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Se desvaneció la vieja normalidad y, confinado en mi sofá, me hinché de ver películas suecas, húngaras o coreanas. Me cerré en banda a seguir la sobresaturación en el cine hollywodense actual de armas de fuego, invasiones (ultraterrenas o no) y conspiraciones (¡qué manía!) para matar al presidente.

También leía, y mucho.

De repente, un día salió el sol y también todos salimos a celebrarlo. La pandemia hacía como que se batía en retirada. Creímos que llegaba el futuro y que veríamos los rayos C brillando en la oscuridad y todo eso.

Ha pasado algún tiempo y ahora, otra vez desde mi sofá, compruebo que lo de la nueva normalidad era una engañifa. Y mira que tiraba de optimismo histórico: tras las grandes calamidades, la Humanidad siempre se levantó de la lona, aturdida sí, pero con brío y coraje. Después de la epidemia de la peste negra, Europa alumbró el Renacimiento. Tras la apoteosis de fango y muerte de la I Guerra Mundial, surgió el hondo humanismo de entreguerras, en él oficiaban de sumos sacerdotes Stefan Zweig, Joseph Roth, etc…

La neonormalidad desde mi sofa
Fotografía: Comfreak de Pixabay

Yo pensaba, ¿y ahora qué toca? ¿Tal vez la Edad de Oro de la Ciencia y la Razón? Me relamía de gusto.

Pues no. Me atrevería a afirmar que contra la pandemia vivíamos mejor. Me explico. Recién incorporados, todavía con una rodilla en el suelo, y ya a nuestro lado yacen, como muñecos rotos, dos iconos del llamado “régimen del 78”: el rey Juan Carlos y Jordi Pujol. Tan queridos, tan buenos, tan… tan que encarnaban la imagen de la ejemplar democracia española. Ahí están, en el suelo, dos apolillados cachivaches de los que nadie quiere hacerse cargo. Los valedores, los héroes, los próceres de la Transición, eso que degeneró en un obsceno festín de corrupción, en el que Poder y Dinero copulaban a la vista de todos.

La nueva normalidad, de momento, ha quitado la careta a la ultraderecha. Salen de sus oscuros agujeros en los que han estado rumiando su odio y su resentimiento durante años. Pero ya no se esconden. Y con ellos el uso de la mentira como arma de destrucción pasiva. Miente que algo queda, es el lema. Nada nuevo por otra parte.

Mediocres villanos, como sacados de disparatadas distopías, se han convertido en líderes mundiales de alto nivel. Y aquellas distopías son ahora algo cercano al costumbrismo.

La neonormalidad también nos ha revelado que ignorábamos nuestra toxicomanía, que somos un pobre país turismodependiente.

Desde mi sofá he visto cómo la neonormalidad ha traído acrobacias verbales, tales como llamar “paguita” a una ayuda que permitió comer y subsistir a 800.000 familias. O aceptar como “libertad de expresión” lo que sólo es calumnia. Y admitir como verdades unas patrañas tan estúpidas como interesadas. El coronavirus es un invento del Diablo, creado por los pérfidos chinos y disparado por Pablo Iglesias en la manifestación del 8M, para controlar a la población, y después fabricar una vacuna elaborada con fetos abortados. Y cosas así.

Los fachipobres, esa obra maestra del capitalismo, que apoyan y votan a los responsables de su pobreza, lo entienden perfectamente. La izquierda no. Los pilla discutiendo la sutiles diferencias entre el Frente Judaico Popular y el Frente Popular de Judea.

No sé, quizá sean imaginaciones mías. Tal vez no ha pasado nada y todo sigue igual. Fíjate en Luis XVI, que la mañana del día de la toma de la Bastilla, escribió en su diario: ”Rien”.

O sea, nada.

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