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Curioso caso el de nuestro Carnaval, mientras el Concurso Oficial respira con el telón echado sobre el proscenio de su Templo, el Gran Teatro Falla, la afición resiste el obligado letargo, ya sea con el pulso que marcan las noticias, novedades, dimes y diretes del certamen venidero o anclada en la más o menos avezada memoria del pasado.

Echar una ojeada hacia atrás implica acudir a nuestros primeros recuerdos carnavalescos, esa memoria colectiva en la que nuestra generación coincide. Si añadimos la tradición oral, los viejos casetes y las nuevas tecnologías, podemos colegir que la copla de carnaval ha evolucionado. Enraizada su lírica en la denuncia social, en el relato de acontecimientos o en la glosa a su ciudad, el certamen cambia con nuevas formas estilísticas y ritmos diferentes. Oxigenada por el ingenio y el humor, afilada por la pericia y colocación de las palabras, el carnaval como el principio de conservación de la energía, se transforma.

La novia de nadie
Ilustración: Lucía Álvarez

Pero existe, eso sí, un denominador común presente durante décadas en el piropo a Cádiz. Un manantial inagotable de inspiración, recurrente y conservado con vigor. Ahí, en ese hábitat, la Caleta destaca con luz propia.

No siempre tuvo el porte y la traza de una postal, pero la Caleta ha desafiado a cualquier otro rincón que la osara destronar desde que fuese encumbrada como musa por Paco Alba. No fue el primero, pero desde que en ‘Las Huestes de Don Nuño’ en 1959 declarase al pueblo gaditano feliz, sin ambición de riqueza y ‘caletero de los pies a la cabeza…’, la fusión deslumbró incesantemente a la afición. En el año 1963 con ‘Los corrusquillos gaditanos’ fue La Caleta un museo de antigüedades; al año siguiente en ‘Los Fígaros’ se vuelve inmortal con ‘No es que la luna tenga luz de plata…’. Tal fue su vínculo que denunció en 1966 con ‘Los Beduinos’ los reproches recibidos por ese halago constante, dirigiéndose a cierta gente que murmuraba y criticaba al poeta ‘sólo porque a su Caleta le canta constantemente’.

Durante uno de los descansos del Brujo en 1967, Ricardo Villa en ‘Los Chansoniers’ le refirió echándole de menos, ‘a ese poeta, que le canta siempre a la Caleta…’, recibiendo respuesta del Brujo al año siguiente, en ‘Los senadores romanos’, a ese ‘buen amigo y paisano…’ que le había nombrado con agrado, novio enamorado de La Caleta.

La historia del idilio quedaría reducida a épica si no fuese por la irrupción de un joven prodigio que aspiraba al trono en la autoría de la comparsa y reivindicaba su inspiración como universal. En el año 1972, mientras Alba descansa, Antonio Martín escribía ‘Los aventureros’ y dedicaba unos versos a la ‘novia de otro amante… esa que llaman Caleta’. Convertía a la musa en la colina a conquistar hasta que en 1973, en aquella controvertida noche de final con ‘Capricho andaluz’, proclamaba al mundo ‘esa Caleta de la que solo Dios puede ser su dueño, su único dueño…’. Comenzaría la dinastía abrumadora en el palmarés del concurso del ‘Niño de la Calle San Vicente’, impulsando a otro mito extraordinario en nuestro carnaval.

Desde entonces hasta estos días, la Caleta sigue siendo cantada, firme ante el elogio y ajena a otras loas. Como un hechizo, frente al progreso y evolución, sin dueño, como sus olas de plata quieta. Curioso caso el de nuestro Carnaval.

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