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Vamos a estar de acuerdo en que no queda nada bonito que un alcalde se posicione a favor de la criatura que vende el pescao de forma ilegal y sin controles sanitarios en plena calle menospreciando de algún modo la labor policial realizada por los agentes de la Local y perjudicando a los comerciantes que en el marco de la legalidad y bajo estrictos controles sanitarios ofrecen el mismo género. Vamos a estarlo.

No queda nada bonito. Vamos a estar de acuerdo.

Por mucho que antes calificase la actuación de los policías de impecable.

Nada.

La respuesta terrible es la siguiente (La Voz de Cádiz 22/05/2016): «Desde mi punto de vista la intervención de la policía fue impecable (lo que yo decía). Por eso no entiendo que denunciasen (a los que grabaron el vídeo de la polémica, porque claro, ahora se pueden denunciar estas cosas, lo saben, ¿no? Ley Cabrona Mordaza, la llaman). Yo creo que no tenían porqué. No tenían que pedir excusas de nada porque lo hicieron fantásticamente (la policía lo hizo fantásticamente, Kichi dixit). Ahora bien, desde el equipo de gobierno y yo personalmente (opinión, consciente del cargo, se encontraba en su propio despacho), entre la denuncia y el que se busca la vida vendiendo pescado, me quedo con el que se busca la vida. Tienes todo el derecho del mundo».

Era el domingo anterior al cumpleaños de los ayuntamientos del cambio. Alguien llevaba la leña.

Indignados, los sindicatos -CCOO, CSIF, UGT y la Unión de Policía Local y Bomberos de Andalucía- representantes de trabajadores en los diversos ámbitos del Ayuntamiento, menos uno, exigen en documento colectivo la dimisión inmediata. Las ediciones digitales de los distintos medios de prensa escrita no tardan en hacerse eco de la historia. La urgencia es toda. Y la oportunidad, oh, qué oportunidad. Leña al fuego.

De poder preguntaría directamente a quienes se enfrentan a estas líneas por la dirección que toma su empatía al ver el vídeo de marras. Para ello tal vez no estaría nada mal recordar que un policía no es más que un vigilante imparcial del cumplimiento de las leyes. Para ser justos con una respuesta diremos también que el vendedor ilegal de pescado lo hace más que probablemente por extrema necesidad. Que tiene telita la cosa. Es duro.

¿Y si el problema tuviera sus entrañas muy lejos de aquella escena desesperada, lejos en el tiempo, lejos de La Viña?

No se obliguen a responder. Somos muy poco empáticos, la evolución es imperfecta. Me pregunto por el ánimo de cualquiera de los agentes implicados a la hora de ejecutar la orden, de aplicar la ley. Los imagino diciéndose el uno al otro, por lo bajini: «Pisha, esto es una cabronada». Yo es que soy muy preguntón, un ejemplo -y sin que venga al caso-, me pregunto cómo se tapa la superación de la deuda sobre el PIB con una bandera estrellada. ¡Cómor! También me pregunto: ¿Qué carajo pinta Albert Rivera en Venezuela? Cómo lloraba, el gachón, qué ange.

Un político ha de estar continuamente bailando entre lo que dicta su conciencia y lo que le es políticamente favorable, a él o a su partido. La norma, o hasta ahora así ha sido, es que el político se muestre, sobre todo, correcto y educado. Menos si eres del PP, claro, que si eres del PP te puedes mear en el fuego de cualquiera y aquí no ha pasao na. Pero hasta estos son correctos la mayor parte del tiempo, incluso cuando trincan, son educados y correctos. Vean a Albert Rivera -sí, otra vez él- alias «el jovencito Kennedy», que te da pimientos morrones o chipirones según se le pida, nadando siempre en el Ártico o el Antártico cuando los vientos de la honestidad orean la franja intertropical.

Si bien es cierto que el Kichi no es el jedi de los ayuntamientos patrios también lo es que su motivación, su impulso y su acción tienen que ver y mucho con la honestidad. Su torpeza en algunos casos provoca más la risa que cualquier otra cosa, como siempre ocurrió con los novatos. Cádiz no es el apocalipsis que pronosticaron, alguno ya podría quitarse el cilicio. José María González Santos (y esto no se podría decir en uno de esos medios malajes) es un alcalde motivado y sus ideales invitan al sueño, que nos es tan necesario (jamás me tomé una caña con él); señala una utopía, que nos podría llevar más lejos de lo que nunca nos atrevimos. Es una posibilidad que, justicia será al menos, necesita su tiempo y ni siquiera un cuarto del que tuvo la Madre de Dragones. Por supuesto, Kichi, is for you, sé uno de ellos y ponte a contar tus días en San Juan de Dios.

¿Qué le pedimos a nuestros políticos? ¿Qué les hemos pedido hasta ahora? Muy poco. Barra libre les dimos. Eso sí, que fueran correctos, que eso sí que lo pedimos, lo piden señoras y señores respetabilísimos, políticamente correctos. Que sean siempre hipócritas, vamos a dejarnos de pamplinas.

Honesto, sí, pero, ¿qué me dices de la economía sumergida?

¡Dioses! No me lo puedo ni de creé. Desde luego es un problema. De hecho el gran problema de la economía sumergida en Cádiz son los cuatro desgraciaos que se buscan la vida como pueden. A poco que uno se acerque al funcionamiento de lo policial entrará en contacto con expresiones como «niveles de presión». El abanico es amplio, esto es, se puede ser más o menos coñazo en según qué asuntos. Lo digo de verdad, vocear con unas cajitas a los pies para vender unas cuantas pijotas pone a la economía (ufff)… no quiero ni pensarlo, cómo la pone, la economía sumergida de las pijotas y los boquerones. No hablemos ya de salud. ¿Quién no ha echado las tripas sobre los adoquines en la «erizá», tan estrictamente supervisados todos esos sabrosos a la par que desagradables bichejos con púas?

Volviendo a la pregunta, a la elección entre los respetables policías locales y el desgraciao de la caja de boquerones. Sin darle muchas vueltas me voy a decantar por el muchacho. Es lo que le da a uno en el corazón. Así de fácil y sin levantar barbilla. Decir lo que dicta el corazón es ser honesto. El muchacho es víctima de unas circunstancias en las que probablemente poco o nada pudo hacer para que fueran otras. Es lo que se conoce como un desfavorecido (algo similar ocurre con los que llegan de lejos con los tímpanos perforados por el caer de los obuses, que también son desfavorecidos, y a los que también les cantamos aquello de «mucha, mucha, policía». Semos asín). Nada recrimino a los agentes, que del boquerón se quedaron con lo más amargo. Opositaron muy limpiamente para pertenecer a uno de esos oficios que son mal necesario, me conozco el percal.

Apostaría a que lo que acaban de leer es lo que pensáis muchos de vosotros, lo que os decís en la intimidad de vuestra carne o lo que acodados en la barra defendéis con vehemencia. Aunque nos irrite esta tara nuestra de ser de vez en vez un poquitín humanos.

Si vamos a estar de acuerdo en que el gesto del Alcalde de Cádiz no estuvo nada bonito puede que tal vez haya llegado el momento de replantearnos los cánones de lo bonito.

También podemos llegar a un acuerdo y decir -para no ser más tontoelculo- que, en una misma respuesta, el Kichi de Cadi, alabó la labor de la policía de la ciudad a la vez que se solidarizaba con quien la fortuna había colocado en La Viña con unas cajas para vender pescao. Y ya quieran sindicatos hacer política con el asunto o los periódicos desaprovechar tinta con cicuta, ay, la verdad es, que pasar, no pasó na, y las palabras del Alcalde, por honestas, ni siquiera fue traspiés.

Miren hacia arriba, busquen, sindicatos, tan aguerridos que somos, donde saben que de verdad van a encontrar. No hay cohone.

Fotografía: José Montero

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