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En su novela Trópico de Cáncer, Henry Miller incluyó un pasaje que siempre me ha fascinado, y no solo por su morbosidad. Es de noche, en París, el protagonista está borracho y se ha encerrado en el lavabo de un garito con la chica que acaba de conocer. Él se ha sentado en el váter con los pantalones bajados, y ella, que es un poco gordita, se remanga la falda como puede hasta colocarse a horcajadas. Luego se introduce el pene en la vagina y empieza a moverse con bastante soltura. Es al abrazar con sus manos aquel culo rollizo que sube y baja, cuando el autor escribe: “Era pesado y ligero a la vez, como un trozo de plomo con alas”. Pues lo dicho, plomo con alas. Quédense con esta metáfora y olviden todo lo demás.

Si traigo la frase a colación es porque la tengo presente cada vez que me siento a escribir, cuando pretendo hacer algo con un cierto peso a la vez que ameno. De hecho, que este artículo contenga las dosis justas de gravedad y ligereza es mi máxima aspiración ahora. Es toda la filosofía que conozco, mi secreto de belleza, la emulsión que hará deliciosa o no la salsa de mi estilo, así que ya lo saben. Pero no crean que remontar un trozo de plomo con alas es algo sencillo. Insuflar gracia a un texto serio puede llegar a convertirse en una tarea ingrata e imposible. Y todo mientras me gano complicidad de ustedes y juego con su paciencia, sin arriesgarme a que dejen esta lectura a la mitad.

Estos días pasados le daba vueltas a escribir sobre los conceptos éxito y fracaso. Parecen tan antagónicos que deben tocarse en algunos de sus extremos, pensé. Me pareció un tema trascendente a la vez que ligero, perfecto para explayarme. Supuse que me permitiría incluir algunas ideas asociadas, como fama y desprestigio, o popularidad y anonimato. Y que, en medio de todo eso, podría introducir algunos chistes con los que animar el cotarro. Pero resulta que el tono del artículo me está saliendo más grave de lo previsto, y empiezo a tener la sensación de que pierdo el control sobre el resultado final. Para colmo, tenía pensado incluir una anécdota que le ocurrió a un personaje que todos conocen, pero acabo de caer en la cuenta de que no es una historia que vaya a hacerles reír precisamente.

Gracias a sus películas mudas, el joven Charles Chaplin había alcanzado una fama inusitada. En tiempo record era ya toda una estrella planetaria y gozaba de un nivel de popularidad muy superior al que nadie hubiera experimentado antes. Su talento había sido decisivo para convertir el cine en el mayor entretenimiento de masas conocido. Cada día, millones de personas de todo el mundo guardaban cola para ver sus películas. Pero, curiosamente, el propio artista aún no había asimilado la trascendencia de este hecho. Era consciente de que el éxito le sonreía, pues los números de su cuenta bancaria no paraban de crecer. Pero Chaplin desconocía la destacada posición que su genio le había reservado en la Historia, y lo que eso significaba.

Nuestro artista había salido de Londres solo una década antes, con el propósito de realizar una gira con su compañía de mimos por los Estados Unidos. Pero después de firmar un contrato con unos estudios de Hollywood se había quedado allí. Había pasado los últimos años filmando una película tras otra, apenas sin contacto con el mundo. Pero ahora le tocaba volver a su tierra natal y enfrentarse a la realidad. Cuando, después de cruzar el Atlántico, el buque en el que viajaba se dispuso a atracar en el puerto de Londres, una muchedumbre enfervorecida abarrotaba los muelles. Radios y periódicos habían anunciado a bombo y platillo la llegada del nuevo astro de la pantalla y la expectación había sobrepasado todo lo imaginable. Fue al bajar las escalinatas, delante de aquella multitud que le vitoreaba, que el desconcertado actor experimentó un repentino episodio de nausea y vomitó.

Se había convertido en la primera celebrity global de la Historia, con una popularidad muy superior a la de cualquier rey, emperador u otra figura conocida. Y acababa de sentir el sabor acre de la fama como nadie lo había experimentado antes. El eje del mundo se le había trastabillado bajo sus enormes zapatos de payaso, y esta vez siquiera contaba con el flexible bastón de su personaje para apoyarse. Debió sentirse desnudo fuera del plató, desdibujado sin su bigotito y su bombín, y aquella fama desmesurada, aunque de sobras merecida, se le reveló en forma de nausea existencial. El genio se adelantaba varias décadas al fenómeno descrito por Sartre en su novela de 1.938. Hasta en eso fue un visionario.

Pero, aunque era un hombre moderno, Chaplin odiaba la frivolidad de su época. Al contrario que la mayoría de artistas e intelectuales de entonces, siempre fue crítico con la velocidad que se había apoderado del siglo XX, se resistía al mero encanto por lo novedoso, y le aterraba la alienación que se esconde tras lo uniforme. Y todo lo denunció en sus películas, de Tiempos Modernos a El Gran Dictador. Él solo quería que le dejaran trabajar en paz. Era un perfeccionista nato y estaba poseído por su propio talento. La fama fue solo un doloroso daño colateral que arrastró toda su vida.

Tras él vendría el resto de sus compañeros de Hollywood, un star sistem cuajado de glamur y escándalos. También todas esas guerras que tan famosos hicieron a militares y políticos, muchos de nefasto recuerdo. Y las grandes figuras del deporte, popularizadas por la televisión antes de volver a caer en el olvido. Y el éxito mundial de The Beatles, y ese “ahora somos más famosos que Jesucristo”, que le terminaría costando la vida a Jonn Lennon. O cuando Warhol se anticipó al éxito de realities y redes sociales, al vaticinar que en el futuro todos seríamos famosos quince minutos. Pero si la fama dura quince minutos, la posteridad es el olvido inmediato, así que hay que darse prisa, y criarla antes de echarse a dormir. Aunque, como dijo el personaje de una comedia de Almodóvar: “El éxito no tiene sabor ni olor y, cuando te acostumbras, es como si no existiera”.

Una noche que volvía a casa borracho, me encontré en la calle un caramelo chupado, y a mí me pareció la cosa más bonita del mundo. Fue como tropezar con un rubí extraviado en la acera. Yo acababa de dar un buen concierto con mi grupo de entonces y me sentía feliz tras los aplausos. Pero cuando me agaché a cogerlo: ¡oh oh! Noté que estaba pegajoso. Al descubrir lo que era, sacudí la mano con asco y me deshice de aquello. Poco después, noté un sabor a fresa en mi boca. Entonces supe que, en mi torpeza alcohólica, acababa de limpiarme los dedos de un chupetón. Había bebido demasiado. Si el éxito fue capaz de hacer vomitar a todo un genio como Chaplin, ya se pueden imaginar a qué redujo el estómago de un tipo tan corriente. Recuerdo bien que por aquellos años yo no paraba de leer una y otra vez Trópico de Cáncer. Ya saben, plomo con alas.

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