aplicado a un pronóstico. Dejamos, eso sí, la respiración asistida y aunque la capacidad pulmonar sigue siendo muy limitada, somos capaces dar más de un respiro, o más de un suspiro. Ahora bien, no se puede cantar victoria, porque las secuelas son múltiples y posiblemente, si salimos de esta, vamos a necesitar años y años de rehabilitación. Pero soy optimista, tal vez porque no me queda otra manera de encarar la situación. Al cambiar de equipo médico, los cuidados paliativos ahora se llaman de otra manera, pero siguen siendo, desgraciadamente, los mismos. Lo único que ha variado es nuestro estado de ánimo, y eso –dicen- hace mucho en un paciente de nuestras características. Un desahuciado, para entendernos.

Parece que ahora nos administran la medicación de una manera más racional, sin tanto sicotrópicos que nos tenían atontados, y sin tantos analgésicos que no hacían más que camuflar los síntomas que nos estaban destruyendo por completo. Apagaron la luz de la playa, y en este caso, la oscuridad, aunque suene a paradoja, ha empezado a disipar las sombras sobre el proyecto de ciudad que necesitamos; cuanto menos bulto, más claridad, que decía el refranero. Y vamos mejorando nuestra circulación, gracias a los antibióticos y al proyecto del carril bici. Y también vamos recuperando memoria, que andábamos amnésicos perdidos, y ni siquiera nos reconocíamos delante del espejo. Y hasta podemos mover algunas articulaciones, a pesar de que aún no nos hemos puesto de pie. El estómago sigue molestando, quizá no está tan agradecido como antes, pero es que la dieta que tomamos es mucho más astringente y por lo menos, esta no nos da arcadas cada dos por tres. Por lo demás, la bilis ya no nos ahoga, y el corazón sigue fuerte, como siempre; dicen que es lo que nos mantiene vivos. Un corazón a prueba de todo. Menos mal, y no nos falta la risa. Estamos mejorcitos, para qué vamos a engañarnos.

Por eso me niego a aceptar que estamos tan mal como dicen por ahí. Sé que nuestro mal no es incurable, pero como en muchos casos, acudimos demasiado tarde a la consulta. La enfermedad había avanzado tanto que nadie daba un duro por nosotros. Y aquí estamos, quizá probando medicinas alternativas, tal vez abusando de tratamientos poco convencionales, o confiando demasiado en los hados, qué se yo. Pero resistiendo.

Quizá sea pronto para lanzar las campanas al vuelo, y deberíamos ser más cautelosos a la hora de dar los partes médicos, pero yo creo –tal vez porque confío más que de lo que me fío- que estamos mejorando.

Lo único que me preocupa, y mucho, es que se trate de la mejoría de la muerte.

Fotografía José Montero

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