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Fotografía: Jesús MassóLa siesa

Toda buena Siesa que se precie sigue a pies juntillas los preceptos alimentarios del calendario nacional. Aunque no sean de su gusto, aunque le den alergia y provoquen molestias intestinales, aunque se le hinchen la lengua y los párpados por alguna intolerancia que a ella jamás le ha dado por tratar (sobre todo desde que le quemó el bigote a su médico de cabecera).

Cada ingesta va acompañada de su consiguiente ceremonia, no en vano el carácter tradicional de las distintas preparaciones lleva consigo una carga cultural que, aunque ya olvidada con el paso del tiempo, sigue conservando un cierto trasfondo melancólico al que la Siesa es extremadamente sensible.

Los huesos de santos y buñuelos dan paso a oraciones y recuerdos por las que se quedaron en el camino, aunque fueran unas hijas de puta; los roscones de reyes le traen ecos de nervios e incontinencia urinaria en noches de risas y mañanas de carbón de azucar; los pestiños la trasladan a cocinas pequeñas de mucho trasiego, con monjas culonas de tetas gordas trabajando a destajo. También las torrijas, las monas de pascua, en definitiva: todos dulces típicos de festividades religiosas. Dulces que la Siesa hace con verdadera dedicación y en cantidad industrial como si fuera la tia de Chencho, el de La gran familia. Porque así lo aprendió ella, y todas sabemos que a la Siesa le cuesta mucho desaprender.

A esto hay que añadirle épocas como la Cuaresma cristiana, donde no se debe comer carne y, por supuesto, todas las manifestaciones culinarias autóctonas, ya sean de temporada, como los caracoles, o fijas, como el pescaito frito.

Pero sin duda, de todas las delicias locales de carácter obligatorio, entre las que no podemos olvidar al turrón de Cádiz o las tortas de carnaval, destaca la maravillosa empanada de la catedral.

Cuando llega la Semana Santa, la Siesa lleva a cabo dos actos ineludibles. Actos a los que en su día acudió de la mano de algún familiar y que en la actualidad forman parte de los ritos siesiles que toda buena Siesa debe cumplir. Del primero de ellos ya hablamos anteriormente en el capítulo barra epígrafe 3 de Ecce Matter Tua: derechos y deberes cofrades. En cuanto al segundo, aparentemente menos religioso, podemos decir que ha llegado hasta tal nivel de importancia que cuando llega el viernes de Dolores a la Siesa le huele todo Cadiz a atún, al atún de la empanada de la Catedral. Y es que comerse esta delicia local importada constituye un auténtico acto de fervor religioso, éxtasis siesil, siesismo procesional hasta Casa Hidalgo.

Y fue precisamente una empanada de atún de la Catedral, la que condujo a nuestra Siesa a salir aquella noche de jueves Santo. Se vistió de mantilla con dos horquillas cogidas de su estirado moño y salió a la calle olfateando el viento. El aire traía olores gallegos mientras la Siesa se abría paso entre inciensarios y cirios apagados bajo el viento de levante. Cuando llegó a la Catedral el olor que provenía de aquella pastelería parecía llamarla a gritos, como un canto de sirena de las Rías Baixas. Braceó entre la multitud esquivando hábilmente el trazado que todos los años hacían a mala leche los palcos para élites del Consejo de Hermandades, y se puso a la cola, rogando por dentro para que cuando llegara su turno no se hubieran acabado. Ya en una ocasión ocurrió y le sobrevino un dolor de huesos, de cabeza y, sobre todo, de riñones, horroroso. Cuando llegó a su casa de vuelta descubrió que se le había adelantado la regla.

Esa tarde todo estaba saliendo bien. Nuestra Siesa se alzó triunfante con su empanada caliente en las manos y, cuando a punto estaba de coronar la ceremonia dando el primer bocado al borde conjunto de masa y relleno, todo se volvió caos.

En la plaza convergían público, cofrades, bandas de música y pasos, formando un mar picado donde los palcos aparecían como las únicas islas donde poder asirse para mantenerse a salvo. Pero por desgracia la seguridad privada no dejaba subirse ni a las viejecitas.

-Ha salido El Perdón, Ha salido El Perdón- decía una niña con zapatos de charol.

A lo que un hombre con un pirulí de la habana pegado en la frente replicó:

-El secretario diocesano se la coje con las dos….-

-Ha salido El Perdón, Ha salido El Perdón- interrumpió la niña.

Y así era, por lo visto El Perdón había decidido salir y toda la carrera oficial se estaba reinventando sobre la marcha: El Nazareno, El Medinacelli, El Descendimiento, La oración del Huerto, incluso La Sanidad que se echó a la calle por si acaso. El atasco procesional era tal que todo el mundo cargaba un poquito los pasos. Las frases de los malajes se solapaban –Ji ome, ara va viví allí tor mundo-, -po si viene de trabajar te espera un poquito que esto es una vez al año- Los clarinetes se metían dentro de las trompetas y estas dentro de los trombones, los penitentes se echaban cera los unos a los otros sin querer, todo el mundo tenía cáscaras de pipa encima y el olor a incienso comenzaba a provocar mareos.

La Siesa decidió que tenía la obligación de hacer algo, sobre todo porque quería comerse la empanada tranquila y, como eso continuara, de allí no salía hasta el domingo de resurrección. Así que lo tuvo claro. Le susurró unas palabras al gallego de la catedral y este, automáticamente juntó las manos para hacerle de escalerita. La Siesa puso el pie y, con la empanada en la mano, tomó impulso y se subió al balcón de arriba de Casa Hidalgo. Desde allí, brindando la empanada a la multitud que colapsaba la plaza, aclaró su garganta y comenzó a cantar una Saeta, la única que se sabía: esa de Serrat/Antonio Machado.

AAAAAAAAAAAAAAAAA YYYYYYY aaaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyy– cantó la Siesa con voz profunda desde lo más profundo del sieso.-Yyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyaaaaaaaaaaaaaa…aaaaaaaaaaaaa– sintiéndolo y elevando la empanada en su mano.

La plaza calló y todos la miraron, menos lo que no podían ni darse la vuelta, esos estaban muriéndose de la intriga.

Una saeta al cantaaaaaaaaarr-en ese momento notó un golpe en el hombro desde atrás pero no hizo caso.- al Cristo de los gitanoooooooooooooooooooo– el golpe insistió pero ella estaba en todo lo suyo.

Oye, perdona- dijo una voz, a lo que la Siesa no pudo más y se dió la vuelta para cantarle las cuarenta a aquel que la estuviera interrumpiendo. –Oye, perdona, vengo en acto institucional, debes apartarte y dejarme pasar- era Jose María Gonzalez, Kichi.

Nuestra protagonista se quedó sin palabras y, aún con la empanada en la mano, le dejó pasar, no fuera a ser que le pusieran otra multa.

Kichi aclaró su garganta también, se llevó la mano al pecho y entonó aquello de Si yo fuera el alcalde de Cádiz, con toda la pasión de su personalidad dual de cofradecarnavalero, mediador por la madrugá gaditana. Entonces la plaza comenzó a despejarse, la gente se dejó paso las unas a las otras. Los cargadores se volvieron uno y encontraron ordenadamente el camino a sus templos, los penitentes cada uno a su fila, la cera en su acera, los pirulís de la habana en las respectivas lenguas, las horquillas acompasadas y el rumor sordo de la madrugada dominó el espacio.

Nuestra Siesa se sentó en una butaca que estaba esperándola allí mismo, en la habitación del balcón de encima de Casa Hidalgo. Una butaca hecha a culo igualita que la que tenía en su casa, cómoda, muy relajante, soporífera. Entonces se durmió. Cuando despertó al caer de la babilla de una buena siesta descubrió que estaba en su salón, sentadita en su butaca y con los pies por lo alto. En la mesita baja había un café a medio terminar y una enorme fuente vacía. Le vino una arcada y pensó para sí misma nunca más me pongo ciega de torrijas.

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