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Fotocuento 4
Fotografía: Jesús Massó

Alrededor de la señal caída se celebró, al cabo de un rato, una peculiar asamblea. Pronto hubo dos bandos enfrentados que se alineaban a favor de las posturas de la obediencia ovina o de la insumisión perpetua. Tras un rato en el que las posturas se enconaban más y más y a punto estaban de florecer las bofetadas, se dieron las primeras divisiones en el seno de ambos bandos. Para la pregunta de cuál era “la otra acera” nadie tenía una respuesta concluyente y mucha gente ni siquiera tenía seguro por dónde debía circular para obedecer o, por el contrario, por cuál de las aceras debía manifestar, a golpe de pasos decididos, su desacuerdo. En el fragor de la batalla que se avecinaba, nadie advirtió que un trapero aprovechaba la confusión para cargar en su carrito el cadáver de la señal y se alejaba raudo. Quizás el sol que se ponía tras la glorieta hizo invisible su maniobra. Se fueron apagando las voces, se agacharon las miradas y los brazos y pronto, los pasos se mezclaron y las aceras dejaron de tener nombres y partidarios. “Y la vida siguió como siguen las cosas que no tiene mucho sentido…”

Texto: Juan Rincón


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